Se dice que solo hay dos relatos cortos más cortos que el mejor relato corto jamás escrito. El más breve de todos se titula Luis XIV y dice así: «Yo». El siguiente, menos obvio si bien no tan breve, es El emigrante: «—¿Olvida usted algo? —¡Ojalá!». Meritorios intentos, ninguno como el de Augusto Monterroso: «Cuando se despertó, el dinosaurio seguía ahí.»

Cuando hablé con Marta, me explicó que una de las cosas más duras era afrontar los comentarios de amigos y familiares, indudablemente bienintencionados: Ya verás como mañana estás mejor. Mañana seguro que te despiertas con más fuerzas. Seguro que mañana ya lo notas. Lo terrible de todos esos mañanas es que cuando ella se despertaba, la COVID-19 seguía ahí.

Marta es psicóloga. Excelente en su profesión y en su categoría humana. Nos conocimos en Celera, una asociación que se dedica a identificar el talento joven en España y que cometió el generoso desafuero de identificarme como tal hace ya un par de años. En Celera, Marta —junto a Katya— acometen la muy ardua tarea de enseñarnos a entender mejor a los demás y a nosotros mismos. Cuando pienso en Marta, lo que he aprendido de ella y lo que me trasmite, pienso en energía y fortaleza, movimiento y sentido. Hace unos días, Marta contó en este video lo que supone padecer la denominada «COVID persistente». Merece la pena escucharlo en detalle.

En contra de lo que podría pensarse, la COVID persistente no es el nombre dado a unos pocos casos aislados, quizá solo en España, en pacientes con afectaciones previas o personas mayores. Después de una gastroenteritis, una gripe o una lesión de rodilla, pasados los síntomas fundamentales, la vida no vuelve inmediatamente a su estado previo a la enfermedad. Se cuentan por días, a veces por semanas.

La realidad es que se desconocen los efectos a largo plazo de la COVID-19 puesto que los pacientes analizados son tan antiguos como la propia enfermedad, apenas unos meses. Tiempo suficiente para que ya se haya detectado un numero significativo de pacientes que padecen infecciones pulmonares post-COVID, fibrosis pulmonar irreversible o dificultad respiratoria. Además, en contra de lo que uno esperaría, no son necesariamente los pacientes más graves, aquellos que han necesitado asistencia respiratoria con ventiladores y oxígeno, los que presentan síntomas a largo plazo.

Tanto pacientes con síntomas leves como severos pueden encontrar que pasada la infección, la vida se ralentiza, todo pesa más y está más lejos, y los dolores de cabeza recurrentes o la febrícula aparecen sin razón aparente. Podría pensarse que perder el olfato, en la medida que hace tiempo que no necesitamos salir a cazar mamuts, es un efecto menor. Nada más lejos, pues es indicativo de daño cerebral eventualmente irreparable.

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Precisamente por la asimetría en la disponibilidad de la información, la pandemia de COVID-19 se ha explicado de forma binaria: o te toca la COVID del ratón, síntomas leves, parecidos a un mal resfriado, cuando no asintomatología; o la del león, ingreso durante días en la UCI, síntomas graves, reanimación y asistencia respiratoria. Para explicar la realidad en general y los sistemas vivos en particular rara vez es suficiente con solo dos categorías. Como relata para Science el radiólogo aleman Götz Martin Richter, una de sus pacientes de COVID-19 más mayores padecía previamente leucemia crónica y afectación arterial. Necesitó reanimación vital en cuidados intensivos pero una vez pasado el momento crítico, se ha recuperado perfectamente y solo tiene daño hepático mínimo. Por contra, un hombre de mediana edad sin patologías previas que sufrió pneumonía leve a causa de la COVID-19, tres meses más tarde padece hipersomnio, somnolencia diaria excesiva y aún sigue de baja.

Cabe decir que las consecuencias a largo plazo después de infecciones virales no son exclusivas o excepcionales para el SARS-CoV-2. Lo llamativo de los casos observados es lo variable e impredecible de tales consecuencias: se han registrado hasta 62 síntomas distintos en pacientes que, superada la COVID-19, manifiestan secuelas durante más de dos semanas.

Es responsabilidad de los medicos y científicos dar comprensión y seguimiento a esto pacientes que lo siguen siendo aun después de pasar la infección. Una de las razones que hacen difícil esta tarea es la heterogeneidad metodológica: los estudios que monitorizan la recuperación de estos pacientes utilizan distintos métodos para tal seguimiento, el cual sucede por periodos variables de tiempo, de unas pocas semanas a varios meses. Los datos del COVID Study Symptom de pacientes de EEUU, Reino Unido y Suecia sugieren que el 15% de los pacientes de COVID padecen síntomas relacionados a largo plazo. Dos estudios en Italia arrojan números dispares: el 20% y el 87% de los pacientes de COVID grave padecerían sintomatología duradera 2 meses después de superar la infección.

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En general, las estimaciones con la información disponible dibujan un escenario en el cual 1 de cada 5 pacientes que recibieron cuidados intensivos padecería efectos a largo plazo. Hoy Reino Unido se propone seguir a 10.000 personas que fueron pacientes agudos de COVID-19 por un periodo de 25 años. Solo queda esperar que otros países inicien proyectos en esta misma línea.

Pero volvamos a Marta. Fue gracias a ella que conocí la COVID persistente. Una persona joven, en perfecto estado físico y acostumbrada a una vida activa que pasa a despertarse con el dinosaurio durante más de 120 días, más de cuatro meses de fiebre casi permanente, amén de otros síntomas clásicos de la COVID-19. Hoy sabemos más de la enfermedad que hace cuatro semanas y mucho más que hace cuatro meses. Sin embargo, al comienzo de la pandemia, la confusión y el desconocimiento hacia pasto de los pacientes y sus necesidades de comprensión y tratamiento. Marta tiene un proyecto llamado Vive tu emoción. En cierta ocasión preguntó qué era lo más difícil de sobrellevar en esta pandemia. Recuerdo haber leído una respuesta que pude reconocer en mí misma y en la conversación que tuve con Marta para preparar este artículo: el contacto con los demás, el temor a contagiar a los seres queridos, a los más frágiles o a los más cercanos.

Detrás de cada enfermedad hay pacientes concretos, con historias personales particulares, proyectos e inquietudes. Aun desconocemos la magnitud de real de la COVID-19, no solo por el número de víctimas mortales, sino por aquellos pacientes cuyos síntomas permanecen más de lo que cabría esperar. Con las enfermedades infecciosas, protegerte a ti mismo es proteger a los que te rodean. Gritaba un turbulento Dantón ¡Audacia, audacia y más audacia, y Francia vencerá! Es discutible que fuese la audacia lo que llevase a Francia a vencer, incluso es discutible que Francia venciera. Pero quedémonos con la bravía de la frase: la gran audacia de nuestro tiempo es la calma, la mascarilla y el distanciamiento. Y nosotros venceremos.