Ha llegado el momento de reconocerlo. El mundo había pospuesto esta conversación en pro de otras comparativamente sencillas como la designación de jueces para el Tribunal Supremo de Estados Unidos, las primaveras árabes y o el conflicto entre China y Taiwan. Alguien tenía que decirlo y no puedo dejar de agradecer a Rewisor el altavoz que me concede para abrir tan agria polémica: la Abeja Maya ha hecho mucho daño. No me refiero solo a que la canción de aquellos dibujos animados infantiles fuese terriblemente pegadiza, sino a que dio forma al mundo de los insectos en general y al de las abejas en particular de tal modo que ha modelado nuestra percepción de estos pequeños organismos irrevocablemente.

Inspirados por Maya, una de las trampas que nos tiende el lenguaje cotidiano consiste en referirse a las abejas como lo haríamos a los humanos. Querido lector, nosotros estamos absolutamente solos. Solo hay un Homo y no es otro que el Homo sapiens. Por contra, existen del orden de 20.000 especies de abejas. Maya, la imagen popular de las abejas de la miel o Apis mellifera es solo una de ellas. Ni todas producen miel, ni todas tienen apariencia clásica de rayas amarillas y negras. Otro elemento fundamental es que Maya fue famosa en el lugar, por su alegría y su bondad. Esto nos lleva al segundo punto clave de la concepción popular sobre las abejas: la sociabilidad. En contra de lo que puede pensarse, la mayor parte de las abejas son insectos antisociales y solitarios. ¿Qué puede decirnos el genoma sobre lo social que es una especie?

[El hexagonal hogar de las abejas – Crédito: Unplash]

El genoma de la abeja de la miel fue el tercero de todos los insectos en ser secuenciado. Hoy, comparado con el de otras abejas no sociales, se ha descubierto que las abejas de la miel poseen genes más revolucionados en dos grandes ámbitos esenciales. Los primeros son aquellos involucrados en la percepción del ambiente y por tanto en comunicación. Son los receptores de feromonas químicas, una suerte de receptores olfativos que permiten distinguir a unas abejas de otras.

El segundo grupo eran los genes implicados en rutas metabólicas, aquellas encargadas de procesar nutrientes, emplear reservas cuando se requiere energía. ¿Qué sentido tendría tener versiones más evolucionadas de estos genes? Hay varias hipótesis. Una de las más respaldadas señala que las abejas sociales pueden tener mayores demandas energéticas asociadas a una mayor actividad no solamente con sus pares, sino incluso con las larvas. Mientras que las abejas solitarias dejan algo de polen en la larva y ahí acaba la crianza, las abejas sociales alimentan y protegen con delectación a las suyas.

Además de qué genes están involucrados en las distintas vías, esta no es la única capa de complejidad del problema. Imagine una tortilla de patata: necesita patata, huevo, aceite y —por supuesto— cebolla. Esos son los ingredientes y es necesario que estén pero acaso más importante que su mera presencia es el orden en que se añaden y procesan. Mala tortilla sería si se vierte el huevo directamente en la sartén, la patata se echa cruda, o si solo se añade un cuarto de cebolla.

[La receta de la tortilla de patatas sí que es matemáticas – Crédito: Unplash]

Para que la receta funcione es importante el tiempo y la intensidad: que la patata se fría al punto, justo lo suficiente para que este algo blanda y solo ligeramente crujiente. El huevo ha de mezclarse bien y reposar unos minutos con la patata antes de verterse en la sartén. Lo mismo sucede con la expresión genética: no es suficiente con que este o aquel gen estén presentes, es tanto o mas relevante que se enciendan y apaguen en momentos concretos, cuánto se encienden, en qué zonas y en combinación con la expresión de qué otros genes sucede tal serie de eventos. Patrones de expresión más compleja y multinivel se asocian a abejas sociales en comparación con otras solitarias.

