¡Feliz Halloween a todo el mundo! ¿Ya habéis decorado vuestra casa con calabazas, telarañas y demás iconografía adorable y siniestra? Espero que también tengáis preparado vuestro disfraz, ya sea de criatura de Frankenstein o de bruja sensual. Es posible, además, que vengan niños disfrazados a pedir caramelos al grito de “Truco o trato”. Seguramente tengáis preparado un plan casero que incluya videojuegos de terror, o a lo mejor os decantáis por una escape room online. Si os va la ciencia ficción y tenéis presupuesto, podéis haceros con un robot perturbador. No obstante, ¿por qué celebramos la noche de Halloween, tan al estilo de las películas hollywoodienses? ¿Qué hay de nuestro Día de Difuntos en el que visitábamos el cementerio y acudíamos a ver Don Juan Tenorio?

En los últimos años, la industria cultural estadounidense ha popularizado esta fiesta por todo el planeta, gracias a la globalización. El rostro que hemos adoptado de Halloween es el más comercial: disfraces, decoración terrorífica y simpática, eventos especiales en locales de ocio y los menús terroríficos. Los niños, desde hace poco, se han pasado a la petición de caramelos de puerta en puerta. Al igual que la Navidad, el sentido espiritual se ha diluido entre luces y frivolidad, pero, ¿cuál es el origen de esta fiesta?

[Ya ha llegado esa época del año…]

Samhain o el final de la cosecha

En los primeros años en los que fuimos incorporando Halloween a nuestras celebraciones, muchos detractores recordaban que es “una cosa yankee”, mientras que otras voces recordaban que se trata, en realidad, de una fiesta celta. Si bien la versión que hemos adoptado, en realidad, es la que nos han enseñado las películas —por mucho que nos empeñemos que la ficción no influye en nuestra cultura—, Halloween tiene su origen, en efecto, en el Samhaim celta.

En National Geographic se analiza el origen de Samhaim, palabra gaélica que significa “el final del verano”: “Los antiguos pueblos celtas solían realizar una gran ceremonia para conmemorar ‘el final de la cosecha’. Esta celebración ocurría a finales de octubre. Esta fiesta fue bautizada con la palabra gaélica de ‘Samhain’ […] Esto es porque durante esta celebración se despedían de Lugh, dios del Sol. Esta festividad marcaba el momento en que los días se iban haciendo más cortos y las noches más largas. Los celtas, al igual que muchas culturas prehispánicas, creían que en Samhain los espíritus de los muertos regresaban a visitar el mundo de los mortales”.

[No hay Halloween sin calabazas]

El año celta concluía en otoño, en la luna llena más cercana entre el equinocio y el solsticio de invierno. En esta época, la caída de las hojas significaba el fin de un ciclo o la iniciación de la nueva vida. Los pueblos faéricos patrocinaban esta fiesta. El reino de las hadas se abría para los humanos que quisieran echar un vistazo a sus dominios, bajo su propia cuenta y riesgo, puesto que las hadas celtas eran seres temibles que poco tienen que ver con la dulce Campanilla que nos presentó Disney. Aquella noche, además, los difuntos podían caminar sobre la Tierra y reunirse con los descendientes. Era importante la ofrenda de comida y dulces, realizada en la puerta del hogar, para que los espíritus benévolos quedaran satisfechos y alejar las malvadas influencias. Esta tradición os sonará, ya que ha evolucionado al célebre “Truco y trato”, como nos recoge el reportaje de El Faro de Vigo.

No obstante, si algún valiente salía la noche de Samhaim, debía ocultar su apariencia ante los espíritus y hadas, con lo que debía disfrazarse para ser confundido con ellos. Eso sí, sus vestimentas poco tenían que ver con vampiros seductores: las pieles y cabezas de animales eran los atuendos más comunes, lo cual les daba un aspecto más macabro que el adorable niño lobo que pedirá dulces en vuestra puerta mientras leéis estas líneas. Lesley Bannatyne, autora de varios ensayos sobre la historia de Halloween, declara: «Escondidos detrás de sus disfraces, los aldeanos a menudo se hacían bromas entre sí, pero culpaban a los espíritus. Las máscaras y los encubrimientos llegaron a ser vistos como medios para salirse con la suya. Eso continuó a lo largo de la evolución de Halloween».

[Preparadas para la noche de Halloween]

¿Y qué hay de las calabazas, el símbolo estrella de Halloween? En Samhaim, los celtas hacían uso de calaveras transformadas en faroles para espantar a los malos espíritus, pero más adelante se convirtieron en nabos y, posteriormente, en la icónica hortaliza, puesto que los inmigrantes irlandeses tuvieron que optar por ésta en América, ya que no tenían cultivo propio de nabos.

Halloween y la evolución del disfraz

El cristianismo, dedicado a recoger celebraciones paganas y transformarlas como propias, adoptó el 31 de octubre como una festividad en el siglo XI. Samhaim pasó a ser All Hallows’ Eve, la víspera de Todos los Santos que también conocemos como Halloween. Si bien en la cultura española el Día de Todos los Santos es una celebración de recogimiento familiar, el carácter festivo de Samhain se mantuvo en tierras anglosajonas.

Halloween conquistó el territorio norteamericano gracias a la primera ola de inmigrantes irlandeses y escoceses, quienes celebraban su tradición del 31 de octubre. Nancy Deihl, historiadora de la moda de la Universidad de Nueva York, analiza en CÑN cómo ha evolucionado el disfraz grotesco de Samhaim a otros atuendos más familiares: “La gente en las zonas rurales de Estados Unidos realmente abrazó sus raíces paganas y la idea de que fuera una ocasión oscura, centrada en la muerte. Llevaban atuendos aterradores, que se hacían en casa con lo que tuviera a mano: sábanas, maquillaje, máscaras improvisadas”. El objetivo del disfraz, además, era ocultar la identidad por completo; nada que ver con un traje excéntrico en el que lucir nuestra oscura coquetería.

[Los adorables protagonistas de Halloween]

Asimismo, la mascarada de Halloween acogió la participación de adultos y niños y esto, sumado a la cercanía del periodo navideño, propició un cambio en la estética de los disfraces, según cuenta Deihl: «Los especialistas en marketing jugaron mucho en eso a medida que Halloween se comercializaba más». Fue así como nacieron disfraces inspirados por la cultura popular y personajes de ficción infantiles, como Mickey Mouse y Popeye, para los cuales empresas como The J. Halpern Company obtuvieron licencias.

A partir de los años 60, el disfraz de Halloween pasó de ser una cobertura de la propia identidad a la reivindación de las fantasías de poder. Por esa noche, la gente se transformaban en aquel personaje al que aspiraban convertirse, como Batman o Wonder Woman. Asimismo, también se creó un espacio para atuendos basados en el cine de terror clásico. Anna-Mari Almila, investigadora en Sociología del London College of Fashion, resume cómo ha sido la evolución de esta festividad de brujas: “Los disfraces de Halloween han pasado de ser un disfraz a un exhibicionismo total. Hoy, es una gran celebración capitalista completamente separada de cualquier vestigio de cristianismo o paganismo, y más centrada en expresar las fantasías de la gente, lo que también explica su éxito a nivel mundial”.

Con todo, Halloween se ha convertido en la época del año preferida para muchos y, en un año con pocos motivos de celebración, es más que bienvenido que deseemos tener una velada entre calabazas, sombreros picudos y la compañía de los vivos.