El 14 de marzo de 1988 nacieron bastantes personas en Akron, una ciudad mediana y aburrida del estado de Ohio, y Wardell fue una de ellas. Como incluso desde los 10 años ya era un chico más alto que los de su edad y no le faltó la inspiración de su padre, Dell, en cuanto pudo se apuntó al equipo de baloncesto. De que el talento le sobraba se dieron cuenta muchos y muy pronto.

Hoy a Wardell lo conocemos por el nombre de Stephen Curry, estrella de la NBA, la mejor liga de baloncesto del mundo, y el mejor anotador porcentual de triples de la historia de la competición: el 43.5%. De cada 100 triples, encesta algo menos de la mitad. Por cada dos triples lanzados, Curry suele meter uno y, pese a eso, o precisamente por eso, The Golden Boy, Chef Curry, es el amo y señor de la línea de tres. Aunque es un porcentaje espectacular para tratarse de triples, imagine que en su negocio tuviese el mismo éxito, ese abogado perdiendo uno de cada dos casos, ese estudiante suspendiendo uno de cada dos exámenes, ese fotógrafo que captura desenfocada una de cada dos fotos.

Como ya veo en la lontananza a los defensores de LeBron como mejor jugador -no se solivianten, queridos-, permítaseme decir que esto no es una exégesis de Stephen Curry sino sobre un negocio cuya tasa de éxito es del 6%: de cada 100 tiros, aquí solo se encestan seis. Bienvenidos al proceso de creación de una vacuna.

¿Cómo se están diseñando las vacunas anti-COVID19?

Las dos características más importantes en una vacuna son la seguridad y la eficacia. En otras palabras, que no haga nada que no diga que haga y que haga todo lo que dice que hace. Parece fácil, pero solo lo parece. En circunstancias normales, desde que el proyecto de investigación empieza en los laboratorios hasta que la vacuna sale al mercado pasan de 5 a 10 años: en el caso de la vacuna contra la COVID-19 necesitamos hacerlo en 18 meses, una velocidad absolutamente sin precedentes.

La primera es la fase de descubrimiento, donde se estudian cuáles son los puntos débiles del SARS-CoV-2 gracias a lo que sabemos de este virus y de otros similares. Puede empezar en un laboratorio académico, con batas blancas y ese cierto desorden que hace de estos lugares tan entrañables, pero después ha de trasladarse a los llamados GLP o «Good Laboratory Practice», donde hasta la operación más nimia está documentada al detalle. En paralelo sucede el llamado desarrollo de proyecto: un equipo analiza los costes, el plan de futuras pruebas en animales y humanos, el personal involucrado, las conversaciones con las agencias reguladoras, etc. Esto no lo hacen los científicos, pero es igualmente fundamental y de su buen hacer también depende el éxito de la vacuna.

Durante la fase de descubrimiento la primera pregunta es qué tipo de vacuna se va a desarrollar, cuál es la manera de estimular y enseñar al sistema inmune a defenderse contra el SARS-CoV-2. Se contemplan ocho maneras distintas que, en aras de la claridad, se pueden resumir en cuatro según lo que se introduzca en el cuerpo para estimular esa tan codiciada inmunidad: 1. El virus mismo; 2. Algunas proteínas de virus; 3. Los ácidos nucleicos relacionados con el virus (ADN/ARN), y 4. Un vector viral. Veámoslo en detalle:

Las más conocidas son las vacunas clásicas, introducir o un virus atenuado o una parte del virus, una de sus proteínas, para enseñar al sistema inmune cómo es el agente atacante antes de que ataque de hecho. La opción de introducir el virus atenuado en el caso de COVID-19 no se está explorando in extenso pues podría entrañar problemas de seguridad importantes. La opción de usar una parte del virus, en este caso la proteína «spike» de la cubierta del virus. Disponemos de amplia experiencia en este tipo de vacunas, pero, como siempre, hay algunos problemas.

Esta vacuna es probable que necesite de los llamados adyuvantes, componentes que estabilizan a la vacuna en sí y colaboran para que realice su función correctamente. El problema reside en que estos adyuvantes están protegidos por derechos de patentes, puesto que desarrollarlos constituye en sí mismo toda una investigación paralela. Solo hay un adyuvante sin derechos asociados, el Alum. Huelga decir que ni todos funcionan igual ni son igualmente válidos para todo tipo de vacunas.

Otro tipo de vacunas, y de hecho el más novedoso, es el que usa ADN o ARN, los tipos de materiales genéticos que poseen los virus. En concreto, el genoma del SARS-CoV-2 es de ARN. En esta ocasión, en lugar de introducir una proteína de virus a modo de vacuna, se administraría a nuestro organismo el manual de instrucciones para fabricar dicha proteína. Valga la comparación, es la diferencia entre comprar un mueble ya montado o pedir las instrucciones a IKEA y montarlo en casa uno mismo. En efecto, todos hemos estado sentados en el suelo rodeados de piezas, tornillos y un manual que no sabíamos ni en qué sentido leer.

