55 segundos. Ese es el tiempo que la bomba Little Boy tardó en explotar tras ser lanzada por el Enola Gay. 70.000. Ese es el número de personas que perdieron la vida instantáneamente. Antes, una ciudad que, demasiado habituada a despertarse entre avisos de bomba, reanudaba sus quehaceres matutinos. Después, llamas, humo, radiación, escombros, muerte. A eso quedó reducida Hiroshima el 6 de agosto de 1945, hace exactamente 75 años.

[ Tripulación del Enola Gay ]

La explosión de la primera bomba atómica lanzada sobre población civil se sintió en un radio de 59 kilómetros, generando una gran bola de fuego de más de 250 metros de diámetro y una “lluvia negra” plagada de partículas altamente radioactivas. El resultado, entre 90.000 y 120.000 muertos –incluyendo el 90% de los médicos de la ciudad– y otros tantos heridos. Tres días después, la historia se repitió. Esta vez el epicentro fue Nagasaki y la bomba era de plutonio, en vez de uranio; la destrucción fue la misma.

A esta devastación sobrevivieron en total 360.000 víctimas reconocidas oficialmente. Ellos son los llamados hibakusha (en japonés, “persona bombardeada”), personas que sufrieron –y sufren aún– las consecuencias de los bombardeos nucleares en su propia piel. A las desfiguraciones físicas, los efectos psicológicos y las enfermedades provocadas por la radiación –como cáncer y deterioro genético–, hay que sumar el rechazo social y a los estigmas a los que se enfrentaron.

Aun cuando ya los primeros estudios realizados en 1953 negaban una correlación entre la exposición de los padres a la radiación y la frecuencia de malformaciones congénitas y de mortinatos entre los niños concebidos por los supervivientes a los bombardeos atómicos, la falta de información contribuyó a instaurar la falsa idea de que las enfermedades relacionadas con la radiación eran congénitas e incluso contagiosas, complicando aún más la vida de los hibakusha.

[Casco y triciclo expuestos en el Hiroshima Peace Memorial Museum]

Afortunadamente, hoy en día contamos con más conocimientos al respecto. De hecho, la mayor parte de lo que se sabe sobre los efectos de la radiación en la salud a largo plazo es fruto precisamente de la investigación con los supervivientes de las bombas atómicas. De esta tarea se encarga actualmente la Fundación para la Investigación de los Efectos de la Radiación (RERF, por sus siglas en inglés), creada en 1975 para suceder a la Comisión de Víctimas de la Bomba Atómica.

Esta organización nipona-estadounidense con sede en Hiroshima se encarga de estudiar los efectos de la radiación en los supervivientes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. ¿Cuáles han sido sus hallazgos hasta la fecha?

Por el momento, las investigaciones siguen sin confirmar el aumento de la mortalidad y de la incidencia del cáncer entre los hijos de los supervivientes a la bomba atómica. En estos hibakusha de segunda generación tampoco se ha detectado ningún efecto genético de la radiación. En cambio, los cánceres de órganos específicos (leucemia, tiroides, mama, pulmón, colon y estómago) y otras enfermedades no cancerosas (como cataratas, tumores benignos de tiroides, enfermedades cardíacas y accidentes cerebrovasculares) sí han aumentado entre los supervivientes de los bombardeos.

[ Créditos: Unsplash ]

En consecuencia, las filas de supervivientes se están reduciéndo rápidamente. De los 120.000 participantes originales inscritos en el Estudio de Duración de Vida (LSS, por sus siglas en inglés) de la RERF, el 70% ya han fallecido y los que quedan tienen, en su mayoría, entre 80 y 90 años. Gracias a sus 70 años de duración, durante los cuales ha seguido la evolución de los hibakusha a través directamente de sus muestras biológicas, el LSS es el estudio epidemiológico más informativo del mundo y es el principal programa de investigación de la RERF.

No obstante, a la vista de los datos, la RERF está preparada para expandir su misión y planea seguir logrando hallazgos a partir, por ejemplo, de las historias de vida de los participantes y del análisis genómico de las muestras biológicas. En un horizonte de 10-20 años, espera dar respuesta a incógnitas como la mayor o menor incidencia de la radiación en función de la edad en el momento de exposición a las bombas atómicas, el proceso de desarrollo del cáncer y la posibilidad de aumento de las mutaciones genéticas y enfermedades derivadas entre los hijos de los supervivientes.