Una joven sonriente baila frente a la cámara. Sus brazos y sus labios se mueven al ritmo de la música. Nada de filtros, efectos ni encuadres cuidados al milímetro. Simplemente una sudadera marrón con capucha como atuendo y una habitación cualquiera como escenario. Ella es la tiktoker egipcia Haneen Hossam y este es su último vídeo subido a la red social china, reproducido más de 447.000 veces. En su haber, casi un millón de seguidores solo en TikTok y, desde hace menos de un mes, una condena a dos años de cárcel y una multa de unos 16.000 euros.

Mawada al Adham, que acumula 1,6 millones de seguidores en Instagram y acompañaba a Hossam en el banquillo de los acusados, corrió la misma suerte y se desmayó al oír la sentencia. Ellas, conocidas como las “chicas de TikTok” en Egipto, son solo dos de las diez tiktokers que las autoridades egipcias han detenido desde abril. Según ha denunciado Amnistía Internacional, cuatro de ellas han sido ya condenadas y las otras seis están a la espera de juicio. Todas ellas son mujeres jóvenes con miles de seguidores en redes sociales. El delito del que se las acusa, incitar al libertinaje y ofender los valores tradicionales.

TikTok, un nuevo campo de batalla

La cláusula de la ofensa a los principios y valores familiares se introdujo en la ley egipcia de delitos cibernéticos en 2018. La vaguedad del término, que no está definido legalmente, lo ha convertido en un delito invocado de forma recurrente por la fiscalía. Además, esa misma ley otorga al Estado facultades para la vigilancia en línea, el bloqueo de sitios web y la supervisión de usuarios en internet. Para ello, la fiscalía egipcia cuenta con una unidad de vigilancia dedicada al control de las redes sociales.

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Bajo el pretexto de proteger la seguridad y la economía nacional, el Estado tiene capacidad para suspender y bloquear cualquier sitio web o incluso cualquier cuenta personal –a partir de 5.000 seguidores– que considere una amenaza. De hecho, el bloqueo de webs de noticias y de ONG es una práctica habitual. Según la Asociación para la Libertad de Pensamiento y Expresión (AFTE), actualmente hay bloqueadas 127 webs de noticias. A esto hay que sumar los bloqueos temporales y las decisiones de medios como Egypt Daily News y Huffington Post Arabi de cesar su actividad ante la opresión del Gobierno egipcio.

Periodistas, detractores, activistas y defensores de los derechos humanos… todos ellos sufren y lidian a diario con la censura en internet. Ahora, el régimen de Abdelfatah al Sisi, que tomó el poder tras un golpe de Estado en 2013, tiene un nuevo blanco: las jóvenes tiktokers. Sin poder real sobre el régimen, estas mujeres de clase media y baja son un eslabón aparentemente fácil de derribar, pese a los miles de seguidores en redes sociales.

[Créditos: Unsplash]

He ahí por qué TikTok se ha convertido en el nuevo campo de batalla del régimen de Al Sisi. El contenido de los microvídeos musicales es divertido y despreocupado y muchas veces tiene como escenario barrios modestos o situaciones cotidianas, a diferencia de lo que ocurre en Instagram. En la red social estadounidense, todo está mucho más cuidado, el contenido patrocinado es más habitual y los influencers suelen tener –o aparentar– un mayor estatus.

Su verdadero delito, ser mujeres

Hossam, de 20 años y estudiante de la Facultad de Arqueología en la Universidad de El Cairo, aparece siempre en sus vídeos y fotos con el cabello cubierto. El detonante de su detención fue un directo en el que explicaba a sus seguidores –en su mayoría mujeres jóvenes– que podían ganar dinero a través de vídeos en redes sociales como Likee, similar a TikTok. A los ojos de la fiscalía, este comentario constituye una clara incitación a la prostitución. Hossam no solo se enfrenta a la sentencia –que ya ha recurrido–, sino que también podría ser expulsada de la Universidad.

