Junto a disyuntivas históricas clásicas como Coca-Cola o Pepsi, Mark Knopfler o Eric Clapton, Pelé o Maradona, e Ítalo o Calvino, aparece de manera recurrente otra que ha preocupado lo mismo a catedráticos de Matemática Pura, tumboneros, estudiantes de semiótica, fruteros de mercadillo, corredores de bolsa, egiptólogos, escritores y políticos (aunque me atrevo a decir que para estos últimos ha sido una cuestión capital) y es: ¿El tamaño importa?

De entre todos quienes se sienten interpelados por esta pregunta, quizá los más preocupados por la respuesta sean los científicos, muy en concreto los genetistas. Dado que la envergadura de la cuestión excede con mucho el ánimo de esta columna, dejemos de lado lo salaz para centrarnos en algo más decoroso si bien mucho más espinoso.

Para abordar el asunto conviene aclarar qué es el genoma y qué son los genes. El genoma de un organismo es la colección de material genético gracias a la cual funciona. Para los seres humanos, como para la inmensa mayoría de organismos, el genoma está hecho de ADN (acido desoxirribonucleico). Los genes, segmentos del genoma, son las unidades de información especificas contenidas dentro del gran manual de instrucciones. Cabría pensar que tanto más largo sea este manual, este genoma, tanto más complejo será el organismo. La naturaleza, siempre presta a la sorpresa, nos dice que no necesariamente.

[Créditos: Unplash]

¿El tamaño (del genoma) importa? La longitud de un genoma se mide en
pares de bases (pb)
, siendo las bases las unidades que componen el genoma como si de diminutas piezas de un juego de Lego se tratase. La
longitud del genoma de la bacteria E. coli es de 4.600.000 pb; la del gusano plano C. elegans es de 100.000.000 pb; la de la planta P. patens es 510.000.000 pb; la del raton M. musculus es 2.800.000.000 pb… y la del ser humano H. sapiens, 3.200.000.000 pb. Nada muy sorprendente hasta aquí. Sin embargo, el maíz Z. mays tiene 2.300.000.000 pb, casi como el ratón y el chimpancé P. troglodytes 3.300.000.000 pb, algo más que el ser humano. No paremos aquí: el trigo T. aestivum tiene 16.800.000.000 pb, más de cinco veces el del ser humano, y la planta herbácea P. japonica tiene 150.000.000.000, ¡un genoma 50 veces más largo que el nuestro! Sucede que tanto el tamaño del genoma como con el número de genes que tal genoma alberga son solo un indicador aproximado y con muchas excepciones de la complejidad de un organismo.

Ninguno de los números mencionados es pequeño, más bien todo lo contrario. La pregunta que va necesariamente a continuación se verbaliza fácilmente: son grandes, sí, ¿pero cuánto de grandes? Una de las tradiciones más caras al mundo hispano es la de comparar el tamaño de cualquier cosa con el de un campo de futbol. Reconociendo la utilidad de la metáfora, si bien no la calidad, en esta ocasión emplearemos una distinta, siquiera por seguir las enseñanzas de esa cumbre del pensamiento que son las letras de Un Pingüino en mi Ascensor, a saber, «en la variedad está la diversión».

[Créditos: Unplash]

Cada una de las células de nuestro cuerpo contiene nuestro genoma y no solo una copia, sino dos. Si pudiésemos extraer y extender sobre una regla esas dos copias del genoma veríamos que alcanzan una distancia de dos metros. Ha entendido bien, cada una de nuestras células contiene una hebra de dos metros de longitud en su interior. No es una comparación o una metáfora, son dos metros contantes y sonantes, tanto como lo que miden LeBron James o Pau Gasol (este algo más). Para ver el final de la hebra, el mismísimo Michael Jordan tendría que mirar hacia arriba, como cuando el mítico Fernando Romay le puso aquel tapón que pasaría a nuestra historia sentimental.

