Desinformación, confusión, políticos con aspiraciones mesiánicas, conspiraciones absurdas, enfrentamientos con tintes de complejos que ya creíamos superados, enterramiento de la cultura. Esta crisis ha sacado lo peor de la especie, sin embargo, nadie habla de algo que en mi opinión es maravilloso y es que probablemente estemos entrando en uno de los siglos más importantes para la ciencia: el siglo XX. Sí, has leído bien, no es una errata, me refiero al siglo 20 (lo pongo así para que no quede duda de que no es un error).

Hasta hace poco más de 100 años se creía que la ciencia era infalible. Los descubrimientos que la física hizo a principios del siglo XX rompieron con esa visión antropocéntrica, doctrinal y hasta religiosa que se tenía de la ciencia. Sin embargo, la mayoría de la sociedad, y muchos divulgadores y periodistas, tienen a día de hoy esa misma visión y encima se empeñan en que todos la veamos así. Están anticuados y son de miras estrechas y como toda la gente así (muy de moda en todos los ámbitos), se apropian de una bandera y tratan de imponer a diestro y siniestro su estrechez. Cualquier científico serio sabe que la ciencia no es ni mucho menos infalible y que las verdades de hoy suponen los errores del mañana; pero es que así es como avanzamos.

El ABC de la ciencia: preguntas > respuestas

¿Alguna vez te has planteado que la ciencia no da respuestas sino que hace preguntas?, ¿que la ciencia no es una estructura cerrada de verdades absolutas?, ¿que lo que hoy es verdad mañana deja de serlo? En este post me gustaría que nos sumergiéramos en el siglo XX de la ciencia, porque fue un tiempo en el que ésta maravilló al mundo con sus avances y fue tan fascinante que para mí merece la pena compartirlo con vosotros.

[Imagen de un microscopio – Crédito: Unplash]

Hace más de 15 años comencé a estudiar a física, más tarde me doctoré en física teórica y después hice un posdoctorado en ese mismo campo. A día de hoy me dedico a enseñar ciencia en La Academia Arte y Ciencia, fuera del sistema educativo, a gente que no se quiere formar académicamente sino que disfruta aprendiendo y cuyo único objetivo es el de descubrir. Mi vida es la ciencia. Cada nuevo descubrimiento, cada avance que hacemos desde la ciencia, hace que me guste más.

Pero, desde hace tiempo, vengo observando que existe una diferencia enorme entre los aprendizajes que uno hace como investigador y lo que la sociedad y los medios de comunicación científica transmiten. Como investigador rápidamente adviertes la incertidumbre, los cambios, los errores inherentes a la medida y, en definitiva, la dificultad que supone extraer conclusiones generales, sea el tema que sea. Todo lo contrario a lo que se nos transmite. Creo que esta crisis nos está dando la oportunidad de que cambiemos esta visión como sociedad y apoyemos a la ciencia como lo que realmente es: un continuo aprendizaje.

El coronavirus ha hecho que, a nivel social, giremos todos la cabeza hacia la ciencia encomendándonos a ella en un acto de idolatría desmedida, de la misma forma que un campesino en la Edad Media hacia con Dios para pedir un buen año de cosechas. ¡La ciencia nos sacará de esto! Una frase muy repetida en estos últimos meses. Quizá la ciencia nos saque de esta, ojalá. Pero no nos damos cuenta de que la ciencia ya nos avisó hace más de 100 años de que no trabaja con certezas absolutas sino que más bien es una disciplina que navega por la incertidumbre, los errores y los cambios, potenciando una actitud hacia la aventura del conocimiento y esto implica que en la ciencia hay desconocimiento. Lógico ¿no? Porque si conociéramos todo la ciencia no tendría sentido en sí misma.

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[Congreso de Solvay, 1933 – Crédito: Wikipedia]

Como decía antes, quizá estemos viviendo un cambio en el paradigma social-científico. Creo, y por cierto no me da miedo estar equivocado (porque los científicos nos equivocamos mucho), que esta crisis va a suponer la interiorización gradual por parte de la sociedad de las ideas más revolucionarias de la ciencia del siglo pasado. Y esto, querido lector/a, es una auténtica maravilla. No me gustaría ser malinterpretado, yo soy un ferviente defensor de la ciencia, pero también soy un ferviente detractor del cientificismo y ambas cosas, aunque muchos divulgadores y periodistas de la ciencia en la actualidad lo mezclen de forma constante, son polos opuestos.

¿De dónde venimos?

Hay que decir que, desde hace unos cientos de años los antiguos poderes que habían potenciado el pensamiento único en occidente se estaban cayendo poco a poco. Aunque son muchos los matices y acontecimientos que marcaron este declive, ya que hablamos de ciencia, me gustaría hacer un pequeño apunte en este ámbito. Me gustaría nombrar a uno de los más grandes científicos, o el más grande, que ha existido jamás: Sir Isaac Newton. Su ley de la gravitación universal así como sus tres leyes sobre la dinámica de los objetos son probablemente el avance más grande que ha hecho un individuo en ciencia en toda la historia. Los movimientos de los astros, estudiados desde hacía miles de años, se revelaban como una consecuencia inmediata de la gravedad y parecían ajustarse a la perfección a las ecuaciones. Todo cuadraba.

