Nunca habíamos vivido algo así. Ni siquiera en guerra. Nos hemos unido tribus contra tribus, hemos combatido ideologías, luchado por recursos o libertades, pero nunca antes nos habíamos unido todos contra una amenaza común a toda la especie.

El coronavirus nos está dando una oportunidad sin precedentes históricos: por primera vez el planeta entero se ha unido contra un enemigo que no entiende de fronteras, banderas, ni razas.

Es como si una especie invasora nos hubiera obligado a ponernos todos de acuerdo a escala global. Y aunque esta crisis sea la más grave que haya vivido nuestra generación, también es un entrenamiento ideal para cuando nos toque enfrentarnos a una amenaza aún mayor: el cambio climático.

De “síndrome Casandra” a cuarentena global

El complejo de Casandra es lo que ocurre cuando una predicción certera es ignorada. Es una referencia a la hija de Príamo, el Rey de Troya, que podía ver el futuro pero Apolo la maldijo para que nadie confiara en sus profecías.

En cuestión de semanas hemos reaccionado al virus como llevamos reaccionando al cambio climático desde hace años: negando el problema, despreciando a los científicos, inventando teorías de la conspiración y despreocupádonos por las generaciones ajenas.

El “¡solo mata a mayores de 70!” es el “qué sabrán esa panda de críos” que le gritan los mayores a las Greta Thunbergs del mundo. Pero al contrario que el cambio climático, que lo empezaremos a sufrir dentro de 10 o 20 años, esto nos ha dado en la cara en cuestión de semanas. Para Europa, de días.

Por eso debemos aprovechar esta experiencia para practicar medidas que nos pueden ser útiles para luchar contra el malo final.

1) Asumir nuestra responsabilidad.

Esta crisis nos hace ver lo mucho que confundimos nuestros privilegios con derechos. Sigue habiendo gente que no entiende cómo es posible que el estado les prohíba salir a la calle. El 24 de marzo ya casi habíamos alcanzado los mil detenidos por violar el confinamiento.

Se sienten como en una dictadura. Yo les veo como a niños malcriados a los que les da una pataleta porque quieren una piruleta cuando es hora de comerse la sopa.

En la segunda guerra mundial nadie le pidió su opinión a los abuelos que lucharon en ella. Les subieron a un barco, cruzaron el mar y se jugaron la vida luchando contra un ejército de fanáticos que tenía una insignia con una calavera en el sombrero.

En el 69, si tu fecha de nacimiento coincidía con un número que sacaban de un bombo, no te tocaba el Euromillón. Te ibas a Vietnam o a la cárcel. A Vietnam. Eso sí que fue un sinsentido, pero lo hicieron.

A ti te piden que no te vayas a una terraza a tomar cañas con tus colegas y te pongas a ver Netflix en tu casa para que tus amigos, tus padres y los ciudadanos de tu país y el resto del mundo no se contagien para frenar una pandemia.
No vas a volver a tener la oportunidad de sentirte como el Capitán América comportándote como Homer Simpson en tu vida, así que agacha la cabeza y quédate en casa.

2) Cambiar nuestros hábitos

El cambio climático nos lleva exigiendo medidas similares desde hace años pero pensábamos que no podríamos. Y a pesar de los malos ejemplos de arriba, veo a la gente aceptando su papel, acostumbrándose a lo que parecía imposible, cambiando sus costumbres y sacrificando sus trabajos.

Los miembros de los equipos sanitarios poniéndose en peligro cada día y trabajando jornadas sobrehumanas para ayudar a los que lo necesitan. A veces nos fijamos demasiado en lo que hacen mal los demás pero yo ahora no paro de ver a gente de la calle haciendo cosas que, literalmente hace una semana, jamás imaginé que harían. Que haríamos.

3) Reducir el consumo

La economía es, y con razón, una de las mayores preocupaciones que surgen cuando hablamos de mitigar los efectos del cambio climático antropogénico. ¿Cómo van a vender menos las compañías? ¿Cómo reduciremos los vuelos y los repartos? ¿Se acostumbrará la gente a viajar y a comprar menos? ¿De qué viviremos?

Esto que se lleva años discutiendo en el acuerdo de París y Kioto se ha puesto en marcha en dos días en España y antes en China e Italia. Claro que tenemos miedo, claro que es un problema no saber qué pasará con nuestros trabajos, pero hemos decidido actuar como se hace ante una emergencia médica: actuar rápido para cortar la hemorragia y ya con el torniquete puesto, plantearnos si luego se debe amputar o no.

4) Liderazgo político

Salvo algunos ejemplos que no merece la pena nombrar, creo que hay políticos que por fin están jugando el papel que deben jugar. Dejando sus ideas, colores y nacionalismos a un lado para unirse contra el mal común. Siendo lo que siempre debieron ser: líderes.

Están tomando decisiones poco populares, decisiones por las que nadie jamás les votaría, pero que se deben tomar a pesar de todo. Aunque sea tarde. Aunque no les guste.

Si conseguimos que hagan lo mismo en el futuro, velando por el interés común y no por el de las grandes fortunas o sus socios políticos, y que los ciudadanos lo entendamos y aceptemos, tal vez nos encontremos ante un futuro mejor.

5) Cooperación sistémica

Retos como este no se resuelven con medidas individuales. Los gobiernos, las empresas y los ciudadanos tienen que ponerse de acuerdo, algo que parece imposible excepto en momentos de crisis.

Ahora estamos viendo como empresas multinacionales como Inditex dejan de producir ropa y vuelcan su estructura para fabricar mascarillas y batas para el personal sanitario, los gobiernos imponen medidas drásticas, poco populares pero con la voluntad de solucionar el problema y surgen desde grupos de makers que dejan todo aun lado para fabricar respiradores en remoto a ciudadanos que cierran sus negocios porque entienden que su deber ahora es evitar que el virus se propague.

6) Prevenir es siempre mejor que curar

Esta es probablemente la lección más importante que podemos aprender: si hubiéramos reaccionado a tiempo esto no estaría pasando. No a esta escala.

Vimos lo que ocurrió en China y no hicimos caso. Vimos a Italia y seguimos como si nada. La OMS advirtió el 25 de febrero que esto podría convertirse en pandemia y tampoco reaccionamos.

Es algo común en occidente, nuestro excepcionalismo. La idea de que aquí esas cosas no pasan, que nosotros tenemos jabón y que con lavarnos las manos sería suficiente. Miradnos un mes más tarde. ¿Cuánto podríamos haber evitado de haber actuado entonces?

Esa es la pregunta que nos tenemos que hacer pensando en una amenaza que tardará todavía un tiempo en manifestarse, pero se acerca sin descanso. Esperemos que esto nos sirva de lección y dentro de 20 años podamos estar orgullosos de haber reaccionado a tiempo esta vez.

¿Crees que lo conseguiremos?