Al administrar una vacuna de tipo ADN/ARN, hemos de asegurar que nuestro organismo no corre la misma suerte y que sabe interpretar perfectamente el manual, de ahí la diferencia entre una vacuna efectiva y otra que no lo es. Hoy no tenemos ninguna vacuna aprobada siguiendo este método, lo cual introduce la cuestión de si será segura y efectiva al final de esta carrera de fondo. Hay otras dudas de naturaleza más técnica (cómo introducir el material de instrucciones dentro de la célula o si serán capaces de estimular a nuestro sistema inmune lo suficiente, entre otras), pero dejaremos estas al margen en esta ocasión.

De justicia es decir que esta aproximación también tiene algunas ventajas indudables. Como esencialmente convertiríamos a nuestro organismo en el productor de la vacuna, los costes de manufactura resultarían menores y sería esperable que producir las dosis necesarias para todo el mundo fuese una tarea algo menos ardua. Moderna, una compañía biotecnológica de EEUU, —haciendo honor a su nombre— está desarrollando una vacuna anti-COVID19 con esta estrategia.

Por último, cuando incluso una versión atenuada del virus resultaría insegura, se contemplan las llamadas vacunas de vector, en la que una parte del SARS-CoV-2 se incrusta en otro virus atenuado, como un adenovirus. Aún no tenemos mucha experiencia con esta clase de vacunas, pero los estudios de vacunas contra el ébola son un buen punto de partida.

La siguiente fase es la fase preclínica y comprende todos los pasos necesarios antes de la prueba de fuego donde los costes y las consecuencias de los fallos se disparan: los ensayos clínicos. En la fase preclínica se estudian y mejoran las características toxicológicas, la formulación final de la vacuna (cómo se va a administrar, qué dosis, a qué concentración, etc.), y se traspasa el trabajo a laboratorios GMP, «Good Manufacturing Practices». La manufactura de las vacunas, o de los fármacos en general, constituye una disciplina en sí misma y han de operar bajo estrictas reglas puesto que esos productos están destinados a actuar en nuestro organismo.

Si hay luz verde en los ensayos preclínicos con animales, la vacuna pasa a la siguiente fase, los ensayos clínicos y estos se dividen en tres fases. En la fase 1 se estudia la seguridad de la vacuna en individuos sanos, que no haga nada imprevisto ni provoque efectos secundarios severos, y se compara con los efectos de un placebo. En la fase 2, algo más flexible que la primera, se prueba la vacuna en un mayor número de adultos, generalmente del grupo al que se dirija la terapia en concreto y que pueden o no padecer la enfermedad. Aquí ya se estudia la inmunidad y, en algún modo, la eficacia. Si hay luz verde se accede a la tercera fase, la más cara con diferencia. En esta fase se ensaya finalmente en miles de pacientes y se tienen en cuenta los más variados y exhaustivos criterios epidemiológicos, inmunológicos, estadísticos y éticos.

Luz verde, la vacuna ha pasado los ensayos clínicos. ¿Listo? No. Aún queda obtener la licencia y poner las vacunas en el mercado, con su correspondiente etiquetado (de nuevo, toda una problemática en sí misma que no abordaremos en esta ocasión). Los gobiernos y las agencias regulatorias son las encargadas de dar el visto bueno final y no hay una ventanilla única, la licencia depende del país o del organismo al que se adscriban los distintos estados.

¿Qué proyectos hay en marcha?

De los 115 proyectos de desarrollo de vacunas anti-COVID19 en todo el mundo, algunas han entrado ya en la fase de ensayos con humanos, el verdadero indicador de seguridad y eficacia. A esta fecha, es el caso de seis proyectos chinos, dos estadounidenses, uno británico, uno alemán, uno canadiense y otra colaboración entre Estados Unidos y Corea del Sur. Otras, como la producida por Johnson & Johnson o Sanofi, el gigante mundial de desarrollo de vacunas, lo harán a principios de septiembre.

Otras preguntas relevantes

Todo esto puede llevarnos a nuevas preguntas. ¿Con tanto dinero destinado a tantos proyectos, no sería mejor hacer una sola vacuna contra el COVID-19, centralizar esfuerzos? La respuesta es por una vez sencilla: no. La formulación final de la vacuna depende de muchos factores, incluso de la temperatura a la que vayan a almacenarse las muestras de la misma en el centro de salud de destino. No es descartable un escenario con varias vacunas operando en paralelo y en escenarios distintos (grupos de edad, geografía, disponibilidad, etc). Otra gran pregunta, sin respuesta aún, es cómo se va a realizar la manufactura y la distribución a gran escala de esta (o estas) vacunas. No necesitamos ni diez ni cien millones sino 7.000 millones de dosis, o más incluso. Además, cabe preguntarse si esta vacuna será capaz de protegernos durante un largo periodo o solo durante unos cuantos meses o años y quiénes, que países o grupos de población la obtendrán primero.

Es evidente que son muchas las preguntas por resolver pero el progreso en tan solo unos meses ya ha batido récords. A riesgo de resultar obvia, crimen de lesa narrativa, cabe recordar que hoy el mundo puede permitirse pensar en obtener una vacuna en 18 meses gracias a todos y cada uno de los meses, años, y décadas anteriores de avance científico. Financieros, gestores, legisladores y científicos, en ciencia todos trabajamos para el mañana. Y sí, también para que cuanto antes podamos volver a ver a Stephen Curry enchufarla de tres con ese silbido inconfundible, un látigo, un sable, de la pelota al acariciar la malla sin rozar el aro.