El transitar del día a día no es más que una mota de polvo, algo vacuo y carente de significado, cuando se vive en un Estado de alarma por una pandemia global que está matando a decenas de miles de personas en todo el mundo. Pero un día, más pronto que tarde, todo esto acabará, y cuando llegue ese momento en cuestión, la actualidad más allá del coronavirus nos volverá a golpear con tal fuerza, como un tifón en las costas asiáticas, que todo esto parecerá un mal cuento.

Porque si algo caracteriza al ser humano en estos tiempos modernos es la celeridad en el consumo. Pasamos de tema en tema cada día como si se estuviera pelando un paquete de pipas. Y de todo sabemos, por supuesto, en redes sociales. Opinamos mucho, callamos poco y escuchamos nada.

Antes de que todo esto estallara y nuestras vidas cambiaran por completo, la polémica –de uno de los días, no lo olvidemos- fueron “los cromos del FIFA”. Era finales de febrero de 2020 –parece que ha llovido más, pero sólo un mes-, cuando el ministro de Consumo, Alberto Garzón, comentó que sería positivo regularizar el mercado de las conocidas loot boxes o cajas de botín. No habló en élfico el ministro en sus declaraciones; de hecho, dijo algo muy sensato: “Un etiquetado que incentive el consumo saludable y desincentive el que es perjudicial”.

A poco que uno esté dentro del videojuego y lo “consuma” de manera diaria, sabrá que las cajas de botín son un problema. Y bien grande. Las palabras de Alberto Garzón no cogerían por sorpresa a parte de este sector, pero el problema se encontraba fuera de este. A los minutos de versar sobre ellas y explicar que este sistema necesitaba de una regulación, la oposición política se tiró al cuello como un vampiro en vísperas de luna llena. “Los cromos del FIFA”, decía El Mundo en su artículo.

Una vez más, salía a relucir esa dicotomía ideológica en la que estamos hoy en día, incapaz de ver grises, sólo blancos y negros. Da igual que alguien de un partido plantee algo sensato: la oposición lo ataca (y da igual el signo). Es como un resorte que salta de manera automática. Y ahí está el problema: reducir a “cromos del FIFA” un sistema que puede pergeñar una futura red de ludópatas es banalizar el asunto, llevarlo hasta el mínimo de su entendimiento y restarle importancia a algo que nos compete a todos.

Las casas de apuestas han devorado el panorama español –aunque el coronavirus se las está llevando por delante, qué paradoja-. Sólo en el barrio en el que habito hay cinco casas en menos de 100 metros a la redonda, cuatro de ellas en la misma rotonda (Nervión, Sevilla, por si alguno quiere indagar). Las cajas de botín son el caldo de cultivo perfecto para futuros ludópatas. Y no lo dice el que redacta este texto: a nivel internacional ya están reguladas en muchos países, de ahí que en España se busque lo mismo.

En este pasado número de Manual, el quinto para ser exactos, Jonathan León trajo un extenso reportaje sobre cómo las loot boxes se regulan en el mundo entero. En Japón, por ejemplo, nos llevan casi una década de ventaja. Fue en 2012 cuando el gobierno japonés tomó las primeras medidas, todo de la mano de Jin Matsubara, ministro de Estado por aquel entonces: “Creo que los juegos sociales están generando una pasión extremadamente fuerte por las apuestas entre los usuarios”.

Las declaraciones no son muy diferentes a las de Garzón de febrero de 2020, sólo cuentan con ese toque nipón para edulcorar las cosas. Tras esto, en Japón se dio el primer paso para regular las loot boxes. En primer lugar, se eliminó el kompu gacha, un sistema de caja de botín que dificultaba –en un grado superlativo- la obtención de grandes premios –para llegar al más alto se necesitaban antes otros más pequeños, también aleatorios, lo que generaba un mayor gasto-. Y en segundo plano, se aprobó algo que se intenta llevar a todo el mundo, como que los jugadores deben saber por ley la probabilidad que tienen a la hora de obtener el premio. Si compran una caja, que sepan que tienen un 2 %, 3 %, etc., de probabilidades de lograr esa carta, personaje, etc.

Esta medida no ha estado exenta de polémica en Japón, dado que se ha demostrado que las compañías no cumplen con ese porcentaje en ocasiones (lo que ha provocado, a su vez, que muchas tuvieran que devolver el dinero a los usuarios cuando lo demostraban, y ahí está el caso de Taste, un japonés que se gastó 6.065 dólares hasta obtener su premio). En la actualidad, en Japón se sigue debatiendo sobre ello por considerar que se necesitan más medidas.

¿Pero qué ocurre cuando se sale de la Meca de los videojuegos? Buen ejemplo lo tenemos en algunos “vecinos”. Bélgica, sin ir más lejos, llevó a cabo una profunda investigación para dilucidar si las loot boxes eran o no perjudiciales para los jugadores. La respuesta fue tajante: las cajas de botín se prohibían en el país bajo multas de hasta 800.000 euros para las compañías que se saltaran la prohibición. “Hemos tomado medidas para proteger a menores y adultos de la influencia de juegos de azar, por lo que también debemos asegurarnos de que no se enfrenten a ellos cuando buscan divertirse con un videojuego”, sentenciaba el ministro de justicia belga, Koen Geens. Al poco tiempo, videojuegos como FIFA eliminaban sus “cromos”.

Bélgica es, sin lugar a dudas, el país que más en serio se ha tomado la lucha contra las loot boxes, pero no es el único. Reino Unido también ha comenzado su particular batalla a través de Claire Murdoch, directora del NHS (Servicio Nacional de Salud). De nuevo, sin tapujos: “Existen numerosos casos de niños que gastan dinero sin que sus padres lo sepan […] Hay falta de honestidad y transparencia […] Crea adicción en menores de edad”. En estos momentos, el informe elaborado por su equipo se encuentra bajo debate en el Parlamento británico.

Dos ejemplos de países que ya han tomado medidas y uno que va camino de ello. Pero hay más: en Estados Unidos, tanto demócratas como republicanos están de acuerdo en que hay que regular el juego abusivo ante los menores; en Francia optaron por permitirlas, pero no sin antes criticarlas duramente y exigiendo a Europa que tome medidas en el continente; en Alemania ya hay un fuerte debate y se estudia si prohibirlas al igual que en Bélgica, y un largo etcétera.

España no debe quedarse atrás en esta pelea que afecta a millones de jugadores en todo el mundo. Y llamarla “cromos del FIFA” sólo refleja, una vez más, que ante lo que no se sabe, lo mejor es estar en silencio. Porque más vale permanecer callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas sobre ello.