Sin ser exhaustivos, puede decirse que Andrés Bello fue uno de esos hombres buenos en casi todo. Político, pero también ensayista de los que se escriben sus propios libros, filósofo, abogado, traductor, profesor y poeta. Todas esas características junto a la de haber nacido en el año 1781 en Caracas, una de las ciudades más prósperas del planeta en aquel momento, le permitieron contar en verso los hechos de 1804, tales y tan magníficos que quedarían escritos en la Historia, con merecida mayúscula: «El palacio igualmente que la choza/ se ve de luto fúnebre cubierto;/ perece con la madre el tierno niño;/ con el caduco anciano, los mancebos.»

Pocas cosas tienen el poder de afectar por igual a palacios que a chozas, pobres y ricos, jóvenes y ancianos. En 1840, Bello no podía sino referirse a la viruela, enfermedad contagiosa y mortífera donde las hubiera. Lejos de ser un lamento, esos versos celebran el fin en el poema ‘Oda a la vacuna’. ¡Ilustre expedición! La más ilustre/ de cuantas al asombro de los tiempos/ guardó la humanidad reconocida;/ y cuyos salutíferos efectos,/ a la edad más remota propagados,/ medirá con guarismos el ingenio,/ cuando pueda del Ponto las arenas,/ o las estrellas numerar del cielo.

[Los estragos de la viruela que, por suerte, hemos olvidado gracias a la vacuna]
[Los estragos de la viruela que, por suerte, hemos olvidado gracias a la vacuna]

En 1796, Edward Jenner, un médico de pueblo, había observado que las vacas contraían una suerte de viruela vacuna, enfermedad más benigna y menos mortífera que su versión humana. Reparó en que las mujeres que ordeñaban a las vacas desarrollaban una clase de viruela muy leve y quedaban protegidas de su versión más mortífera. En aquel momento la práctica de la variolación era común: se extraía el líquido de las pústulas de un enfermo y se inoculaba a un individuo sano que, si bien se infectaba y sufría las graves consecuencias de la enfermedad, rara vez moría. Jenner pensó en una versión alternativa a la variolación: extrajo el líquido de las postulas de la ubre de una vaca enferma y se lo inoculó a James Philips, un niño de 8 años. Tras la inyección, el pequeño solo presentó los síntomas más leves de la viruela. Además, Jenner descubrió que si inoculaba el líquido de las pústulas del pequeño a otros niños, estos también mostraban síntomas muy leves y quedaban después protegidos e inmunizados contra la viruela. Había nacido la vacunación.

No muy lejos y siempre atento a las novedades científicas de la época se encontraba Francisco Javier Balmis y Berenguer, médico privado del rey de España Carlos IV. Balmis había vivido en México la tragedia que la viruela traía consigo. En la América hispana, la población local no tenía memoria inmune de la enfermedad y su impacto era aun mayor que en Europa. Hombres y mujeres, niños y ancianos morían sin esperanza. Balmis convenció a Carlos IV, cuya hija había fallecido de viruela, de financiar con los fondos particulares de la Corona una campaña de vacunación gratuita para toda Hispanoamérica utilizando el método de Jenner.

[Retrato de Francisco Javier Balmis y Berenguer, el héroe de esta historia]

Si hoy el mundo se debate sobre cómo fabricar y distribuir una vacuna efectiva y segura contra la COVID-19, en 1803 el reto era absolutamente mayúsculo. ¿Cómo transportar el líquido de las postulas sin que disminuyera su efectividad? En aquel momento, los sueros apenas duraban una decena de días si se conservaban en una rama de algodón aislada entre dos cristales sellados con cera parafina. Balmis, hombre bravo y brillante, pensó que la mejor opción sería al tiempo la más sencilla: llevarían al virus vivo. Se embarcaría a 22 niños del Centro de Expósitos de la coruña, La Casa de Desamparados de Madrid y el Hospital de la Caridad de Santiago, regido por la no menos brava Isabel Zendal.

Serían por tanto los pequeños héroes, entre los que se encontraba el hijo de la propia Zendal, los que llevarían la infección consigo, en un viaje de más de dos meses a través del Atlántico. La estrategia consistiría en vacunar con el suero a dos niños cada nueve días, de manera que a la llegada hubiera suero disponible. Balmis se aseguró de que las normas de la Real Expedición de la Vacuna recogiesen que los niños habrían de ser educados y protegidos hasta que fueran capaces de valerse por sí mismos y pudieran desarrollar un oficio. Además, el objetivo de la Expedición no era solo la mera vacunación, sino el entrenamiento de médicos y el establecimiento de cartillas de vacunación. No en vano, portaron consigo más de 500 ejemplares de un tratado de vacunación que el propio Balmis tradujo al español.

[Imagen histórica de la vacunación en los 70 contra la gripe, solía dejar marca en el brazo – Crédito: Unplash]

El propio Edward Jenner dejó escrito sobre la Real Expedición: «No imagino que los anales de la historia hayan aportado un ejemplo de filantropía tan noble como este». Solo ocho años más tarde de su descubrimiento, la corbeta Maria Pita partía desde Galicia para vacunar a los actuales territorios de la Habana, Venezuela, Colombia, Chile, Ecuador, Perú, México y Perú, pero también Filipinas y China de regreso a España. El ser humano se ha encontrado frente al abismo en multitud de ocasiones a lo largo de su historia. Enfermedades aparentemente incurables, víctimas injustas de todas las edades y condiciones.

Un navío de principios del siglo XIX, con una veintena de niños a bordo y comandado por unos cuantos hombres y mujeres buenos salvó la vida de centenares de miles de personas apenas unos años después del descubrimiento de la vacuna. Hoy, menos de un año más tarde del surgimiento de la COVID-19, tenemos varias vacunas seguras de efectividad superior al 90%. Jamás fue buena idea apostar contra el ingenio, el tesón y la audacia del ser humano.