En este punto parecía que la física y la matemática juntas podrían descifrar todo el universo, solo era cuestión de tiempo. Fijaos en esta frase de Laplace, una de las más grandes figuras de las matemáticas, y pronunciada más de un siglo después de los descubrimientos de Newton: “Una inteligencia que en un instante dado supiera todas las fuerzas que actúan en la naturaleza y la posición de cada objeto en el universo – si estuviese dotada de un cerebro suficientemente vasto para hacer todos los cálculos necesarios – podría describir con una sola fórmula los movimientos de los mayores cuerpos astronómicos y los de los átomos más pequeños. Para tal inteligencia, nada sería incierto, el futuro, como el pasado, serían un libro abierto”.

[Isaac Newton – Crédito: Wikipedia]

Esta frase explica muy bien cuál era el pensamiento dominante hace 200 años. Viene a decirnos, implícitamente, que la ciencia es capaz de todo, sin incertidumbre alguna. A día de hoy sabemos que esto no es posible tal y como se planteaba en aquél momento. Pero quiero recalcar algo, el siglo XIX estuvo marcado en ciencia por el mecanicismo y el racionalismo más exacerbado. Hasta tal punto fue así, que la corriente del romanticismo en filosofía nació como un enfrentamiento a esta visión del mundo. Esto tampoco lo hemos interiorizado a día de hoy, pero ese es otro tema.

La relatividad y la física cuántica

Se podría decir que, con la entrada del siglo XX, la ciencia y en concreto la física, descubrió dos de los peldaños más importantes hacia el conocimiento del universo: la relatividad y la física cuántica. Ambas ramas de la física rompían todas las ideas previas que se habían estado gestando desde la Revolución Científica. La visión mecanicista, e incluso el determinismo, se tambaleaban viendo como una nueva forma de entender la naturaleza había nacido. No me extenderé mucho en explicar ambas, si quieres profundizar un poco más te recomendamos este artículo que escribí hace un tiempo sobre la relatividad y este otro en el que explico un poquito las bases de la física cuántica.

Por un lado, la teoría de la relatividad, desarrollada por Albert Einstein, nos enseñó que las medidas de distancia espaciales y temporales dependían de las condiciones de velocidad y/o energía a las que el observador esté sometido. Es decir, si por ejemplo tú y yo nos movemos a velocidades diferentes, experimentaremos un paso del tiempo diferente. Pero lo más bonito de esto es que tanto tú como yo tendremos “razón” en nuestras medidas, a pesar de no ser las mismas. Osea, que en este sentido no existe una “verdad única”. Solamente si ambos tenemos en cuenta el binomio espacio-tiempo y construimos, lo que llamamos de forma técnica en física, el intervalo espacio temporal o métrica, podríamos llegar a un acuerdo. 

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[Richard Feynman, físico teórico estadounidense – Crédito: Wikipedia]

Por otro lado, la física cuántica nos destrozó -y lo sigue haciendo- nuestras mentes intuitivas y lógicas. Como dijo el gran Richard Feynman: “La física cuántica describe la naturaleza como algo absurdo al sentido común. Pero concuerda plenamente con las pruebas experimentales. Por lo tanto espero que ustedes puedan aceptar a la naturaleza tal y como es: absurda“.  A menudo se dice que la física cuántica es muy difícil de entender desde nuestro lenguaje, no existen palabras ni lógica que la puedan explicar. Esta disciplina, aunque con algunos matices, se podría decir que describe el mundo microscópico, los ladrillos que sustentan nuestra realidad pero, aceptemoslo, es a día de hoy casi impredecible e incomprensible para la ciencia. Y esto, para los que hemos investigado a nivel profesional sobre ella, es un reto precioso que nos deslumbra casi a diario.

Y además…

A esto debemos añadirle el hecho de que el siglo XX también nos trajo la comprensión paulatina de la dificultad que exige resolver de forma exacta los llamados sistemas complejos, la dinámica no lineal, los sistemas caóticos y un largo etcétera de descubrimientos que complejizan y nos imposibilitan conocer la naturaleza con una precisión arbitrariamente grande.

Por poner un ejemplo, un sistema complejo es aquél en el que el todo no es la suma de la partes, es decir, cuando la interacción entre las partes genera comportamientos que no aparecían de forma aislada. La ciencia siempre trata de aislar los sistemas con el fin de controlar al máximo las variables que afectan al experimento. Sin embargo esto, en la mayoría de los casos, es muy complicado de llevar a cabo. Y es especialmente difícil en disciplinas científicas en las que se trabaja de forma constante con sistemas complejos como, por ejemplo, en biología. Ejemplos de sistemas complejos hay muchos, por decir algunos tenemos el sistema de La Tierra, los seres vivos, gran cantidad de sustancias a nivel molecular…

La crisis del coronavirus

Como comentaba al principio del artículo, la tremenda crisis a la que nos enfrentamos en la actualidad ha hecho que la sociedad ponga todos los focos sobre la ciencia. Una actitud de creencia en la divinidad de la ciencia que subyace en casi todas las personas, ¡ojalá encuentren la vacuna pronto! dicen unos, ¡la ciencia es necesaria y necesita financiación! dicen otros. Por supuesto yo estoy de acuerdo en ambos planteamientos, pero discrepo con la base desde la que se lanzan, es decir, mirar a la ciencia como un flotador que ha de salvarnos la vida y además, ha de hacerlo pronto y sin dubitar. 

