¿Se acabará algún día el petróleo? Sí, muchos somos de esa generación que lleva décadas escuchando que estaba a un telediario de agotar la gasolina. ¿Y qué hemos hecho al respecto? Se habla mucho de energías alternativas, pero la realidad es que la población de a pie cuando piensa en estos términos sólo se le viene a la cabeza la imagen de placas solares o molinos de viento. ¿Somos conscientes de la inversión que realizan grandes corporaciones para desarrollar carburantes alternativos al diésel y la gasolina?

Si las predicciones no fallan nuestros descendientes conocerán el e-fuel, un combustible sintético con rendimiento similar producido en plantas implementadas con energías limpias.

¿Cuán cerca estamos de poder alcanzar la realidad de producción para comercializarlo?

Pero… este cuento ya nos suena. No sería la primera vez que pecamos de optimistas haciendo un pronóstico de este calibre cuando su precio sigue estando por encima del combustible fósil.

El proceso aún tiene muchas perdidas que reducen su eficiencia. Para entenderlo mejor hemos de distinguir principalmente entre las dos vertientes, los que se basan en procesos de biodigestión (Syngas , biometano o hidrógeno renovable ) y los combustibles que necesitan de energía eléctrica (e-combustibles). Los primeros se fundamentan en gasificación térmica de materiales orgánicos como residuos forestales y agrícolas. Los segundos siguen produciendo emisiones de CO2 a la atmósfera, pero son compensadas por el propio ciclo de obtención del hidrocarburo, donde se absorbe este gas de efecto invernadero. No obstante, actualmente se consume mucha más energía para obtener estos combustibles sintéticos que la que después se puede obtener de ellos.

Como curiosidad, algunos procesos de generación de combustible sintético, como el metanol, llevan existiendo cerca de 60 años, generando unos 70 millones de toneladas por año de los cuales 1.600 son los consumidos por camiones de alto tonelaje anualmente.

¿Qué se ha conseguido hasta ahora?

Marcas como McLaren ya están diseñando modelo s de automóviles que funcionen con estos combustibles. Audi hace dos años produjo a partir de biomasa la mayor partida de gasolina hasta el momento: 60 litros. ¡Y no sólo en el sector del automóvil! Airbus está  implementando los syngas para una nueva línea de aviones con menos capacidad, para garantizar viajes con cero emisiones.

La propuesta de Bosch contempla usar hidrógeno extraído del agua y carbono reciclado de gases con efecto invernadero. Su estudio revela que se podrían ahorrar 2,8 gigatoneladas de CO2 en Europa para el año 2050. Repsol hace unos días anunció la construcción en País Vasco de una de las mayores plantas de producción de combustibles sintéticos cero emisiones netas a partir de hidrógeno verde, generado con energía renovable. Se espera que sea funcional en un plazo de cuatro años.

A esta difícil ecuación de los carburantes se suma el desarrollo de otras soluciones complementarias y/o excluyentes, como el coche eléctrico. Estamos ante un problema de gran complejidad ya que no se trata de analizar su rentabilidad y eficiencia, sino también las emisiones equivalentes de cada alternativa, contemplando toda la huella de carbono generada desde que se produce (el coche, combustible…) hasta que se desecha. Este cómputo requiere una medición rigurosa para cumplir debidamente los objetivos de emisiones de contaminantes en 2050, y la realidad es que en esta guerra fría por la gallina de los huevos de oro muchas corporaciones no utilizan criterios lo suficientemente unificados y transparentes al compartir sus avances. ¿Cómo entonces tener claridad acerca del estado del arte y de lo que nos cabe esperar?

¿Y cuáles son los beneficios no evidentes de estos combustibles?

En primer lugar, podrían suponer cierta autonomía en la producción de un elemento a día de hoy clave para el desarrollo de la sociedad y su progreso. Democratizaría el acceso a los combustibles, que siempre ha estado ligado a la explotación de recursos naturales. Y lo que es más. Eliminaría las tensiones del crudo de las relaciones geopolíticas, con las consecuencias sobre la soberanía de algunos países y su futuro.

Se trasladaría una cultura con incentivos para la compra de CO2 y el desarrollo de las tecnologías de captación y re-utilización. Ya no habría de grandes infraestructuras híperlocalizadas. Gozaríamos de mayor flexibilidad y escalabilidad de las infraestructuras de acuerdo a la demanda. Lo cual da margen para la participación de pequeñas y medianas empresas además de cooperativas locales. Y la que para mí es la mayor de las noticias por su creación de riqueza, estaríamos ante un nuevo nicho de generación de empleo verde multidisciplinar. Sector que, según la OIT (Organización Internacional del Trabajo), puede inducir la creación de unos 24 millones nuevos puestos de trabajo. Ante la evidente crisis… ¿llegaremos a tiempo de coger la ola de los combustibles sintéticos?