Desconozco cuándo fue la primera vez que alguien empleó la expresión ‘nada del otro mundo’. La duda se presta a lo apócrifo. Quizá fuese la pregunta que le hicieron a Américo Vespucio justo antes de que avistase tierra, América: ‘-¿Algo nuevo, Américo?’ ‘-¡Nada del otro mundo!’. Hoy empleamos la expresión para referirnos, entre otras cosas, al último libro de Ian McEwan, la tortilla de patatas deconstruida y la Coca Cola de cereza: efectivamente, ninguna es nada del otro mundo. Aquello del otro mundo es no solo lo desconocido, lo que está por descubrir, también lo extraordinario y lo distinto.

Meses después del comienzo de la pandemia, sabemos que la COVID-19 ha sido algo del otro mundo, aunque quizá no en el sentido más literal. Es del otro mundo porque en el nuestro, el que sentimos a nuestro alrededor, e incluso el que vivieron nuestros tatarabuelos, la enfermedad apenas existe.

Convivimos con patologías cardiovasculares, neurodegenerativas, y otras en el espectro del cáncer, amén de hígados cirróticos y páncreas grasos. En absoluto es una lista desdeñable, todas ellas pueden ser enfermedades graves, pero hemos olvidado el poder devastador y absoluto de las llamadas enfermedades infecciosas de las que la COVID-19 es tan solo el caso más reciente. No es de este mundo porque hace más de un siglo que el mundo no padece al unísono de una misma afección.

Tampoco es de este mundo, siquiera porque el ser humano olvida rápido, que nos encontremos de bruces con una realidad no por obvia más dolorosa: lo normal es que no haya cura para una enfermedad. La medicina y la ciencia han traído prosperidad a pesar de la enfermedad, con el ingenio de muchos trabajando al unísono. Lo de este mundo es que pensar que habrá una pastilla para todo, que de pequeños nos vacunemos, en abstracto, y eso nos conceda un salvoconducto para esquivar toda enfermedad.

Así como con la escasez y la abundancia, no es la pobreza lo raro, lo que necesita explicación —¡sin soporte vital nacemos desvalidos!—, sino la riqueza, el progreso y el avance científico, raras aves de las que disfrutamos en este nuestro mundo y nuestro tiempo.

Hace tan sólo 92 años…

La penicilina, el primer antibiótico empleado ampliamente en medicina, tiene menos de 100 años. Antes de la penicilina, una simple herida podía significar la muerte. Hoy luchamos por obtener una vacuna en menos de un año. Esos son nuestros poderes.

Y sin embargo, hay otros mundos más allá del nuestro inmediato donde esto, la enfermedad al modo antiguo y su injusticia no son extraños visitantes. ¿Quién recuerda la tuberculosis, una enfermedad que ni siquiera lo fue de nuestros abuelos?

De promedio, un millón y medio de personas fallecen de tuberculosis al año, y más de 10 millones la padecen. Tan solo ocho países acumulan el 75% todos los casos mundiales, todos ellos países en vías de desarrollo. La tuberculosis está causada por una bacteria, Mycobacterium tuberculosis. La bacteria se acomoda en los pulmones y el resto es historia. La tuberculosis es una enfermedad curable: se estima que entre el año 2000 y el 2018, 58 millones de vidas se han salvado gracias al diagnóstico y al tratamiento correcto.

Aquellos que hayan visto La lista de Schindler sabrán que quien salva una vida, salva también a su descendencia: ese es el poder de los antibióticos correctamente administrados. Debido al mal uso de los antibióticos contra la tuberculosis, pacientes que cesan en el tratamiento antes de tiempo, prescripción incorrecta o imprudente por parte de facultativos y manufacturas de baja calidad, ha surgido problema de extraordinaria gravedad: la multiresistencia a antibióticos.

Se estima que tan solo en 2018 hubo cerca de medio millón de casos de resistencia a rifampicina, el principal antibiótico contra la tuberculosis, es decir, que el principal arma contra esta enfermedad está dejando de funcionar en algunos casos. Imagine que el general Patton hubiese entregado los planos de los aviones Mustang en la sede de la Luftwaffe. Cuando hacemos mal uso de los antibióticos, hacemos exactamente eso, entregar al mycobacterium tuberculosis los planos de nuestras mejores armas.

Malaria, sarampión…

En ese otro mundo, además de bacterias, hay parásitos, como el de la malaria causada por Plasmodios: 228 millones de casos en 2018, casi tres veces la población de Alemania. Se estiman  del orden de medio millón de muertes anuales, un 93% concentradas en el continente africano. Corremos el riesgo de pensar que una enfermedad es tan temible como el número de vidas que se cobre. No necesariamente.

Las consecuencias de una enfermedad, aún sin mediar fallecimiento, se notan en el núcleo familiar, en su capacidad de salir adelante, en las comunidades locales y en la economía y el progreso de sus habitantes. No hay más que mirar nuestra propia calle ahora que hemos padecido de cerca algo ligeramente similar. En el caso de la malaria, la mejor cura es la prevención, aunque también hay medicinas disponibles como la artemisina. Por desgracia, los fenómenos de resistencia a artemisina debido a su mal uso y a la rápida evolución acorde de los parásitos que la producen son algo común.

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Al virus del sarampión lo tenemos agarrado por la pechera y podemos mirarle a los ojos: la vacunación ha conseguido reducir la mortalidad en un 73%. Antes de la introducción de la vacuna, el sarampión causaba 2.600.000 de muertes al año, todos los años. Es pronto para hablar de cifras globales de fallecidos por COVID-19, pero se calcula que ya hay más de un millón. Cada vez que escuchen que cualquier tiempo pasado fue mejor recuerden que una sola vacuna, segura y efectiva, ha conseguido reducir las muertes por sarampión de más de dos millones y medio anuales algo más de 100.000 personas.

El sarampión, la malaria y la tuberculosis están causadas por agentes microscópicos. ¿Cuándo fue la última vez que una serpiente venenosa se cruzó por delante? Esta pregunta recibe muy distintas respuestas si se responde desde el llano europeo o desde Colombia, Costa Rica, Guatemala o Venezuela. 5.4 millones de personas padecen la mordedura de una serpiente cada año.

Los trabajadores del campo y los niños son los más afectados. Son más de 140.000 muertes al año, pero eso es solo la cúspide del problema. La mordedura de serpiente cursa con parálisis, parada respiratoria, abundante sangrado y, según los supervivientes, uno de los dolores más agudos que puedan padecerse. Las amputaciones del miembro afectado, manos, pies o piernas son frecuentes. ¿En qué situación sociolaboral quedan los pacientes, en un entorno fundamentalmente dedicado al sector primario?

La COVID-19 nos ha recordado la fragilidad de las cosas que son de este mundo. Hay otros mundos, no muy lejos del nuestro, donde la enfermedad aún mantiene sus poderes antiguos, los de antes de la penicilina y las vacunas. Sirva la fatalidad como ocasión para la reflexión.