El 7 de octubre del año 2006 no fue un día cualquiera. Vladimir Putin cumplía 55 años y aunque las crónicas del momento carecen de tales detalles, no requiere mucha imaginación pensar que hubo vítores, una comida pantagruélica y al menos un par vasos de vodka (sin envenenamientos de por medio). Mientras tanto, a unas calles de distancia, en uno de esos anodinos edificios de apartamentos, un individuo descerrajaba 5 tiros contra Anna Politkovskaya mientras la puerta del ascensor en que ella se encontraba se cerraba frente a sí a modo de último y postrero cierre de telón.

Anna Politkovskaya era periodista, escritora y defensora de los derechos humanos. Destacó por su labor en la guerra de Chechenia. Solo dos años antes, Anna había sufrido un intento de asesinato que fracasó, si bien mediante un método menos conocido que el del encapuchado y la pistola. En un vuelo que la hubiera conducido a mediar en la crisis de los rehenes del colegio de Belsan y tras tomar una taza de té, la periodista cayó severamente enferma por envenenamiento. No se llegó a identificar el agente tóxico que casi le costó la vida, pero todas las miradas enfilaban un mismo origen: el Laboratorio nº12.

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El Laboratorio nº12, también conocido como Kamera, se fundó en 1921 y en un siglo de existencia en que ha cambiado de nombre, de ubicación y -al menos sobre el papel- de función, cuenta por decenas los casos de envenenamientos exitosos de toda clase de espías, agentes dobles, periodistas contrarios, opositores políticos, o sencillamente personal incomodo al poder del momento.

La naturaleza descubrió hace muchos miles de años que envenenar a la presa o paralizarla mediante agentes tóxicos era un excelente método o mismo para que la misma propia presencia resultase temible como para garantizarse el alimento. De cómo algunos animales se envenenan brutalmente unos a otros, qué inverosímiles estrategias utilizan para sintetizar las sustancias tóxicas y cómo ellos mismos sobreviven a su propio veneno nos ocuparemos en otra ocasión. Si hablamos de historia estrictamente humana, envenenar al prójimo es tan antiguo como el Año del Consulado de Potito y Marcelo, a saber, el 331 a.C. Si bien envenenamiento del enemigo no es patrimonio exclusivo del servicio secreto soviético en cualquiera de sus formas, ha de admitirse su éxito incontestable.

[Sigismonda bebiendo el veneno. Artista: Joseph Edward Southall]

En los últimos días el nombre de Alexei Navalny se ha hecho trágicamente famoso: tras tomar el té, el opositor al régimen ruso y activista anticorrupción cayó severamente enfermo y tuvo que ser hospitalizado de urgencia. Hoy, un laboratorio militar alemán que ha analizado muestras de sangre de Navalny asegura haber encontrado ‘inequívoca evidencia de un agente nervioso de tipo Novichok’, un clásico del Laboratorio nº12.

El Novichock, de la traducción rusa ‘recién llegado’, es el nombre genérico dado a un tipo de moléculas de una estructura química concreta, pero se han desarrollado centenares de modificaciones para mejorar (o empeorar, según se mire) su efecto. En circunstancias fisiológicas normales, es decir, antes de tomar el té, nuestros músculos requieren de una molécula llamada acetilcolina. Simplificando, la acetilcolina permite el paso del impulso nervioso de las neuronas a los músculos. Toda vez su tarea ha concluido, es destruida naturalmente por una enzima llamada acetilcolinesterasa, que la degrada. Así concluye la estimulación de nuestros músculos.

Después de tomar el té, el novichock se une a la acetilcolinesterasa y le impide realizar su función. ¿Resultado? La acetilcolina no se degrada, sino que acumula, y consecuentemente la estimulación muscular no cesa. Parada cardiorrespiratoria, fallo cardiaco, ahogamiento. Un enemigo menos. Una característica notable de este agente tóxico es que puede ejercer su efecto tanto si es ingerido en el té, como si es inhalado en un perfume, caso de Sergei and Yulia Skripal.

[Imagen clásica de los envenenamientos según la imaginación popular - Crédito - Unplash]
[Imagen clásica de los envenenamientos según la imaginación popular – Crédito: Unplash]

El fentanyl y el carfentamil no son producto del Laboratorio n.12 pero sí se han usado como agentes tóxicos por los servicios secretos. En la crisis de los rehenes del teatro Dubbrovka de Moscú en 2012, las fuerzas especiales rusas emplearon Carfentanil para rendir a los separatistas chechenos que tenían capturadas a 800 personas. Fallecieron 120 personas, pocas si se tiene en cuenta que esta sustancia química es capaz de provocar la muerte en minutos o incluso segundos. El carfentanil es una molécula de efecto analgésico 10.000 veces más potente que la morfina. Se une a unos receptores encadenados a una famosa familia de proteínas, las proteínas G. Cuando el Carfentanil activa estos receptores y estos activan a las proteínas G, estas desencadenan un mecanismo bioquímico que lleva a la hiperpolarizacion de la célula, es decir, a la inhibición de la señal nerviosa, al efecto analgésico para la eternidad.

Del talio podrían haber hablado Nikolai Khokhlov o Yury Shchekochikhin. El primero de ellos sobrevivió para contarlo pero falleció de muerte natural en el 2007. El segundo no corrió la misma suerte. A los efectos del envenenamiento, el talio se comporta sustituyendo al sodio y al potasio, dos elementos químicos esenciales para la transducción de la señal nerviosa en nuestro organismo. Con el talio, la señal nerviosa no puede producirse correctamente y la víctima fallece de parálisis respiratoria o fallo cardíaco. Pero descuide, para esta hay una antigua cura que lleva el fabuloso nombre de Azul de Prusia: unas pastillas que contienen cianida, la cual captura al talio y rescata por tanto la función nerviosa.

[Imagen del Ricinus Communis, de donde se saca el aceite de ricino – Crédito: Unplash]

En el capítulo de los agentes radiactivos, Aleksandr Litvinenko es desgraciadamente el caso más conocido. El disidente ruso falleció por envenenamiento con polonio, una de las sustancias más tóxicas conocidas. Una vez ingerido, y solo hace falta una pizca del tamaño de una diminuta mota de polvo, el polonio se extiende rápidamente por el organismo robando electrones a otras moléculas que encuentra a su paso, creando así los llamados ‘radicales libres’. En contra de lo que puede pensarse por el contexto, los radicales libres no reciben ese nombre en referencia a retorcidos agentes del KGB que actúan por su cuenta. Por contra, son capaces de provocar un daño irreversible y fatal a nuestro material genético, a la medula ósea y al resto del sistema inmune.

Estos son solo algunos de los más famosos productos del Laboratorio nº12, pero no son los únicos. La Kamera ha utilizado, desarrollado o perfeccionado otros como la hierba de ilustrativo nombre ‘rompecorazones’, la tetraclorodibenzodioxina, el gas sarín o los precipitados de aceite de ricino en sus negocios internacionales. En el manual del perfecto disidente político debería figurar la obra de Plinio, Suetonio y Tácito, no tanto por la parte histórica sino por lo que el conocimiento antiguo puede enseñarle a uno sobre las tácticas más básicas de supervivencia. Dicen las crónicas, quizá algo apócrifas, que Marco Antonio daba a probar su comida al servicio, no fuera el caso que Cleopatra, más peligrosa que tres edificios juntos del KGB, hiciera prepararle una cena envenenada.

Todo el mundo sabe cuál es la profesión más antigua del mundo. A este punto es evidente por qué la segunda en antigüedad es la de catador de comidas.