Otro hecho reseñable de la sociabilidad de las abejas es que no es exclusiva de las hermanas de Maya. El comportamiento social ha surgido en dos grandes grupos de abejas en momentos separados de la evolución. Encontrar genes comunes en abejas que han evolucionado hacia la actividad social con 50 millones de años de diferencia es indicativo de que dichos genes son importantes para esa función social. En otras palabras, la presión evolutiva ha llegado por caminos distintos a la misma conclusión. Estudios genéticos comparativos pueden arrojar mucha información sobre cuales son los elementos fundamenteales para la adquisición de sociabilidad.

Muchas diferencias separan a los seres humanos de las abejas y paralelismos demasiado aventurados puede incurrir en reduccionismos contraproducentes. Uno de los rasgo fundamentales de la sociabilidad, la humana y la de las abejas es el aprendizaje. Aprender consiste en tomar información de nuestro alrededor, procesarla e incorporar el mensaje a procederes futuros. Las abejas, junto a los delfines, los simios, los loros, y los seres humanos, son los únicos organismos conocidos que entienden lo que es el cero, la entidad inferior a la unidad.

[20.000 especies de abejas hay, Maya no está sola – Crédito: Unplash]

Se dispuso a las abejas en un espacio con cuadrados que contenían un número definido de puntos negros. En cada ronda del experimento, se colocaba un poco de azúcar en en cuadrado que contenía el menor numero de puntos negros. Tras un periodo de exploración y aprendizaje, las abejas entendían que si había un cuadrado con 5 puntos, otro con 3, la recompensa estaría en este último. En la última ronda del experimento, se colocaba un cuadrado sin ningún punto y la mayoría de las abejas se dirigían a este, y no al que tenia un solo punto. Por más fascinante que sea el descubrimiento de estos nuevos miembros del Club del Cero, estas observaciones no demuestran inteligencia sino capacidad de procesamiento numérico.

La capacidad de aprendizaje no equivale exactamente a inteligencia. Para tener éxito en este experimento, las abejas necesitaban reconocer patrones (los puntos negros), realizar aritmética básica (sumas y restas) y memoria a corto plazo. Aunque el último antecesor común entre abejas y humanos data de hace más de 600 millones de años, compartimos muchos genes, estructuras celulares básicas e incluso la dificultad de contar más allá del 4. Si miramos a un grupo grande de puntos de colores, tanto a abejas como a humanos nos es más fácil contar en grupos de colores de hasta 4 elementos que estimar en un vistazo el numero total de puntos.

Las abejas sociales no solo saben aritmética sino también geometría. El ejemplo más claro es el de las abejas de la miel. ¿Por qué los panales siempre son hexágonos? Por una cuestión de eficiencia espacial, cada unidad del panal, cada celdilla, debe compartir un lado con la celdilla de al lado. De lo contrario, los panales ocuparían lo que el canal de la Mancha. Pues bien, solo hay tres polígonos regulares que no dejan espacio entre medias cuando han de encajarse entre sí: el triangulo, el cuadrado y el hexágono. Para una cantidad de cera concreta, es decir, para un mismo perímetro o contorno de estos polígonos, el area (la superficie que cubren) es mayor para el hexágono.

[Solo hay un Homo y no es otro que el Homo sapiens – Crédito]

En resumen, el hexágono es la única figura que maximiza lo que puede contener con el menor empleo de material para contenerlo. En este, y solo en este aspecto, la canción tenía razón: ¡No hay problema que no solucione Maya, la pequeña y dulce abeja Maya! Aunque estos estudios son de extraordinaria utilidad para acercarnos a comprender el cerebro humano, el de las abejas tiene apenas un millón de neuronas, mientras que el nuestro tiene más de 85.000 millones. Como sucede con los ingredientes de una tortilla de patata y con la expresión genética, a la hora de evaluar el funcionamiento de las neuronas no solo cuentan las partes sino cómo estas interactúan con otras.

Las interacciones, conexiones y redes que pueden establecerse entre 85.000 millones de elementos son muchas más que entre solo un millón.  Valga Maya como enseñanza, una más, de la complejidad de la biología de los organismos más pequeños y de lo inesperado y maravilloso de cada uno de ellos.