Lo último que le faltaba al CRISPR es que fuese motivo de Nobel en mitad del año de la pandemia. Todo lo demás ya había pasado. Scorsese, tome nota: la de CRISPR es una historia de inventiva humana, mujeres brillantes y combativas, viajes de California a Lituania, de Viena a Quebec, de Chicago a París, de fama -mucha- y dinero -aún más-, disputas legales draconianas, giros de guion y suficientes historias paralelas para hacer del metraje de El Irlandés apenas el capítulo de un serial.

Hoy CRISPR vuelve a ocupar los titulares de los principales medios de comunicación, unos con abierto alborozo, otros con cierta melancolía y otros directamente pidiendo el VAR e increpando al árbitro: La Real Academia Sueca de Ciencias ha entregado el Premio Nobel del Química a Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier por el desarrollo de un método de edición genómica. Pero esto, en 2020, es solo el final de la primera temporada, abróchense los cinturones.

Para entender qué demonios significa CRISPR hemos de viajar al 1987. En Osaka, Yoshizumi Ishino y su grupo descubrieron que en el genoma de una bacteria con la que trabajan había una suerte de regiones que se repetían de manera regular. A ojos expertos, la disposición de estas secuencias no parecía casualidad pero no era el centro de su investigación y ahi quedó todo. Tuvieron que pasar seis años hasta que otros investigadores en Holanda se encontraron con unas regiones equivalentes en el genoma de la bacteria con que ellos trabajaban. Mano al mentón. Ceja arqueada. Sigamos.

En ese mismo año, Francisco Mojica, investigador en la Universidad de Alicante, acababa de pasar por una de las peores experiencias que un investigador puede atravesar. Otro grupo de investigación distinto publicó antes que él una parte de su investigación principal. Decir frustración es quedarse muy corto. Decidió Mojica entonces investigar algo accesorio, otras partes del genoma en apariencia menos interesantes. Y et voilá  se encontró de nuevo con esas regiones repetidas y separadas de manera regular.

Mojica, Francis para los amigos, perseveró. Reparó en que eran regiones demasiado bien organizadas, había un patrón no parecía un accidente. Mojica siguió investigando meticulosamente los años sucesivos y puso nombre a esas secuencias: Clustered Regularly Interspaced Short Palindromic Repeats, o lo que es lo mismo, Secuencias Palindromicas Cortas Agrupadas e Interespaciadas Regularmente. Es decir, CRISPR. Unas secuencias cortas en el genoma de las bacterias que se leían lo mismo hacia atrás que hacia adelante (haga la prueba leyendo en ambos sentidos ‘Allí ves Sevilla’’ o ‘Aman a Panamá’), y que aparecían en pequeños grupos, separadas entre si por una distancia regular. Eso sí, para qué servía tanta organización y tanto código aún se desconocía.

[Francisco Mojica, protagonista necesario de esta historia – Crédito: Wiki Commons]

En 2005, tres grupos de investigación distintos entre los cuales se encontraba el de Mojica descubrieron que estas secuencias constituían una suerte de sistema de defensa de la bacteria frente a posibles infecciones de virus. Sí, los virus también infectan a bacterias. Resultó que CRISPR era una suerte de sistema inmune adaptativo de las bacterias. Cuando un virus infectaba a una bacteria, estas incorporaban fragmentos del genoma del virus dentro de su propio genoma de manera que frente a una próxima infección, la bacteria era capaz de reconocer al virus y combatirlo. Hay ahora dos asuntos fundamentales. El primero es el maravilloso descubrimiento en sí de que las bacterias, organismos sencillos, tienen una suerte de sistema inmune que aprende con el tiempo, que aprende de las infecciones pasadas para combatir con más éxito las futuras. El segundo es que este sistema inmune requiere de que se reescriba el genoma de la bacteria para funcionar.

Y he aquí el quid de la cuestión. Una de las grandes batallas de la ciencia moderna es modificar nuestro ADN a placer de manera que podamos corregir posibles defectos que conducen a enfermedades. ¿Podemos ingeniar el sistema CRISPR para modificar ADN como nosotros queramos? Esta pregunta se la hicieron muchos investigadores en aquel momento, entre ellos el investigador lituano Virginijus Šikšnys, quien envió su trabajo científico a Cell, una de las revistas más prestigiosas que lo rechazó sin siquiera considerarlo para publicación.

Véase que tras 700 palabras de artículo aun no hemos mencionado a Jennifer Doudna y Emmanuel Charpentier, receptoras del premio Nobel. Son 700 y bien podrían ser 7700 porque en esta historia hay más duelos, quebrantos y científicos de los que aguanta una sola columna. Algo después que Šikšnys, fueron ellas quienes publicaron con todos los honores un trabajo científico donde se describían con detalle los mecanismos y el modo de ingeniar la herramienta de CRISPR de modo que editase a placer nuestro el genoma de una bacteria a nuestra elección. De ahí era cuestión de escalar la complejidad del organismo. Es más difícil editar el genoma de los seres humanos puesto que es muchísimo mas complejo que el de las bacterias, pero todo llegaría y finalmente llego unos años más tarde abriendo así la puerta para la terapia celular basada en las herramientas CRISPR.

[El CRISPR, un viaje que comienza en 1987 y que ha acabado en Nobel]

Fuera como fuese, ellas dos pusieron el pie en el quicio de la puerta, y la Fundación Nobel ha reconocido este año la significación mayúscula del avance que realizaron y cuyo impacto se dejará notar durante décadas para beneficio de muchos y diferentes pacientes.

El premio Nobel puede entregarse a 3 personas como máximo y el Comité ha decidido dárselo este año y en esta concretísima ocasión solo a dos. A estas alturas del artículo las razones para dejar vacante el tercer asiento son relativamente obvios: ¿quién habría sido el tercero en discordia? Según la propia formulación del Premio, se otorga por el desarrollo de un método de edición genómica. En estricta puridad, fueron Doudna y Charpentier las que publicaron en primer lugar el invento: cómo remodelar el sistema CRISPR para que pueda reescribir un genoma a nuestra voluntad. Se puede argumentar fácilmente que Šikšnys también dejó por escrito, y antes que Doudna y Charpentier, que los recientes descubrimientos abrían la puerta para el desarrollo de herramientas moleculares únicas para la edición de ADN. Y qué hay de Francis Mojica. Con la elegancia y la generosidad que siempre lo ha caracterizado, él mismo ha declarado que es per se una alegría ver cómo el hijo que alumbraron en aquel laboratorio de Alicante ha crecido y ha triunfado.

Lejos de ser el final de la historia, es genuinamente el principio. Paul Lafargue escribió —es un decir— que después de la revolución habría que pensar en divertirse. Si bien la revolución a la que él hacia referencia era sustancialmente distinta, vale igualmente para la revolución genética. Pocas veces uno asiste a una genuina revolución científica, no un gran descubrimiento, no a algo importante, sino a un hecho que cambia completamente la manera de operar y las perspectivas de pacientes que jamás tuvieron antes una oportunidad. Amigos, alcen su copa, ¡por Doudna, por Charpentier, por todos quienes las precedieron y por todos los que vendrán, mil veces bravo!