He encontrado el secreto mejor guardado de ‘Super Mario Odyssey’

¿Y si el secreto de la felicidad estuviera escondido debajo de Cappy?

Sports & Games, Trending  /   /  By Taramona

Han pasado poco más de 10 días desde el lanzamiento de ‘Super Mario Odyssey’ y hasta ahora no me había sentado a escribir sobre él.

 

En parte porque jugarlo me deja poco tiempo para nada más pero, sobre todo, porque tengo la sensación de que me voy a poner sentimental y creo que acabo de descubrir por qué. El secreto de Mario Odyssey es que consigue algo que todos buscamos pero casi nadie encuentra: la felicidad. 

 

 

Más que datos

 

Podría malgastar palabras escribiendo sobre su apartado técnico, pero eso son solo números. Como no me lo he acabado, ni creo que lo vaya a hacer pronto, no tengo ni idea de las horas de juego que puede llegar a darme, pero sé que serán más de las que pueda contar. Podría hablar de lo que más nos ha hecho flipar a todos: ¡UN P*** T-REX, TÍO! Pero lo que me da Super Mario Odyssey no es computable.

 

Es como ser un niño que tiene todo por descubrir. Cada nuevo mundo responde a sus propias normas y es como si empezaras de nuevo, despertando regiones dormidas del cerebro para encajar piezas de un rompecabezas con un dibujo abstracto. Cada vez que encuentro la manera de llegar a una montañita de monedas en una cornisa imposible o recojo una luna perdida de la mano de dios, sonrío para mí. Es como si el juego me hubiese gastado una broma que acabo de entender.

 

 

Un sandbox dentro de un sandbox dentro de un sandbox…

 

 

En Zelda BOTW parecía que el mundo no se acabaría nunca. Mirabas al horizonte y te ponías a caminar, cabalgar o planear con la paravela hasta que llegabas a un nuevo destino y te ponías a investigar. Casi siempre en ese destino encontrabas un nuevo reto, un enemigo, un recuerdo o un tesoro escondido. Logro conseguido. ¿Siguiente?

 

Mario tiene todo eso (y de alguna manera más), pero al alcance de sus bracitos, sin importar el lugar en el que te encuentres en ese momento. Nada más aterrizar en uno de sus enormes (y lisérgicos) mundos, todo lo que te rodea puede albergar un mundo en sí mismo. Es como una muñeca rusa de universos dentro de universos.

 

El hecho de tener que descubrir a quién puedes sombrerizar (ejem) y a quién no es un juego en sí mismo. El dato de que un enemigo lleve sombrero o no es una pista, pero nunca sabes si eso puede cambiar por alguna circunstancia. Un tyrannosaurus rex con sombrero (sí, has leído bien) no es sombrerizable a no ser que le quites el sombrero. ¿Cómo se consigue eso? Te toca investigar.

 

Si te caes al vacío una vez y mueres das por hecho que caer al vacío es letal. Sin embargo, llegas al Reino Arbolado, te tropiezas, caes y de pronto, ¡Zas! Otro mundo que explorar.

 

Eso es así todo el rato. Cada enemigo nuevo, sombrerizable o no (perdón, me gusta mi nuevo verbo), tiene características de las que puedes sacar provecho. Cada mundo tienes sus propias normas y si no te lo parece, no culpes al juego. Lo que pasa es que no estás mirando bien. Por ejemplo, ¿has sombrerizado ya al taxi en Nueva Donk?

 

Jugabilidad a medida

 

 

Una de las cosas que me flipa del nuevo Mario es cómo el juego va creciendo a medida que yo voy mejorando como jugador. El Mario no es complicado a simple vista. Los final bosses son sencillos por norma general y la mayoría de los enemigos son fáciles de entender y predecir. Y es que el reto no está en lo que se ve a simple vista sino en lo que se esconde detrás.

 

OJO: SPOILER A LA VISTA. SI PREFIERES PREVENIR QUE CURAR SALTA HASTA LA ZONA SEGURA DE ABAJO

 

La amplia posibilidad de movimientos de Mario no es un capricho; es necesaria. Cuando veas un árbol con una copa inalcanzable, una piedra pegada a otra, o una cornisa tras una caída de 150 metros, no lo dudes; hay algo esperándote ahí. El truco está en saber alcanzarlo. Ayer estuve 45 minutos intentando alcanzar unos montones de monedas en lo alto de un árbol junto a la casa de Yoshi. No, aún no he dado con Yoshi, espero hacerlo pronto. Otra noche estuve hasta las 4 de la mañana para entrar en una tubería que había pasadas dos plataformas giratorias, escondidas a espaldas de lo que en ese momento pensé que era la mejor parte en 2D del juego.

