Abuelos en el internet… el otro día subí una story de mi abuela que generó más de 50 reacciones, casi todas así “😍”.

La Mari miraba a cámara durante más de 15 segundos sin pestañear, desbordando con una sola mueca la duración de toda una story. Cuando le pregunté que por qué me miraba así, me respondió: “Es que no te puedo mirar, niño”, y luego se echó a reír.

No hablaba de sexo con acento andaluz, no hacía el ridículo en tiktok, ni tampoco era la víctima de un aspirante a caranchoa. Era una anciana mirando con ternura (y un poco de discinesia) a su nieto. Nada más. Nada menos. La naturalidad floreciendo en el soporífero campo de las poses.

Y es que no estamos acostumbrados a que la exposición de nuestros abuelitos en instagram (un 0.000001% de todo el contenido que subimos) se salga del sonrojante arquetipo heredado de la publicidad de los 90s; esto es: “la abuela rockera” y derivados. Y en aquel contexto tenía sentido: la sociedad de consumo siempre se ha caracterizado por ser profundamente gerontófoba. Por eso evita a los ancianos. Por eso los reduce a sr_burns_con_gorro_de_jimbo.jpg.

[Si vamos a morir, qué haces fingiendo algo que no eres – Crédito: Unplash]

Porque la vejez es práctica, sencilla y en general se la suda la tramposa e infatigable necesidad de canalizar nuestro sistema de valores a través de chorradas significantes que no significan una mierda. La vejez posee algo muy poderoso que le blinda de la mercantilización de su identidad: la certeza de la muerte. Es decir, cuando sabes que te vas a morir, dejas de comprarte un iPhone para hacerte el guay.

Aspirar a ser eternamente joven, es aspirar a ser eternamente idiota. Tatúatelo en la cara.

Mucho #bodypositive, mucho #freenipplemovement y mucho padre orgulloso de sus retoños, pero pocos retoños orgullosos de sus viejos. La brecha digital intergeneracional también es eso. Porque cuando dejamos fuera de plano el afecto hacia nuestras yayas (cuando lo convertimos en algo obsceno), o cuando promovemos una imagen paródica de la tercera edad, estamos devaluando nuestro sentido de la empatía a niveles de una vulgar marca de patatas fritas; estamos, en definitiva, detentando una posición de privilegio que naturaliza el desprecio hacia la vejez.

Luego viene una pandemia mundial y a casi nadie le escandaliza que desde las propias instituciones públicas se deje morir a nuestros compatriotas de más edad y menos recursos. Pero es normal: son humanos de otra categoría