La alta acumulación del gas que le da nombre convierte a la capa de ozono en nuestro escudo protector frente a los rayos ultravioleta. Pero, como bien es sabido, no es perfecta. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) ha informado esta semana de que actualmente existe sobre la Antártida un agujero en la capa de ozono que es el más grande de la última década y uno de los más profundos.

El agujero, que cubre gran parte del Polo Sur, empezó a crecer rápidamente a mediados de agosto hasta alcanzar su tamaño máximo a principios de octubre: 24 millones de kilómetros cuadrados. Su evolución, como la de toda la capa de ozono, ha estado monitoreada, entre otros, por la OMM, el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo, la NASA y el Ministerio de Medioambiente y Cambio Climático de Canadá, que son quienes han advertido el aumento de tamaño. Este récord se ha alcanzado tan solo un año después de que los investigadores observaran que el agujero estaba en su nivel más reducido desde su descubrimiento, a mediados de 1985. ¿A qué se deben tantos cambios de tamaño tan bruscos?

Esta vez no hemos sido los humanos. La clave está en las condiciones meteorológicas. El engrandecimiento del agujero ha sido provocado por un vórtice polar fuerte y estable. Esta especie de borrasca permanente a gran escala ha hecho que la temperatura de la estratosfera, capa de la atmósfera terrestre en la que se encuentra la capa de ozono u ozonosfera, sobre la Antártida haya sido muy fría en los últimos meses.

Estas bajas temperaturas han favorecido la formación de nubes estratosféricas polares, que solo se crean por debajo de los -78 °C. Estas nubes contienen unos cristales de hielo capaces de convertir compuestos no reactivos en reactivos. Con la luz del sol, esos cristales provocan reacciones químicas que destruyen rápidamente el ozono de la estratosfera. Este fenómeno, que este año ha sido más intenso, se produce anualmente, por eso el agujero de ozono sobre la Antártida siempre aumenta de tamaño a finales del invierno y a principios de la primavera del hemisferio sur.

Esta interacción de las nubes y de la radiación solar hace que la Antártida sea el lugar donde más notorias son las variaciones en los niveles de ozono, por eso al hablar de agujero de ozono normalmente nos referimos al Polo Sur. No obstante, en marzo se detectó un agujero de en el Ártico que alcanzó una extensión máxima de algo menos de un millón de kilómetros cuadrados. Afortunadamente, este agujero, el más grande jamás monitoreado en la región septentrional, desapareció a finales de abril.

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Aunque las variaciones en los niveles de ozono de la atmósfera son un fenómeno natural, durante años los seres humanos hemos acelerado este proceso a causa del uso de clorofluorocarbonos (CFC) y de otros compuestos dañinos para la capa de ozono. Casualmente, coincidiendo con el anuncio del Nobel de Química de este año, el miércoles falleció Mario Molina, ingeniero químico mexicano que en 1995 fue galardonado con dicho premio por descubrir el peligro del agujero en la capa de ozono. Su trabajo fue fundamental para la posterior regulación de los gases CFC, que se materializó en el Protocolo de Montreal de 1987.

Desde entonces, la producción y comercialización de compuestos dañinos para la capa de ozono ha disminuido y, con ello, ha mejorado su estado. Según la última evaluación científica del agotamiento del ozono del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la OMM, el nivel de ozono sobre la Antártida podría volver a los valores de 1980 para 2060. La capa de ozono está en vías de recuperación, pero el proceso es lento, así que no podemos bajar la guardia.