Como no podía ser de otro modo, la ciencia está respondiendo como lo que es. Cientos de investigaciones se están realizando por todo el mundo tratando de conocer, controlar, y sobre todo, entender el SARS-CoV-2 y la Covid-19. Pero, si estáis atentos a las noticias científicas, veréis que parece haber resultados contradictorios, conclusiones que cambian casi a diario, especialistas que adaptan su discurso en función de los últimos resultados y así, una serie de hechos que ejemplifican que la ciencia no se basa en las certezas absolutas.

Además, como hemos comentado hace un momento, el cuerpo humano es un sistema complejo y esto pone muy difíciles las cosas. Ahora más que nunca se está poniendo en evidencia que la ciencia no funciona como la sociedad creía que funcionaba, que la ciencia no puede ser un salvavidas al que agarrarse por conveniencia, que la ciencia dispara hacia lo desconocido y hacia la incertidumbre, y no hacia el método milagroso lleno de certezas que algunos se empeñan en transmitir que es.

Porque este método milagroso que algunos nos quieren hacer creer que es la ciencia, es una doctrina, una religión y no encontrarán ni un solo científico serio que se lo compre. Así que basta ya. Basta de creer que el ser humano necesita referentes casi paternalistas que nos ilusionen con un mundo de certezas, estamos preparados para dar el salto hacia otra estructura de pensamiento.

Bienvenidos al siglo XX de la ciencia

Me gustaría con este artículo mandar un mensaje que nos impulse hacia la ciencia de verdad y con mayúsculas: ¡bienvenidos al siglo XX! Estamos entrando en el siglo en el que la ciencia cambió de paradigmas, un siglo que como hemos visto potencia el pensamiento humano hacia la complejidad de la naturaleza, del universo. Esta crisis está poniendo en nuestra cara que la ciencia no es como nos habían contado hasta ahora, ¡aprovechemos esta oportunidad!

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[Madrid, 1901 – Crédito: somosmalasana]

Si lo pensamos un poco, es lógico que vivamos en el siglo XIX de la ciencia, pues la formación científica media de la gente se reduce a lo que nos enseñan en el instituto, y esta formación nunca ahonda en los descubrimientos del siglo XX. Por un lado es normal, ya que se empieza por enseñar desde el principio, pero ¿no es un poco llamativo que la educación obligatoria, en algo que está avanzando tan rápido como la ciencia, borre de un plumazo los últimos y más importantes descubrimientos que ha hecho el ser humano? Este es sin duda un paso necesario que ha de acompañar al proceso.

Claro está que la ciencia aplicada nos ha ayudado a poder vivir mejor y a destapar nuevos hitos tecnológicos, desde la electricidad hasta el Falcon 9 de Space X, son ejemplos de los grandes pasos que hemos dado. No hay duda de que la ciencia nos ha aupado a las más altas cotas de conocimiento. Pero no lo confundamos, esto es una cosa y otra bien distinta es la imagen de la ciencia que se tiene a nivel social. Y para muestra solo es necesario ver que en un anuncio de yogures o de crece pelo para hombres te tengan que decir que algo está “científicamente demostrado” (sea lo que sea que signfica eso os juro que nunca se lo he escuchado a un científico de nivel o en un ambiente académico serio) para convencerte de su infalibilidad.

Por último, me gustaría dejar claro, ya que vivimos en un mundo donde se confunde constantemente todo, que me estoy refiriendo siempre al mundo de la ciencia. Que Youtube, Facebook, Instagram, periodismo científico, tu cuñado y demás entes, no forman parte de la ciencia ni están en sintonía con la actitud científica. Es decir, que absorber a nivel social que aún queda mucho por conocer, que a día de hoy no existen las certezas ni las verdades absolutas, no es dejar lugar a estupideces como que la Tierra es plana.

Es todo lo contrario, es potenciar el cuestionamiento de las cosas desde una actitud de estudio real y no desde lo que me digan esos entes de los que hablaba, que además si lo pensáis, siempre creen estar en posesión de verdades absolutas. Eso es anticiencia y doctrinalismo.

Ya es hora de disfrutar de la complejidad de los procesos que conforman nuestra realidad, de quitarnos el pensamiento de que todo es repetitivo, rutinario y que no hay lugar lugar para la incertidumbre, la sorpresa o la creatividad. El siglo XX de la ciencia nos ha enseñado que el universo es un lugar maravilloso donde casi todo es posible, liberémonos del yugo que suponen las doctrinas y empecemos a disfrutar de los maravillosos descubrimientos del ser humano.