Nos gusta pensar con optimismo hacia el futuro y por eso no solemos perder demasiado el tiempo en imaginar qué vamos a hacer cuando todo esto se acabe por culpa de una explosión solar, de un mega terremoto o de unas cuantas bombas nucleares. Por fortuna en nuestro planeta sí hay gente que se preocupa por estos temas y, por eso, están llevando a cabo una tarea que puede ser clave de cara al futuro.

Siendo sinceros, los motivos por los que antes se creía que el mundo se iría al traste eran bastante poco probables, pero conforme el siglo XXI ha ido avanzado la realidad del cambio climático nos ha dejado claro que este es el problema que nos puede llevar al desastre. La fauna y la flora va a ir plegándose ante un clima que cada vez es más extremo y como los países no parecen ponerse de acuerdo para atajar este problema, algunos están trabajando en algo para cuando todo falle.

Y entre las medidas que se están tomando como salvaguarda de nuestro ecosistema está el Banco Mundial de Semillas de Svalbard, un búnker que tiene la misión de salvaguardar la flora mundial en caso de que llegue el fin del mundo.

Poniéndonos menos dramáticos, este emplazamiento funciona a modo de banco. Es decir, es un lugar ultra seguro donde organizaciones depositan sus muestras de semillas para protegerlas en caso de necesidad.

El banco mundial de semillas abrió en 2008 y se encuentra en la isla de Spitsbergen, en el archipiélago noruego de Svalbard. Su construcción costó unos 9 millones de dólares, que asumió el gobierno de Noruega. Como es un edificio propiedad del gobierno es el Ministerio de Agricultura y Alimentación el que coordina su funcionamiento junto a otras dos entidades, la Nordic Gene Resource Centre y la Global Crop Diversity Trust.

Bajo esta tutela, los institutos y centros de protección de la diversidad de flora de casi todos los países del mundo han acudido al banco noruego para salvaguardar sus bienes más preciados, ya que las condiciones del banco mundial de semillas son realmente excepcionales.

Esta construcción está preparada para el peor de los escenarios -mucha gente la llama la «cámara del fin del mundo», en inglés Doomsday-, llegando a resistir erupciones volcánicas, terremotos de hasta grado 10 en la escala de Richter, la radiación solar y, por si se quedan sin luz, el permafrost (capa de suelo permanentemente congelada) del exterior actúa como refrigerante natural.

Siendo, claramente, el lugar más seguro de la tierra ahora mismo para almacenar las semillas de todo el mundo, las organizaciones no han dejado de enviar muestras de semillas (cada muestra debe llevar 500 semillas selladas herméticamente). El banco tiene capacidad para 4,5 millones de muestras y, actualmente, hay casi un millón de ellas almacenadas en su depósito.

Si bien hasta ahora ninguna institución había pedido de vuelta las muestras que había almacenado, en 2015 el International Center for Agricultural Research in the Dry Areas (ICARDA) de Alepo tuvo que pedir al banco de semillas noruego que les mandaran de vuelta su envío ya que sus propias muestras (unas 148.000 variedades adaptadas a climas muy áridos) habían sido destruidas por culpa de la guerra en Siria.

En los últimos años el gobierno noruego ha querido modernizar y mejorar el búnker, y por su décimo aniversario (en 2018) se mejoró el túnel de acceso y se construyó un edificio para albergar más muestras y un suministro de energía para emergencias.

​Como ejemplo de la importancia que tiene la labor de este banco queremos destacar el caso de las nueve variedades de semillas que ha depositado la nación Cherokee y que son anteriores a la colonización europea. “Estas semillas seguirán sosteniendo nuestra historia y siempre habrá una parte de la Nación Cherokee en el mundo”, dijo el Jefe Principal de la Nación Cherokee, Chuck Hoskin Jr. en una declaración a principios de este mes.

El banco de semillas puede verse como ejemplo de una visión pesimista de nuestro futuro pero, si bien esta es una forma de verlo, lo que sí que podemos asegurar es que es un lugar de esperanza y de demostración de lo que el ser humano puede hacer por su conservación. Ojalá que este banco siga siendo una anécdota de la que sentirnos orgullosos, y no un lugar en el que confiar el futuro de la agricultura porque hayamos llegado al punto sin retorno.