Uno de los debates culturales de esta década es la separación de artista y obra. ¿Es posible que la contribución al mundo del arte se use como salvoconducto para estar por encima de la ley?

Cerramos una década en la que hemos experimentado diferentes revoluciones culturales. La más reciente es tan obvia que cuesta escribir un sólo artículo estos días sin mencionarla: el coronavirus y su impacto en el mundo del espectáculo. Asimismo, la preocupación sobre la representación de colectivos invisibilizados en los medios ha dado pie a una creatividad más diversa. Internet, por su lado, nos ha permitido un acceso más cercano a los artistas que admiramos, lo cual ha servido para bien y para mal. Hace un tiempo hablamos de la cultura de la cancelación y del dilema moral de seguir consumiendo productos cuyo artífice es moralmente cuestionable. Estrechamente ligado a este tema hallamos uno de los debates más incendiarios en los últimos años: la separación de artista y obra. Movimientos como el #MeToo propiciaron la discusión sobre la necesidad de valorar una obra sin tener en cuenta al artista.

Sin embargo, ¿es posible seguir valorando una creación sin tener en cuenta a su autor? El propio planteamiento tira por tierra años de estudio de historia del arte. En literatura, cine, música y demás medios de expresión, es imposible establecer un análisis honesto sin poner en contexto la biografía de la persona que hay detrás. Así, para comprender la poesía y teatro de Federico García Lorca, es necesario conocer la época en la que tuvo lugar, así como el folkore andaluz que rodeaba al poeta y que ha permeado en su simbolismo. Por su lado, es imposible apreciar El Señor de los Anillos sin tener en cuenta que Tolkien padecía de estrés post-traumático de la guerra, y que reflejó en el sufrimiento de Frodo. Además, si decidiéramos separar artista de obra, en su acepción más literal, deberíamos exigir que toda creación se publicara bajo anonimato.

[Retrato de J.R.R. Tolkien, autor de la trilogía de El Señor de los Anillos]

“Nadie, por talentoso que sea, debe estar por encima de la ley”, recuerdan en Milenio. La contribución cultural de una persona nunca debería ser un salvoconducto que la sitúe por encima de la ley. Por muy excelente cineasta que sea Polanski, no podemos ignorar sus crímenes pederastas. Las condecoraciones que han recibido las películas de Harvey Weinstein no son fianza para sacarle de la cárcel por haber creado una red de abuso a mujeres. Ante la ley, todos somos iguales (o deberíamos), al margen de la simpatía que nos hayamos granjeado con nuestro talento.

El artista como figura divinizada

Como ya comentamos en el reportaje sobre la cultura de la cancelación, la discusión sobre la necesidad de separar artista de obra no se daría si no nos topáramos con la idealización con la que contemplamos a las personalidades que admiramos. Ernst Kris analiza en La leyenda del artista la divinización de personas que han impactado en la historia del arte y de cómo el culto a los artistas viene de lejos: “La llamada de esos artistas bíblicos y su llenarse del ‘espíritu de dios’ puede compararse directamente con el concepto griego de la inspiración […]. “Transformado en el estilete de Dios, el propio artista fue respetado como un ser divino. La religión, entre cuyos santos se encuentra, es el culto moderno al genio”.

[Retrato de Lovecraft, uno de los autores que más han influido en décadas]

Es incómodo recordar que detrás de una obra no hay un dios, sino una persona, construida por sus virtudes, sus flaquezas, sus circunstancias y enmarcada en un contexto social e histórico. Incluso la imagen pública de un artista no refleja la complejidad de su día a día. Y, sin embargo, hay quien se lleva las manos a la cabeza cuando recuerda las tendencias pedófilas de Gauguin, o cuando Lovecraft era abiertamente racista. Además, es imposible discernir sus personalidades y actos de sus obras, cuando contemplamos la belleza de Pechos con flores rojas —con la púber Pahura— o nos sumergimos en el horror de los mitos de Chthlhu —donde el padre del horror cósmico transmite su visión del mundo a través del terror—.

El problema de lidiar con artistas vivos problemáticos

Cuando se habla de la separación y obra, queda atrás la cuestión infantil de si debemos reconocer la calidad de una obra al margen de la simpatía que nos despierte el autor. Por supuesto, sería una aberración borrar el nombre de Lovecraft de los estudios literarios, o quitar los cuadros de Gauguin de los museos. Además, es más fácil dejar en un segundo plano al creador si éste está muerto. No obstante, debemos colocar en un marco justo la contribución de dichas personalidades. Así, es necesario recordar que Lovecraft detestaba a los inmigrantes para comprender sus obras, y que el proceso creativo de Gauguin distaba mucho de la ética. Cabe también recordar que, cuando echamos la mirada al pasado, la concienciación con respecto a ciertos temas no es la misma que la que tenemos que la actual. Por otro lado, hay actos que ya en su momento seguían siendo éticamente reprobables, como las andanzas violentas de Caravaggio.

[La cabeza de Medusa, de Caravaggio, uno de los pasajes más famosos de nuestra cultura]

Pero, ¿qué hay cuando debemos lidiar con un artista contemporáneo moralmente cuestionable cuya obra es relevante? Por supuesto, hay cierta responsabilidad cuando damos espacio a artistas vivos, les mantenemos en su pedestal y anteponemos su talento. En cuanto a la esfera personal, la decisión de qué obras consumir es una cuestión de sensibilidad y conciencia individual. American Beauty puede habernos emocionado en su momento, y hay quien puede seguir disfrutándola sin que la visión de Kevin Spacey le cree incomodidad. Y, por otro lado, la experiencia ya ha quedado mancillada para otros espectadores.

Asimismo, es ineludible la responsabilidad sobre cómo nos relacionamos con los artistas y el espacio que les damos. ¿Concedemos premios a un director de cine pendiente de juicio por asesinato? ¿Contratamos a un escritor para una convención a sabiendas de que puede usar el dinero para terapias de conversión? ¿Contamos con un actor acusado de violación para un rodaje y comprometemos la seguridad del resto del reparto? Aunque podamos pasarnos horas debatiendo la cuestión, debemos ser consecuentes sobre los altares que construimos y los ídolos que veneramos y/o condenamos.