Cuando parecía que la campaña electoral estadounidense entraba en la recta final, el 2020 nos tenía reservado otro giro en el curso de los acontecimientos: Trump ha contraído la COVID-19. Este giro, sin embargo, no es como en Vértigo de Hitchcock, o en Shutter Island de Scorsese, una finta rápida, elegante, primero elíptica y después culpable. Más bien se ha parecido a Tiburon 2, donde el nombre de la película ya te da una pista, te malicias que va a empezar aburrida y que va a acabar en lo cutre y el resultado es aún peor de lo esperado porque ni los efectos especiales son buenos. Viajes continuos sin mascarilla, ni un metro de separación entre hablantes en las muy numerosas reuniones de la agenda del Comandante en Jefe y grupo de riesgo por partida doble: edad y sobrepeso avanzado (eso no es muy anticoronavirus).

Polémicas al margen y en justa lid, el equipo médico de Trump lo ha provisto de los tratamientos experimentales más prometedores a su disposición. Pese al entusiasmo del mandatario y afortunadamente para su salud, ninguno de estos tratamientos ha sido ni hidroxicloroquina, ni desinfectante, ni rayos ultravioleta, ni siquiera transfusión de plasma de individuos que superaron la COVID-19 y desarrollaron inmunidad, pese a los numerosos capítulos de cuestionable entusiasmo que estos parecieron suscitar en su círculo más cercano. No está clara la secuencia de acontecimientos para el contagio ni la gravedad de los síntomas. Por contra, sí conocemos que Trump ha recibido dexometasona y un cóctel de anticuerpos experimental, lo cual dicho así y sin mayor explicación suena a combinado caro de bar pretencioso.

La carrera por la vacuna ha copado los titulares y no sin cierta razón. A una velocidad sin precedentes, grupos de investigación de todo el mundo y empresas biotecnológicas se han dado la mano para desarrollar distintas estrategias de proteger a nuestro organismo de la justamente temida COVID-19. Sin embargo, y más allá de la vacuna, hay toda una colección de tratamientos experimentales no enfocados a proteger del contagio sino a combatir al virus una vez que se ha hecho fuerte dentro de nuestro organismo. El Remdesivir, que ya fue objeto de debate, fue el primer antiviral aprobado contra la COVID-19. Sin embargo, las dosis disponibles son relativamente escasas y su distribución más limitada si cabe. ¿Qué le han dado a Trump exactamente y por qué?

La dexometasona es un tratamiento contra la COVID-19 de tipo molecular pequeña, parecido en ese aspecto al Remdesivir, y dirigida a reducir el estado inflamatorio general de los pacientes. Las guías médicas del Instituto Nacional de Salud de EEUU solo recomiendan su uso en casos excepcionales y solo si se precisa de asistencia respiratoria y oxígeno, es decir, para casos de gravedad. En el proceso de reducción del estado inflamatorio, la dexometasona puede comprometer la capacidad del sistema inmune para combatir la infección luego su uso debe necesariamente ser estratégico y equilibrado.

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[El Remdesivir es el fármaco más fiable y escaso anticoronavirus – Crédito: Unplash]

La segunda parte del tratamiento merece un comentario más detallado pues aun siendo casi tan relevante como el desarrollo de la vacuna, apenas ha recibido la suficiente atención. Se trata de un cóctel de anticuerpos anticoronavirus desarrollado por la compañía farmacéutica Regeneron. Los anticuerpos son grandes moléculas que están en nuestro organismo de manera natural y constituyen una de las herramientas más poderosas de que dispone nuestro sistema inmune para combatir infecciones. Frente a una infección, por SARS-CoV-2 o por cualquier otro agente, nuestro sistema inmune genera anticuerpos contra el organismo invasor, lo neutralizan y finalmente otros elementos del sistema inmune se encargan de eliminarlo por completo.

En el caso del tratamiento contra la COVID-19, Regeneron y otras tantas compañías investigando este aspecto tratan de emular el proceso que sucede de manera natural en el organismo. Han desarrollado un cóctel de anticuerpos en el laboratorio de manera que estos neutralicen al virus tras ser administrados al paciente.

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[El bicho al que hay vencer, imagen no oficial – Crédito: Unplash]

La mayor diferencia entre una terapia de anticuerpos y una vacuna reside en que esta última está destinada a proteger antes de la infección. La vacuna provee al organismo de los planos estratégicos para desarrollar por sí mismo los anticuerpos, como si de los pliegos de construcción de un arma secreta se tratase, y en última instancia está destinada a generar inmunidad contra el virus. En el caso de la administración directa de anticuerpos, se entregan las herramientas ya construidas. Mientras que esta opción no genera inmunidad per se, su actividad contra el virus es inmediata tras su inyección en el paciente. La tecnología de desarrollo de anticuerpos en laboratorio no es nueva en absoluto. Por contra se trata de una muy probada metodología con resultados positivos en multitud de enfermedades distintas desde la psoriasis hasta mordedura de serpiente.

Las terapias de anticuerpos pueden ser clave fundamental en la batalla contra la COVID-19. No solo la tecnología de producción y manufactura es madura y está suficientemente probada, sino que permite tratamientos flexibles. En concreto, la estrategia empleada por Regeneron incluye dos tipos de anticuerpos, de ahí la constante referencia al cóctel. El primero procede de un paciente que supero la COVID-19 y que se aisló y modificó para mejorar sus propiedades. El segundo es un anticuerpo de ratón que se obtuvo tras infectar al ratón con el SARS-CoV-2. El anticuerpo de ratón se modificó posteriormente para hacerlo prácticamente idéntico a uno humano de manera que, como sucede con los trasplantes, no hubiese rechazo ni reacciones adversas.

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Otra de las ventajas de los cócteles de anticuerpos es que pueden ingeniarse contra zonas distintas del virus de manera que, si este mutase en una de estas regiones e hiciese ineficaz a uno de los anticuerpos, siempre quedaría otro más. Acierta si piensa que esto tampoco es una regla absoluta. Uno de los mayores competidores de Regeneron, la compañía Eli Lilly, no ha optado por la estrategia del cóctel y su propuesta de tratamiento tiene solo un anticuerpo. En efecto, producir dos en lugar de uno solo hace más difícil la distribución a gran escala del tratamiento, puesto que el esfuerzo manufacturero ha de dividirse por la mitad para fabricar por separado cada uno de los componentes.

Pese a que el capítulo de las ventajas es abundante, el precio anual por tratamiento de anticuerpos en Estados Unidos puede ir desde los 15.000 a los 200.000 dólares. Aunque la coyuntura global puede ayudar a reducir estos precios, el desarrollo y administración de anticuerpos conlleva precios elevados. No en vano, el 80% de estos tratamientos se comercializa en EEUU, Europa y Canadá. En el esfuerzo por combatir la COVID-19 más de una centena de proyectos se encuentran en ensayos clínicos o preclínicos y todos son considerados experimentales aún. Con todo y por alguna razón no muy difícil de adivinar, el equipo médico de Trump prefirió administrarle uno experimental con experimentos de verdad y no uno experimental con ideas de bombero.