El término «cuántico» es como el conejo de Alicia en el país de las maravillas, nadie sabe muy bien a dónde te va a llevar, pero es imposible resistirse al encanto de su misterio. Aunque solo sirva para empezar a caminar, compensa, vaya o no al lugar de nunca jamás. Como dicen las religiones, lo importante es el camino y este camino es el que sigue la serie Devs de la productora FX Networks, escrita por Alex Garland (Ex Machina) y disponible en HBO. 

Richard Feynman, uno de los físicos más carismáticos del siglo XX y Premio Nobel en 1965, decía: «creo que puedo decir con seguridad que nadie entiende la mecánica cuántica». Sorprende semejante declaración de una de las personas con mayor reputación de la historia en física teórica. Si alguien se imagina a un señor aburrido con gafas de culo de vaso recomiendo leer uno de sus libros autobiográficos «¿Está usted de broma, Sr. Feynman?» (Alianza Editorial) donde descubriremos a un hombre que igual está explicando física a Einstein como tocando los bongos en una compañía de ballet. ¿Se imaginan a alguien declarado deficiente mental por el ejército de los Estados Unidos capaz de ganar un Nobel de Física? Yo mataría por tomarme unas copas con él, si todavía viviera.

[Richard Feynman y la Princesa de Suecia, durante la gala de los Premios Nobel de 1965]

Volvamos a Devs, que está generando bastante conversación en redes. Aviso de que puede haber algún spoiler, no demasiados porque el thriller principal lo dejaré a un lado para centrarme en la ciencia que hay detrás de la historia: el eterno debate que nos deja la física cuántica una vez que alguien nos explica de forma sencilla cómo funciona el mundo de lo pequeño, muy pequeño.

La mecánica se puede definir como el movimiento de los cuerpos, simplificada por Newton en su tercera ley, «acción y reacción». Una formulación que permite predecir el resultado de la posición y velocidad de dos objetos que interactúan si conocemos previamente su masa, posición y velocidad. Digamos que, si el mundo fuese un reloj y conociéramos todas sus piezas, podríamos ir hacia atrás y hacia delante en el tiempo explicando con certeza que pasa en cada minuto y segundo: viviríamos en un universo determinista.

Sin embargo, cuando los físicos de principios del XX comenzaron a estudiar la realidad a tamaños tan pequeños como el electrón, encontraron comportamientos extraños que llevaron a describir su naturaleza como una «función de onda», o lo que es lo mismo, que la posición y velocidad de una partícula concreta es indeterminada y solo puede definirse en términos de probabilidad. Schrödinger (y su famoso gato que está vivo y muerto a la vez) ganaron el Nobel de Física en 1954.

Cuando pensamos que la posición de un objeto es indeterminada, nunca dudamos de que esa posición exista realmente, sino de que nosotros no la conocemos. Pero lo que nos dice la física cuántica es que las partículas de esas dimensiones no tienen una posición y velocidad definidas, sino que, hasta que nosotros intentamos averiguar dónde se encuentran, son una onda de probabilidad, estando en múltiples sitios simultáneamente.

[La densidad de probabilidad de electrones para los primeros pocos orbitales de electrones de átomos de hidrógeno mostrados como secciones transversales]

Creo que la imagen de un electrón dando vueltas alrededor del núcleo del átomo (como si fuera un planeta alrededor del sol), que todos recordamos de los libros de la escuela, es el mayor error educativo que hemos tenido. La representación gráfica del electrón debería haber sido como lo que es, niebla alrededor del núcleo del átomo: una nube de probabilidad de encontrar en algún punto de ella al electrón, siendo esa niebla más espesa en los lugares donde es más probable encontrarlo y menos tupida en los más improbables. Es ahora cuando llega la magia: siendo en realidad una nube de probabilidad, si nos comportamos como un gato y queremos cazar al ratón, en cuanto ponemos un sensor para obligar al electrón a aparecer, entonces desaparece toda la niebla condensándose en una gota en un solo punto. Y sin humo se acaba la magia, como en las fiestas tecno.

Este enfoque nos presenta una nueva realidad: el mundo ya no puede ser considerado un reloj «determinista» porque en sus piezas más pequeñas encontramos una dificultad insalvable: no podemos conocer la posición y velocidad de cada una de ellas, por lo tanto, no podemos predecir el futuro con precisión. Solo queda utilizar un modelo matemático de probabilidades que, cuanto más nos alejamos del momento presente, más borroso se hace.

[Ordenador cuántico recreado en Devs (HBO)]

Este es el gran debate de DEVS: Forest, el personaje que hace Nich Offerman y que todo lo quiere saber gracias al ordenador cuántico más misterioso y ligero de la historia de la ficción, se empeña en seguir un modelo realista (y borroso) apoyado en las probabilidades, mientras que algunos miembros de su equipo, que sufren su escarnio público, prefieren un modelo que elimine las probabilidades forzando los resultados de forma que la imagen final sea más nítida, pero en cierto sentido menos real: la «interpretación de Copenhague» formulada por Niels Bohr (en la que la medición afecta al resultado) frente a «interpretación de Penrose» (que predice una eliminación de la probabilidad cuando la diferencia de la curvatura espacio temporal tiene un tamaño significativo, dicho de modo sencillo, objetos con masa relevante).

El momento más intenso en ciencia de la serie ocurre en el capítulo 5, cuando Katie (personaje amargado interpretado por Alison Pill) se enfrenta con virulencia a una conferenciante que desarrolla en una charla universitaria la visión de Von Nuemann-Wigner, una lectura de la realidad en la que se postula que «es la conciencia humana, en su intento de medir, la que provoca la eliminación de la probabilidad», algo que muchos físicos consideran como una interpretación poco seria. Katie se queja de que no haya mencionado la interpretación de Everett (o de los muchos mundos), donde la eliminación de la probabilidad produce constantemente infinitos universos paralelos. En cada uno de ellos ha ocurrido un escenario según su probabilidad: todos los mundos posibles, pasados y futuros, existen realmente, pero el yo consciente, este que escribe un artículo para Rewisor, solo está en uno de ellos.

[Karl Glusman interpreta a Sergei, un programador ruso en Devs (HBO)]

Sea como fuere, lo mejor es ver la serie entera, aburrida en ocasiones por esa atmósfera zen que se permite el lujo de rodar un episodio entero con una conversación a dos en una mesa (algo que no se ha atrevido a hacer ni el propio Bertín Osborne). En esos mundos múltiples que postula Everett, me gustaría haber vivido en aquel en el que Sergei, el novio de Lily (la protagonista) interpretado por Karl Glusman, no muere en el episodio 1. Su papel en el drama erótico «Love» de Gaspar Noé, hacía pensar que iba a volver a dar en Devs lo mejor de sí mismo.