Toda vez entendido cuánto de grande es nuestro genoma, cabe preguntarse cuánto de pequeñas son nuestras células, es decir, cuánto de pequeñas son las cajitas en las que ha de encajar nuestro ADN. Tipos celulares hay muchos y sus formas y tamaños varían ligeramente, de los 0.5 a los 5 micrómetros de diámetro. La palabra micrómetro nos hace sospechar que se trata de algo genuinamente pequeño, pero ¿cuánto de pequeño exactamente? Pensemos una uva mediana, del tamaño de un pulgar, e imaginemos tener que meter dentro una cuerda suficientemente larga para dar dos vueltas alrededor de la luna.

He ahí el grado de compactación de nuestro genoma. Sépase que en célula no solo abarca el genoma sino otros muchos componentes que también necesitan su espacio para funcionar, es decir, la uva no sería realmente mediana, sino más bien pequeña, de esas que hacemos acopio la noche del 31 de diciembre para evitar viles atragantamientos.

Importa el tamaño ensayo sobre si el tamaño importa
[Créditos: Unplash]

Vemos que el tamaño importa, pero no por las razones que cabría pensar que lo hace. El tamaño del genoma importa por la complejidad que puede abarcar, por las relaciones y su variedad que establecen en todas las direcciones y sentidos entre unos genes y otros, unas células y otras, unos organismos y otros. Ha habido otros grupos que se han interesado por la cuestión del tamaño, si bien de una manera no solo más pedestre, sino equivocada y, eventualmente, criminal. Cuando se habla de los horrores del nazismo, precisamente por su alcance, suele resaltarse la dimensión maligna. Sin embargo, no conviene olvidar la cara más idiota del régimen, siquiera porque es la más fácil de olvidar y por tanto —y terriblemente— de repetir.

Heinrich Himmler, amén de líder de las SS, creó la llamada Sociedad para la Investigación y Enseñanza de la Herencia Ancestral Alemana (sic). Himmler, y otros como él, creían que el tamaño (del cráneo) sí importaba y que correlacionaba con una supuesta superioridad de raza.  Como lo creían solo había que recopilar la evidencia que respaldase sus delincuenciales hipótesis. Además de a otros lugares, se trasladaron a Sierra Morena, con la convicción de que toda persona con apellido alemán que encontrase sería descendiente de los antiguos visigodos que, según ellos, formaban parte de su pasado.

[Créditos: Unplash]

Descontando que la hipótesis de partida era cuanto menos desquiciada, Himmler y compañía se dispusieron a medir y tallar el cráneo de todos aquellos paisanos en cuyo certificado de nacimiento expedido por la parroquia apareciese un apellido alemán. A los voluntarios del experimento se les pagaba cinco pesetas por los servicios prestados. Como era de esperar, se corrió la voz de que unos alemanes pagaban un dinero por dejarse medir la cabeza, y en comandita con el párroco, los paisanos se las agenciaron no solo para cambiarse el apellido, sino para cambiarse incluso el nombre varias veces.

De esta manera Pepe Pérez, natural de Hornachuelos, hijo de Manolo y Loli, nieto de Josefa y Luis, pasaba a ser primero Pepe Schmidt, y luego Jürgen Schmidt, Klaus Schmidt y por último Hans Schmidt. Si por cinco pesetas había que hacerse sucesor de los visigodos, cómo si había reconocerse tataranieto de los húsares alados. Tras las mediciones de cráneo se publicó un trabajo con el nombre de Estudios antropológicos en las colonias alemanas del sur de España. Curiosamente, la primera de las conclusiones del estudio fue que los antiguos colonos alemanes habían tenido muchísimos hijos.

Las siguientes, cómo no, decían avalar la teoría de que el tamaño del cráneo se relacionaba con la muy superior herencia ancestral alemana. Huelga aclarar que ninguna de estas conclusiones es cierta y que no roza la realidad ni por virtud de la equivocación. Véase que siendo la pregunta la misma, ¿el tamaño importa?, el método científico no es un capricho de quienes se dedican a la ciencia: afecta al curso de la investigación y otorga validez a las conclusiones. Cuídese de las conclusiones inmediatas, suelen venir con más agenda que verdad.