Solo hay una cosa más peligrosa que una mentira y es una media verdad. La mentira abandona rauda la línea de salida, corre unos pocos metros, a veces kilómetros, pero rápidamente es interceptada. Apremiada por la necesidad de ensombrecer el debate o de acusar falsamente, quizá se haya puesto la zapatilla derecha en el pie izquierdo y viceversa, cuando no directamente de atarse los cordones juntos y trastabillarse al tercer paso.

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La media verdad, por contra, espera paciente a que esta acabe de calentar, de estirar cada músculo, calentar cada articulación y atarse
las zapatillas con un lazo perfecto. La media verdad abandona la salida unos segundos antes de que lo haga la verdad y, viendo la carrera desde la distancia, es difícil señalar cuál es cual.

Una media verdad es que las mascarillas ayudan a frenar el virus. La verdad entera es que solo las mascarillas en buen estado higiénico y que cubren la nariz y boca protegen contra el virus.

La media verdad genera falsa seguridad y a la larga puede ser más perjudicial que la entera falsedad porque los afectados no son aquellos ahítos de conspiración sino personas de buena fe a los que se les ha provisto con información parcial.

La COVID-19, precisamente por tratarse de un tema de complejidad multinivel —de genética de individuos discretos a poblaciones enteras, de ciencia epidemiológica a estrategia política— es terreno abonado para las medias verdades. Vamos a desmontar algunas:

1) La prueba de PCR no detecta la COVID-19.

En efecto y ciñéndose a la literalidad de la oración, la prueba diagnóstica por PCR no detecta la enfermedad. Sin embargo, lo que sí detecta este test es la presencia del material genético del virus que la causa (su agente causativo) y dado que la COVID-19 tiene una sola causa, detectar el virus equivale a detectar la enfermedad.

Los interesados en desacreditar esta prueba diagnóstica se escudan en la sintaxis para evitar acusaciones abiertas de falsedad. Buen intento,
pero no. Hay reclamaciones que van más allá de una frase cuidadosamente construida. Claman que la prueba por PCR no es capaz de detectar nada, que no es suficientemente sensible y que detecta otros virus y no el SARS-CoV-2.

La estrategia aquí es ligeramente distinta. Consiste en arrojar unos cuantos términos semi-científicos de modo que parezca que la crítica es equiparable a cualquier otra de naturaleza estrictamente técnica. Cuando se intenta describir a la PCR como esa técnica compleja y oscura, sépase que en realidad es esa técnica que se enseña a los estudiantes de bioquímica, de medicina o de biología en las primeras clases prácticas.

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La grandeza de la PCR es que es una técnica extraordinariamente versátil y bastante evidente en su funcionamiento, al punto que tras su invención muchos científicos se preguntaron entre sollozos ‘¿Cómo no se ma ha ocurrido a mí?’ La ocurrencia valió muy merecidamente un premio Nobel.

La PCR es una técnica utilizada recurrentemente en casi cualquier laboratorio experimental. Los falsos negativos de la PCR (un resultado negativo para un paciente infectado) son estadísticamente raros gracias a la altísima especificidad y sensibilidad de la técnica. Al punto que son más frecuentes los falsos positivos que los falsos negativos. Una vez pasada la
enfermedad, pueden quedar trazas (cantidades absolutamente mínimas) del material genético del virus que una prueba por PCR puede eventualmente detectar.

2) La COVID-19 solo afecta a los pulmones

Al contrario que la media verdad anterior, acaso con más agenda, este caso es más sencillo pues se trata sencillamente de falta de información. En general, cuando se habla de que una enfermedad afecta a una u otra parte del organismo, no ha de perderse de vista que el ser humano funciona como un todo, no como una suma de partes. Si fallan los riñones, el hígado lo va a notar, y también el corazón, o eventualmente el cerebro.

Ciertamente, pulmones y vías aéreas son las zonas más afectadas por la COVID-19, pero han descrito casos que cursan con inflamación y destrucción de músculo cardiáco. También se puede ver el afectado el sistema circulatorio y cursar con inflamación del endotelio vía los receptores ACE2 (puerta de entrada del virus en las células). La oclusión de estas vías puede conducir a fallo multiorgánico y eventualmente al fallecimiento del paciente, como se ha descrito en otros casos de COVID-19.

Infartos o inflamación cerebral, conjuntivitis o inflamación ocular, pérdida del sentido del gusto y el olfato —señal de afectación del sistema nervioso— y problemas hepáticos, renales e intestinales son solo algunos de los síntomas con los que puede cursar la COVID-19, consecuencia directa del
virus o resultado de la afectación sistémica.

3) Las altas temperaturas acaban con el virus

Al principio de la pandemia de COVID-19, cuando la infección aún no había llegado de pleno a zonas cálidas del planeta, surgió la creencia de que las altas temperaturas acaban con el virus.

Hay varios fallos en esa afirmación. Primero, ¿qué se consideran altas temperaturas? Si son 200ºC, en ese caso probablemente sí se acabe con el virus… y de paso con todas nuestras
células y con nosotros mismos. Los seres humanos sentimos como temperatura elevada los 25-35 grados. Sin embargo, para el virus no supone demasiado puesto que nuestra temperatura corporal, en la que el virus vive, son 36-37ºC. Además, hay países en los que la pandemia ha hecho
estragos (y sigue haciendo) en los que la temperatura diaria es superior a los 40ºC.

Hay estudios científicos que comparan la infectividad del virus en células después de someterlo a condiciones controladas de humedad y temperatura. Sin embargo, la disparidad de condiciones experimentales de estos estudios hace difícil establecer una conclusion unívoca e irrevocable al respecto.

4) Un baño de agua bien caliente acaba con el virus

En esta ocasión la media verdad llega de la mano de una verdad, que la higiene personal es esencial para mantenerse a salvo del contagio, y de la media verdad anterior, que las altas temperaturas acaban con el virus.

La parte más importante del baño, que puede ser una ducha sin
menoscabo de la efectividad, es el jabón, no la temperatura. Para que la temperatura fuese un factor considerable debería alcanzar temperaturas que directamente provocarían quemaduras, quizá un camino no del todo efectivo, amén de doloroso y perjudicial.

El jabón, sin embargo, destruye el envoltorio que contiene el material genético del virus siguiendo un mecanismo similar al que sucede cuando se quita una gota de grasa frotando con agua jabonosa y aclarando después.

5) Los aceites esenciales y los potenciados inmunológicos acaban con el SARS-CoV-2

No puede haber un artículo de medias verdades sin su sección dedicada a los ‘aceites esenciales’ y a los ‘potenciadores inmunologicos’. Vamos a decirlo en una frase y sin adornos: no existen los potenciadores inmunologicos. No existen.

El sistema inmune no es una camioneta a la que se le echa gasolina cuando renquea o una lavadora que se enchufa. La mejor (y la única) receta que la ciencia conoce para potenciar el sistema inmune, es llevar una vida saludable, activa, hacer deporte moderado y ajustar una alimentación rica y balanceada.

Los ‘aceites esenciales’ (¿cuales son los aceites no-esenciales? ¿qué significa esenciales, únicos, irremplazables, no sintetizables naturalmente?) son el primo rico con aspiraciones de los potenciadores inmunológicos: más caros, igual de inútiles.

Para cazar al vuelo las medias verdades pero no el coronavirus hoy solo disponemos de una receta: mascarilla limpia cubriendo boca y nariz, manos limpias y escepticismo frente al pensamiento mágico.