De todas las maneras de vivir equivocadamente, juzgar al prójimo por su color de piel es quizá la más estúpida. El adjetivo no es gratuito, sino que responde estrictamente a Las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana, enunciadas graciosamente por uno de los mejores historiadores que en el mundo han sido, Carlo María Cipolla. Establece el maestro que «Una persona estúpida es una persona que causa daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí o incluso obteniendo un prejuicio.»

Utilizar la raza, ese concepto del que usted me habla, puede no solo causar daño a otras personas, pues los hace víctimas de una teoría pseudocientífica sin base alguna, convertirlo a uno mismo en víctima de su propio error. La teoría de las razas humanas se basa en procedimientos científicos desacreditados metodológica y éticamente, superados por la tecnología disponible y refutados por el análisis genético más básico.

No, el color de la piel no determina la raza

La frase suele empezar como sigue: como tu color de piel es este, debes
ser eso y aquello o, lo que es lo mismo, tu color de piel es A, luego tú eres X,Y y Z. Hay tantos errores en esas pocas letras que harían falta varias páginas para desentrañarlos todos. Se define raza por «cada uno de los grupos en que se subdividen algunas especies biológicas y cuyos caracteres se perpetúan por herencia». Cabe preguntarse si el color de piel es uno de esos caracteres y para ello es necesario conocer cómo se establece tal característica.

Los melanocitos son las células de la piel que producen la melanina, el pigmento de la piel. Hay dos clases, la eumelanina (pardo) y la feomelanina (anaranjado). Pues bien, el color de la piel depende no solo de la cantidad, sino de la proporción de ambos pigmentos. Además de eso, hay variantes genéticas asociadas a pigmentación clara (MFSD12, HERC2) y otras a pigmentación oscura (SLC24A5, DDB1). Hace 996.000 años se produjo una mutación en una de las variantes asociadas a pigmentación ligera, y hace 345.000 años otra más, que conllevaron un oscurecimiento de tales variantes.

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Además, hace 250.000 años y 29.000 años se produjeron mutaciones en algunas de las variantes asociadas a pigmentación oscura, de modo que éstas adoptaron un color más claro. En resumen, un individuo puede tener la piel de un determinado color y ese color ser resultado de una combinación genética particular. Y otro individuo puede tener idéntico color de piel y distinta configuración genética asociada.

Asimismo, una misma variante puede encontrarse en personas de procedencias geográficas muy distintas, como HERC2, que aparece en europeos, africanos y asiáticos del este, entre otros. Todo ello sumado a que hay pieles que se oscurecen con el sol más que otras y a que la dieta y los hábitos de vida modifican la tonalidad de la piel.

No, el ADN de blancos/negros no es muy diferente

La mayor diversidad genética del mundo, en términos absolutos y relativos, se encuentra en África. Es un hecho observable y perfectamente medible. Si la piel no determina la raza, tampoco lo hacen supuestas diferencias en nuestro material genético. Precisamente esta diversidad hace que pueda haber mas diferencias genéticas entre dos tribus del sudeste africano, que entre un polaco y un peruano.

La diversidad genética existe -afortunadamente, pues sino ya habríamos sido pasto de las enfermedades más terribles- pero no necesariamente entre los grupos de población que a simple vista parecen más distintos. La diversidad genética no solo no está ahí para servir de coartada a teorías bizarras, sino que la diferencia en si tampoco es mayúscula. Los genomas humanos se parecen entre sí en un 99.9%. El 0.1% no se corresponde, en términos estrictamente matemáticos, con la calificación de muy diferente.

No, no existe nada parecido a la raza pura

En 1956, el biólogo evolutivo J.B.S. Haldane se preguntaba si las diferencias biológicas entre grupos humanos eran comparables con las que existían entre animales domésticos o de granjas. La respuesta es que, más allá de comparaciones poéticas de saldo, no demasiado. La mera aplicación del concreto de raza biológica carece de sentido en humanos y procede más de intentar ajustar la realidad a la analogía que viceversa. Incluso cuando se hace referencia a regiones aisladas o grupos de población geográficamente marginados, hemos de pensar que la configuración del territorio y no digamos de las fronteras o de las naciones no siempre ha sido la misma.

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Lo que ha estado aislado 100 años pudo no estarlo miles de años antes. Además, cada individuo -usted, o yo misma- tiene un material genético con ADN de solo la mitad de hasta once generaciones atrás. En román paladino: es factible que tu ADN no muestre huellas de que eres descendiente de alguien de quien de hecho sí desciendes. Aunque en mi ADN no haya muestra trazable del ADN de Catalina II de Rusia, la posibilidad de tan remota descendencia existe.

¿Cuál es el origen del error?

Como suele suceder, la base de esta teoría es aún más errónea que su enunciación simplona que asocia un color de piel a toda una serie de características. Hay que remontarse al siglo XVIII para encontrar en la antropología física parte del pecado. La disciplina se centraba entonces en el estudio de esqueletos más o menos recientes. El contexto histórico y el concepto filosófico de la naturaleza humana que imperaba entonces impulsó a algunos científicos, que nunca dejan de ser personas de un tiempo y una circunstancia, a crear una suerte de jerarquía entre individuos a la que se asociaban adjetivos como equilibrado, hermoso, primitivo o incivilizado. Se extendió la práctica de medir los cráneos, su volumen y su contorno, y asociar a estos números unas u otras características. El padre de esta disciplina conocida como frenología y hoy por completo desacreditada fue Bluemenbach, un antropólogo y fisiólogo alemán de principios del siglo XIX.

No mucho más tarde, en la primera mitad del XIX, Samuel Morton fue uno de los científicos más populares en Estados Unidos. Su principal línea de investigación consistía en rellenar cráneos de semillas de pimienta que recibía tanto de caídos en combate como de restos óseos de la más variopinta procedencia, y extraer concusiones sobre el estado de desarrollo de sus otrora propietarios. Morton es considerado hoy el padre del racismo científico, una creencia de la peor clase cuyo sustento científico es genuinamente un señor de Filadelfia rellenando calaveras con semillas. No sería la última vez que medir cráneos fuera tendencia, y sino que le pregunten a Himmler.

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Habrá quien diga que estos estudios están financiados por Bill Gates y un selecto grupo de Illuminati, trotskistas y seguidores del Betis. Conviene aclarar que el debate sobre la exactitud científica del término raza se remonta hasta el sigo XVIII: ni siquiera George Soros estaba vivo entonces. Algunos de los promotores de estas teorías raciales pueden sonar muy grandilocuentes, utilizar términos científicos, nombrar genes específicos. Desengáñese: les costaría señalar el núcleo dentro de una célula. Más peligro tienen los científicos que con su opinión avalan estas teorías, como James Watson, uno de los científicos que elucidó la estructura de doble hélice del ADN. La gran ventaja de la metodología científica correctamente aplicada es que elimina el esfuerzo de decidir si creer o no en un determinado asunto. La descripción de la estructura del ADN fue precisa y el Dr. Watson hizo un buen trabajo. Hasta ahí el crédito, no menos, pero tampoco más.

¡Clasifica, que algo queda!

Confieso que cada vez que me encuentro con uno de esos cuestionarios en los que una ha de escoger entre una lista de 200 opciones su origen racial (hispano, blanco, blanco-caucásico, blanco-latino, latino-negro, negro-hispano, etc), siempre me viene a la mente aquel pasaje de Borges de “El idioma analítico de John Wilkins”, que aparece en Otras inquisiciones, donde intenta clasificar y dividir a los animales, a saber: «(a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas.»  Ojalá fuera éste el cuestionario. Yo claramente soy etcétera.