Como Cervantes o Churchill, Picasso es uno de esos personajes histórico que, si hubieran dicho todo lo que se les atribuye, tendrían que haber vivido por lo menos 2.000 años. Basta poner en boca de Picasso que «si lo deseas con todas tus fuerzas, puedes conseguirlo», «los sueños son el camino al corazón» o cualquier otro absoluto sinsentido para que pase ipso facto a convertirse en verdad incontestable. Sea. Además de esta precaución, en el caso de Picasso existe otra adicional, y es que el artista era capaz de afirmar una cosa y la contraria en función de la audiencia del momento, el periodista, o —muy particularmente— la periodista. Hechas estas advertencias, hubo algo que Picasso sí dijo y de lo que no se conoce versión alternativa: «La suerte siempre me coge trabajando». Vamos con los descubrimientos por casualidad.

Como a este malagueño eterno, otros a quienes la suerte siempre los alcanza trabajando son los científicos. Mucho del progreso médico y tecnológico del que hoy disfruta el mundo se debe a una afortunada carambola en el curso de algún experimento. En contra de lo que podría pensarse, la serendipia, esto es, un hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual, es una de las grandes fuerzas motoras de la innovación.

[La placa de agar a la que el doctor Fleming le debe mucho – Crédito: Unplash]

El 3 de septiembre de 1928, el doctor Fleming volvía al laboratorio tras sus vacaciones. En un gesto familiar para cualquier científico que trabaje con cultivos bacterianos, se dispuso a organizar las placas de agar en las que crecen las bacterias. Una llamó su atención. Mientras que en el resto de las placas las bacterias crecían felizmente, en forma de colonias perfectamente redondeadas, una de las placas tenía un huésped inesperado, un hongo (Penicilum notatum) que se había hecho con buena parte de la placa. Fleming observó que alrededor del hongo no crecían bacterias y entendió rápidamente que este debía producir alguna sustancia que mantenía a la bacteria bajo control e impedía su crecimiento. Así surgió la penicilina. La serendipia —y, por qué no decirlo, Fleming marchándose de vacaciones sin organizar sus placas de cultivo como está mandado—habían hecho su parte.

Esta parte, sin embargo, era solo la primera de muchas que habrían de sucederse en las que serían el trabajo duro y el ingenio los que traerían el avance. Cuando Fleming publicó sus resultados en el British Journal of Experimental Pathology solo hizo una breve referencia a la posibilidad de utilizar la penicilina como antibiótico. Fueron Howard Florey, Ernest Chain y algunos otros colaboradores en la mítica Sir William Dunn School of Pathology de la Universidad de Oxford los que convirtieron aquel regalo de la serendipia en uno de los fármacos que más vidas ha salvado en la Historia. No solo le dieron la utilidad como fármaco, sino que, junto a otros científicos, se encargaron de producir centenares de litros de cultivo del hongo para poder purificar de forma segura y estable la penicilina. Especial mención merecen las Chicas de la Penicilina, un grupo de mujeres contratadas por dos libras a la semana para mantener de la salud de los cultivos y fermentadores con la dedicación casi misma de cuidar a un hijo.

[El lugar donde la magia sucede, si te pilla trabajando, claro – Crédito: Unplash]

No fue hasta el año 1940 -12 años más tarde del afortunado despiste de Fleming- cuando Florey demostró el efecto protector de la penicilina en ratones. Es sabido que la dificultad en general y la guerra en particular agudizan el ingenio por necesidad. La II Guerra Mundial y sus constantes bajas por septicemia, neumonías u otras enfermedades bacterianas convirtieron a la penicilina en un elemento de primera necesidad. Compañías como Glaxo (hoy GlaxoSmithKline, GSK) e incluso un pequeño laboratorio londinense de nombre Kemball Bishop (que Pfizer compraría solo algo más tarde) aceptaron el reto. El resultado fue que el porcentaje de soldados que fallecían por neumonía bacteriana descendió de un 18% a tan solo un 1%, y el número de fallecimientos por septicemia derivada de heridas simples como un simple corte se redujo radicalmente.