 

 

ZONA LIBRE DE SPOILERS

 

La técnica del salto sobre el sombrero es como hacer un ollie cuando empiezas a patinar. Parece que lo es todo cuando lo aprendes pero no es más que el principio de los miles de trucos que te quedan por aprender. A medida que mejoras, el juego te va dando palmaditas en la espalda a la vez que te pide más. Es como un colega que te enseña a montar en bici y que cuando llegas a su nivel te enseña un nuevo truco que no sabías.

Claro, hay momentos de frustración, pero el universo que te rodea, la música y ese enano bigotudo italiano hacen que cada fracaso sea una sonrisa interna. En la mayoría de los juegos quiero estrellar el  mando contra la pared cuando no me sale algo. Mario consigue que me ría de mi torpeza y siga intentándolo.

 

Un universo lisérgico

 

 

Una razón por la que ya no salgo por las noches es porque jugar al Mario es como tomar setas alucinógenas.

 

¿Qué hacemos convirtiéndonos en una bola de lava para navegar/bucear/flotar por un mar de lava rosa? ¿Cómo se explica que seas un señor que le tira su gorra a un tanque, un cactus, un catalejo o un abeto para convertirse en él? Si los juegos de Mario han sido siempre bastante psicotrópicos, el Odyssey dispara el nivel al de un fin de semana escuchando Jefferson Airplane.

 

Nada tiene sentido y eso es genial. Una vez más Nintendo ha hecho algo que pocos consiguen con éxito: hacer que los adultos nos sintamos como niños sin sentirnos idiotas.

 

Cada personaje y escenario parecen un jardín de las delicias buenrollero. Esa es otra cosa que tiene Mario: no hay maldad en él.

 

¿Juego del año?

 

Es la pregunta del año ¿Zelda o Mario? La Nintendo Switch no se lo había puesto fácil. Zelda Breath of the Wild puso el listón tan alto que parecía imposible que la nueva consola híbrida de Nintendo pudiese mantener el nivel durante el resto del año. ¿Qué más podíamos esperar después de lanzar la consola con lo que muchos considerábamos ya el GotY 2017 (juego del año)?

 

Pero pronto la Switch empezó a repartir alegrías inesperadas. No solo con los juegos de la casa, como el Splatoon 2 o el frikísimo Arms, sino con una ráfaga de indies que me han tenido pegado a la consola desde que salió. Thimbleweed Park parece estar hecho para ella, gracias a su pantalla táctil, y el Stardew Valley ya es por segundo mes consecutivo el juego más descargado del mes.

 

Cuando jugué al Zelda tenía la sensación de que era como Los Goonies de esta generación de gamers. Un hito generacional, pero para mí Super Mario Odyssey tiene algo que me atrapa más.

 

La respuesta a todo

 

 

La otra noche salí por fin a un bar y me cruce con Javi Sánchez, aka Quimicefa. Como me ha pasado con otros jugadores, nos preguntamos si hemos jugado al Mario y a todos se nos dibuja una sonrisa antes de empezar a hablar de lo mucho que nos gusta esto o aquello, y nos preguntamos si hemos hecho ya esto o lo otro.

 

Pero lo que más me gustó fue una cosa que dijo: “se nota que está hecho con amor. A mí la Switch me da amor y yo no pago por sexo, pero sí pago por amor.”

 

Joder que sí. Mario Odyssey es amor, y eso es lo que hace que me cada vez que me siente a jugarlo sea tan feliz. Este juego no son números. No son sus 5.7G de juegazo, ni sus tropecientas mil horas de juego. No son unos gráficos con colores más vivos que el sueño de mil unicornios. Regala felicidad.

 

No me divierte, o me entretiene, o me hace gracia (que también). Me hace feliz. Eso que hasta ahora solo lo habían conseguido personas lo ha conseguido un videojuego y vale más que un millón de energilunas.

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Sobre el autor

Director creativo, editor de Rewisor, esposo de una chica de pelo raro y padre de Chatarra, la gata más gorda del país.
Esbirro de #EscoriaElPerro.

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