Estas jóvenes no crean contenido sexual, no hablan de política y no lucen símbolos comprometedores ni “ropa provocadora”. Simplemente bailan frente a la cámara, hacen directos y responden a los comentarios de sus seguidores. Nada fuera de lo normal. Amnistía Internacional alerta de que detrás de estas acusaciones de “actos inmorales” se esconde un intento de las autoridades egipcias por “dominar el cuerpo y la conducta de las mujeres y debilitar su capacidad de ganarse la vida de manera independiente”.

Sería ingenuo caer en la tentación occidental de minimizar este control patriarcal enmascarándolo con justificaciones religiosas. El propio Al Sisi se autoproclamó defensor de la laicidad en 2013 frente al islamismo de los Hermanos Musulmanes. De hecho, ha apoyado la prohibición del niqab en la Universidad de El Cairo durante las clases.

Además, por si el control estatal no fuera suficiente, al patriarcado le sobran ojos. Según Amnistía internacional, los arrestos de “las chicas de TikTok” no solo han sido motivados por las investigaciones del Departamento de Moralidad del Ministerio del Interior egipcio, sino también por las denuncias presentadas por hombres supuestamente ofendidos por la conducta de las jóvenes. Es decir, que “los valores tradicionales de la familia egipcia” tienen guardianes voluntarios. Esta cooperación entre civiles y autoridades optimiza el control de las redes sociales.

A esto hay que añadir que contra algunas acusadas se han utilizado como pruebas fotografías privadas filtradas. En el juicio a Al Adham, la tiktoker condenada junto a Hossam, la fiscalía presentó 17 imágenes “indecentes” extraídas de un teléfono móvil cuyo robo la joven de 22 años había denunciado en mayo de 2019.

[Mawada Al Adham. Fuente: Instagram]

Víctimas y detenidas

El caso más sangrante es el de Menna Abdelaziz, detenida después de denunciar en un directo de Instagram que había sido violada, golpeada y grabada sin su consentimiento. Después de que su denuncia formal fuera rechazada en una comisaría, la joven de 18 años relató lo sucedido frente a la cámara, entre lágrimas y con el rostro lleno de hematomas. El 26 de mayo, los seis presuntos agresores fueron arrestados. Y ella también, acusada nuevamente de hacer un uso indebido de las redes sociales, incitar al libertinaje y violar los valores familiares.

Según Amnistía Internacional, la fiscalía consideró la denuncia pública como un “atentado al pudor”. Abdelaziz se encuentra ahora privada de libertad en un albergue estatal para víctimas de violencia de género sobre cuyo funcionamiento las organizaciones pro derechos humanos albergan serias dudas. Este caso sienta un peligroso precedente en uno de los países en el que más agresiones sexuales se producen anualmente. Criminalizar a la víctima es sinónimo de disuadir a futuras denunciantes.

Todo esto ha sucedido al mismo tiempo que se tramitaba la modificación de la ley que tipifica los delitos sexuales. La enmienda, que garantizará el anonimato de las víctimas, ha sido finalmente aprobada este martes. Pero este anonimato no impide casos como el de Abdelaziz, donde la autoridad actúa como verdugo.

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El poder de las redes sociales

Para el régimen de Al Sisi “las chicas de TikTok” no suponen una amenaza real, al menos de momento. Sin embargo, Egipto es un país en el que el poder de las redes sociales está muy presente. Facebook y Twitter fueron unas herramientas cruciales para contagiar el espíritu del cambio durante la Primavera Árabe en 2011. De hecho, durante las protestas, el Gobierno egipcio llegó a cortar completamente el acceso a Internet para impedir que los manifestantes se organizaran a través de las redes sociales.

De momento, la única reacción popular al enjuiciamiento de las jóvenes tiktokers ha sido una petición en Change.org para solicitar el apoyo legal del Consejo Nacional de la Mujer a las imputadas. Las impulsoras de la campaña denuncian una “represión sistémica contra mujeres influencers” y cuentan con más de 140.000 firmas, aunque el alcance de recogidas de firmas como esta es muy limitado.

Pese a los miles de seguidores de las jóvenes, las detenciones demuestran quién tiene el poder realmente. Pocas veces el término influencer ha resultado tan paradójico.