Sin abandonar ni la época ni a los hongos como fuente de compuestos de interés humano, una tarde de viernes del 1943 el doctor Alfred Hofmann tropezó con su propio experimento. En el tropiezo, Hofmann ingirió un poco de uno de los compuestos que estaba estudiando. Según su propia crónica, el efecto fue tan placentero que el lunes siguiente se administró voluntariamente una dosis de aquel compuesto. Algo llama la atención en la crónica. El efecto fue placentero, pero por lo visto no lo suficiente para hacerle volver el sábado, sino que esperó al lunes para continuar el experimento en sí mismo. Tras la experiencia del lunes, volvió en bicicleta a casa. Aquel día, el 19 de abril de 1943 pasaría a la historia como el Bicycle Day: había nacido el LSD como droga lisérgica y con ello toda una sucesión de experimentos de toda clase, fundamentalmente de conclusiones cuestionables, método dudoso e intenciones sospechosas, amén de una retórica fundamentalmente cursi sobre la alteración del estado del alma.

[El mundo de la droga le debe mucho a la casualidad – Crédito: Internet]

Cuarenta años más tarde, en la localidad de Sandwich, Reino Unido, Pfizer se dedicaba a cosas útiles: acababa de abrir un programa de investigación cardiovascular. El objetivo era encontrar fármacos que inhibieran el efecto de la enzima fosfodiesterasa-5 y así reducir la resistencia vascular y la producción de cúmulos de plaquetas en las arterias coronarias. Los investigadores descubrieron una molécula, la llamada UK-92480, que inhibía selectiva y potentemente a la fosfodiesterasa-5. Llegó el momento de llevar a UK-92480 a los ensayos clínicos. El resultado fue relativamente mediocre y el fármaco no demostró mejorar la condición cardiovascular de los pacientes significativamente.

Menos mediocre fue, sin embargo, la observación de una de las enfermeras que ayudaban en la consecución de los ensayos clínicos. Reparó en que los varones tratados con UK-92480 experimentaban, no sin cierto rubor, una erección involuntaria. La casual observación junto con el cuidadoso trazado de los pertinentes perfiles farmacocinéticos en una idea: aunque UK-92480 no tenía mucho éxito como tratamiento para la angina crónica, sí podría ser un magnifico tratamiento contra la disfuncion erected, una enfermedad hasta entonces sin tratamiento: había nacido la Viagra.

[La casualidad ha ayudado a millones de penes en todo el mundo – Crédito: Internet]

Si bien no era el efecto buscado, este efecto ‘secundario’ no era del todo inesperado. En 1983, el neurofisiólogo británico Giles Brindley se inyecto a sí mismo fenoxibenzamida, un fármaco empleado entonces para tratar la elevada presión arterial, durante el curso de una conferencia pública. Su objetivo era demostrar de manera ostentosamente visible que ademas de reducir la presión arterial mediante vasodilatación general, la fenoxibenzamida era capaz de provocar la erección, es decir, vasodilatación local. Unos años más tarde, en 1998, los doctores Ignarro, Furchgott y Murad recibieron el premio Nobel por el descubrimiento de la razón de fondo de esta vasodilatación: el óxido nítrico.

De esta lista en absoluto exhaustiva de descubrimientos por desorden, torpeza y casualidad pueden extraerse algunas enseñanzas. La primera es que el avance científico en pocas ocasiones ocurre de manera lineal, sino a trompicones, empujado en alguna manera por la suerte, pero siempre necesariamente seguido de trabajo duro y callado. La segunda es que por mucho que a los científicos nos guste atribuirnos ideas geniales cada día, la realidad es más mediana y la pura casualidad, estar en el sitio adecuado en el momento correcto, suele jugar un papel relevante. La tercera es que el avance científico es un deporte de equipo. ¿Cuántos padres tiene el óxido nítrico? La historia de cómo el científico hondureño Salvador Moncada se quedó sin el Nobel por tal descubrimiento es materia de otro artículo. ¿Qué mérito tuvo Fleming realmente? Todos lo conocen como el padre de la penicilina, pero pocos saben que el éxito de su observación está ligado a marcharse de vacaciones sin ordenar sus experimentos. Es un mundo difícil, que diría Picasso.