Érase una vez un famoso. Era bueno y querido por el pueblo, quien contemplaba su persona con admiración. Lo que tocaba se convertía en oro, y no había persona cuya vida no hubiera sido transformada por alguna de sus obras. Entonces, un mal día se propagó un secreto oscuro de aquel famoso que le despojó de las vestiduras con las que le veían sus súbditos. Pasó de ser adorado a repudiado, y todo el mundo renegó de su cariño en cuanto conocían el lado oscuro de quien antes estaba hecho de luz. Condenado a la cancelación, el famoso pasó a ser un villano infame. Y colorín colorado, esta fábula no se ha acabado.

Es la historia de Kevin Spacey y de todos héroes caídos. Se trata de la cultura de la cancelación, uno de los fenónemos de Internet mediante el cual retiramos el apoyo social y financiero a una figura pública que, hasta entonces, teníamos colocada sobre un pedestal. Cuando en 2017 esta dinámica empezó a popularizarse y recibir nombre, varios medios comenzaron a analizarla, como NewStatesman: “El término se refiere a la llamada al boicot contra alguien normalmente famoso que ha compartido una opinión cuestionable o impopular en una red social”.

Descubriendo las sombras de los seres de luz

“Recuerda siempre que la multitud que aplaude tu coronación es la misma que aplaudirá tu decapitación. A la gente le gustan los espectáculos”, advertía Terry Pratchett en Cartas en el asunto, y es que no podemos concebir la cultura de la cancelación sin la idolatría previa, a través de la cual se decide enaltecer a una figura pública por la imagen que proyecta.

Internet nos ha abierto una ventana más cercana a los personajes públicos, y es que antes sólo podíamos conocerles a través de sus contadas apariciones públicas y, con ello, formarnos una idea basada en la imagen que nuestro ídolo quería mostrar. Una imagen, todo sea dicho, cuidadosamente estudiada para granjearse el afecto del público que, a su vez, es un cliente potencial a quien vender discos, películas y libros. Además, existía una distancia entre la celebridad y el público que ahora se ha visto mitigada a través de las redes sociales: en una plataforma que coloca cierta horizontalidad entre un individuo cualquiera y el actor de moda, la comunicación es posible a través de un simple clic -al margen de si el famoso en cuestión ignora nuestro tuit-.

Con esto tenemos una mayor información sobre la persona que se encuentra tras la capa glamour con el que nos la presentan las revistas. Beyoncé sin maquillar, los directos campechanos de Ana Milán, los Tik Toks de Edurne… Y, por otro lado, hemos presenciado otros acontecimientos bochornosos, como Jon Kortajarena quejándose de no haber recibido una tortilla de patatas a domicilio en plena cuarentena.

Pero esto, además, no es el caso más grave si nos fijamos en temas más serios, como el movimiento #MeToo y la exposición de abusos cometidos desde el ámbito de poder. Kevin Spacey, tras las acusaciones de abuso sexual, fue rechazado por diversas productoras como Netflix, quien decidió cortar lazos con el actor y prescindir de él en su serie estrella House of Cards; a su vez, Ridley Scott decidió no contar con él para la película Todo el dinero del mundo: “Alguien me dijo: ‘¿sabés qué…?’ y así fue cómo empezó todo, me senté y pensé qué hacer y me di cuenta que no podía. No se puede tolerar esa clase de comportamiento. Afectará a la película y no podemos dejar que las acciones de una persona afecten el buen trabajo de todas las demás. Es así de simple”.

Consecuencias y justicia popular

Por supuesto, no es equiparable hacer un comentario desafortunado que haber cometido un delito y, aunque sea imperfecta, se espera de la justicia que ejerza su rol en último caso. A su vez, cabe recordar que la cancelación de una persona, a pesar de tratarse de un acto colectivo, es una responsabilidad individual como toda forma de boicot y que se basa más en la conciencia del consumidor que en crear un impacto real y significativo.

Esto nos lleva al eterno debate de “la separación de obra y artista”, un concepto falaz que es imposible aplicar a la práctica. La historia del arte se basa en estudiar a los mismos artistas. Toda obra artística viene acompañada de su firma y es un fruto, no sólo de la subjetividad del autor, sino también de su contexto social e histórico. Además, no suponen las mismas consecuencias el consumo de una obra de un autor fallecido siglos atrás, como seguir apoyando a un artista contemporáneo que utiliza su dinero en financiar terapias de conversión.

Chris O’ Sullivan, portavoz de la Fundación de Salud Mental, describe en el reportaje de NewStatesman antes mencionado como la cultura de la cancelación, cuando deriva al linchamiento virtual, tiene efectos negativos en la salud mental: “Es muy fácil rodearnos de marcas e influencers que viven ese estilo de vida al que aspiramos, y después cancelarlas en cuanto conocemos su humanidad inherente. Las redes sociales han venido para quedarse, y por ello debemos buscar formas de ser más compasivos online, tanto con nuestros contactos de Facebook o los famosos en Twitter. Por supuesto, debe haber más formas de retirar el apoyo a las estrellas veneradas en caso de que incurran en una acción grave, a pesar de que la vía más sana sea dejar de seguir o silenciar a dicha persona”.

Así, la llamada cultura de la cancelación no es más que la consecuencia directa de la imagen pública negativa que se labra una celebridad. En una época donde ensalzamos y derribamos ídolos con la misma velocidad con que se viraliza un tuit, tal vez debamos reflexionar que, por mucho que admiremos a una persona, sólo conocemos el rostro que desea mostrar.