La esencia de la existencia consiste en la capacidad del ser humano para responder responsablemente a las demandas que la vida le plantea en cada situación particular. Esta frase no es mía, es de Víctor Frankl, un psiquiatra austríaco que sobrevivió al Holocausto. En estos tiempos de la COVID-19 recomiendo leer su libro: El hombre en busca de sentido. Tuve la suerte de leerlo hace poco y su testimonio es algo verdaderamente valioso y enriquecedor.

Frankl estuvo confinado. A lo largo de poco más 100 páginas relata cómo fue la experiencia que vivió, al igual que muchos millones de judíos, en un campo de concentración nazi. La perspectiva de Frankl, por entonces un joven psiquiatra que vio como le arrebataban a su familia para siempre y truncaban su prometedora carrera en el mundo de la medicina, despierta en el lector emociones difíciles de controlar. He llorado muy pocas veces leyendo un libro, El hombre en busca de sentido es uno de ellos. A lo largo de su relato, desde una perspectiva científica pero mundana, Frankl explica en primera persona cómo vivió y cuáles fueron sus sentimientos durante los tres años que estuvo en distintos campos de concentración.

Hoy me he acordado de Víctor Frankl y de los millones de personas que sufrieron el desastre, no sólo de la Segunda Guerra Mundial, sino de los que también, junto con aquél, el de la Primera Guerra Mundial. La razón de ello se encuentra en que pertenezco a una generación a la que se le recuerda constantemente que es una generación que lo tiene difícil. Se ha visto castigada por dos crisis, la crisis de 2008 y la que viene ahora tras la pandemia de la COVID-19. De hecho, podría decir que, en particular, la mía que nací en 1983, ha sufrido tres. Aún recuerdo aquello de las “vacas flacas” y la posibilidad de devaluar la peseta en los últimos años del gobierno de Felipe González. Era el año 1993 y en España teníamos una tasa de paro del 23%, que superaría el 24% el año siguiente. Tan sólo un 1% menos de paro que en 2012, cuando nuestro país alcanzó el 25,8%.

Algunos parecen empeñarse en hacernos creer que haber nacido después de los años 80 es una especie de maldición. Es interesante como diversas voces se apresuran a lamentarse por nuestra situación cuando ni siquiera sabemos qué va a pasar después de que se levante el confinamiento. Es cierto que la situación pinta mal, pero del mismo modo que las cosas se pueden ver desde un punto de vista catastrofista podemos verlo como una oportunidad.

La crisis de la COVID-19 ha acelerado un proceso de digitalización que lleva décadas prometiendo realidades que nunca llegan. Películas como “Terminator” o “Regreso al Futuro” nos hicieron creer que cuando llegara el año 2000 el mundo iba a ser totalmente distinto al que vivimos. Al igual que nos hicieron creer que por terminar una carrera íbamos a tener trabajo para toda la vida. La crisis de 2008 nos descubrió una realidad que no casaba con nuestras aspiraciones y que cambió por completo los planes que habíamos trazado, o que probablemente, pensábamos que habíamos trazado cuando la realidad es que alguien lo había hecho por nosotros.

Generación perdida. Así es como muchos se han referido a nosotros. Fruto de que hemos crecido y madurado en un entorno de prosperidad nunca antes visto en la historia de la humanidad parece resultar que somos la generación con la piel más fina de todas. Me he referido a ella en más de una ocasión como generación mediocre. No hemos tenido la capacidad de trasladar nuestra visión al mundo. Acostumbrados a una gratificación instantánea la tendencia ha sido rendirse ante la primera negativa o ante la ausencia de buenas palabras.

La realidad vivida hasta ahora, donde el entorno digital no terminaba de encajar con el mundo analógico; donde un idealismo ambicioso que era tachado de ingenuo e infantil por aquellos que ignoraban las posibilidades que nos brinda la tecnología; donde lo que importan son las personas y no los números está viviendo un cambio radical provocado por un microorganismo. Si hay algún momento para nuestra generación es éste y no otro.

Nuestras competencias digitales, nuestra capacidad para entender el mundo analógico y digital como ninguna otra generación, nuestra visión de cómo deberían ser las cosas son los pilares sobre los que debería construirse esa nueva normalidad de la que se habla.

Dice Viktor Frankl en el libro que recomendaba al principio de este post que, al igual que ahora, al final de la Segunda Guerra Mundial, el hombre está forzado a elegir. Sin embargo, la realidad actual es una realidad que cambia muy rápido e impide que arraiguen las tradiciones que guían la conducta humana y, por ende, no sabemos cómo comportarnos. Es por ello por lo que, acabamos haciendo lo que otras personas hacen: conformismo; o acabamos haciendo lo que otras personas quieren que hagamos: totalitarismo. La razón de ello es algo que Frankl describe al hablar de los sentimientos de los judíos en los campos de concentración: el vacío existencial. Creo que vale la pena que nos lo preguntemos y reflexionemos sobre ello ¿por qué hacemos las cosas?  

Cuando pienso en como respondieron todos aquellos que vivieron los horrores de las dos Grandes Guerras o como respondieron nuestros abuelos a los horrores de la Guerra Civil, no me los imagino lamentándose de ser la generación arrollada por desgracias como las que vivieron. Tuve la suerte de conocer a mis abuelos lo suficiente como para entender, ahora y no cuando era pequeño, que lo que a mis ojos parecía severidad no era otra cosa que una lección de vida. Que su respuesta a la vida que les había tocado vivir era asumir su responsabilidad para responder a las demandas que les había planteado la vida. Respondamos con responsabilidad y evitemos caer en el conformismo o el totalitarismo que lleva vacío existencial.