A no ser que viváis debajo de una piedra en mitad de la montaña, lo más seguro es que te hayas tirado los últimos días oyendo la frase mágica: ¿quién ganará las elecciones de Estados Unidos? Por un lado tenemos al archiconocido -y no para bien- republicano Donald Trump, el cual lleva cuatro años como presidente del país más importante del mundo, y por el otro tenemos al demócrata Joe Biden, mucho más moderado, desconocido a nivel internacional y, la verdad, demasiado mayor para estos trotes.

Y lo peor, es que esta respuesta, a día 6 de noviembre y 16 horas (hora española) no se puede responder -aunque todo apunta a que será Joe Biden el ganador- aunque los estados de Nevada, Georgia y Pensilvania están cayendo de su lado, lo que le daría de sobra para alcanzar los 270 representantes necesarios para gobernar. Y esta victoria de Biden, que se lleva pronosticando de forma clara dos días, sigue sin estar certificada. Y la pregunta es, ¿por qué diablos no se han contado todos los votos aún? Pues porque tienen el sistema de recuentos más ineficiente del mundo.

Que si los votos presenciales, que si los votos por correo, que si los que llegan en avión de los militares desplegados, que si los del condado de Maricopa no han sabido subir los datos a la plataforma, etc. Esto está siendo una verdadera tortura para todos los amantes de los procesos electorales (entre los que me incluyo) en general y para los norteamericanos en particular.

Y la cuestión es que todos los medios y analistas de prestigio ponían a Biden como claro favorito, sin discusión, pero como pasó en 2016 (en la carrera de Hillary Clinton frente a Trump) las predicciones son una cosa y la realidad es otra muy distinta. Y cuidado, porque Hillary era la favorita y, aunque perdió las elecciones, fue la más votada. Siendo este el miedo que se tenía para estas elecciones, que Biden siendo favorito y consiguiendo un mayor número de votos totales quedase por detrás de Trump en número de escaños.

Y por eso, hasta que los votos no estuvieran contados y el día de las elecciones no acabase, las predicciones y los favoritos se cogían con pinzas. Y menos mal, porque aún habiendo pasado tres días seguimos sin ganador.

Georgia va por el 99% del recuento, Pensilvania por el 98%, Nevada por el 84%, etc. Y la cuestión es que llevamos días para que suban apenas unos pequeños porcentajes, algo que en países como España no acabamos de entender, ya que nosotros cinco horas después de cerrar los colegios electorales ya sabemos los resultados con bastante precisión.

[Gráfico actualizado de las elecciones de Estados Unidos de 2020 – Crédito: FOX News]

El cómo va el proceso electoral en Estados Unidos es un tema muy complejo y que no vamos a explicar aquí (también porque no poseemos los conocimientos necesarios ya que entender su política electoral es tremendamente difícil, ya que es un sistema arcaico y poco común), pero sin duda muestra fallas. No es normal ni digno de la que se llama mejor democracia del mundo que se tarden más de 72 horas en contar unos votos. Y mucho menos que un presidente pueda sembrar la duda de que el sistema de voto por correo es fraudulento. Esto le está haciendo mucho daño a Estados Unidos, tanto como nación como democracia.

En esta semana que se nos está haciendo eterna, las posibilidades de que Trump ganen son cada vez menores -prácticamente inexistentes- y el camino que queda hasta que la Casa Blanca cambie de inquilino se va a hacer terroríficamente eterno: terminar el recuento, pedir la revisión en los estados donde ha estado súper ajustado el resultado, llevar a los tribunales la pataleta Trump de que el voto electoral está amañado, etc. Y todo es un proceso que debería durar hasta enero (fecha límite del mandato actual).

Ahora mismo Sleepy Joe (así suele llamar Trump a Biden) tiene todas las papeletas para ganar, y posiblemente cuando leas esto el partido demócrata haya salido como vencedor de las elecciones -sólo una catástrofe los alejaría de la victoria-, pero que queda muchísima batalla legal y mediática por delante es insalvable. Esta carrera electoral ha estado marcada por la polaridad y por la bronca, y Trump parece que no va a soltar el poder si no es arrebatándoselo de las manos.

Qué lejos quedan los tiempos del senador John McCain, que tras perder las elecciones contra Barack Obama felicitaba a su oponente y le deseaba de corazón un mandato feliz y próspero, además de tender su mano como muestra de buena voluntad. La política parece haber girado hacia un lugar en el que no hay hueco para la concordia entre hermanos, pese a que al final todos seamos vecinos. Y estos gestos son los que emocionan.

Creo que nuestros tiempos son más broncos que nunca, pero también creo que otra forma de hacer política es posible. El discurso de McCain -que empieza con abucheos y acaba en aplausos- tan sólo tiene 12 años, no ha pasado tanto tiempo y nosotros no hemos cambiado tanto. Podemos volver a la concordia, sólo necesitamos políticos que crean que otro camino es posible. Y nosotros votar en consecuencia.