¿Te imaginas un robot microscópico recorriendo el interior del cuerpo humano como si de un explorador se tratase? Y no, no es una nueva teoría conspiranóica de Miguel Bosé y demás amantes de los microchips controladores. Es ciencia. Investigadores de la Universidad Cornell (Ithaca, Nueva York) y de la Universidad de Pensilvania (Filadelfia) han creado unos microbots capaces de moverse de forma autónoma.

Estos robots microscópicos son sencillamente microchips con patas. Miden 40 micras de ancho y entre 40 y 70 micras de largo y están fabricados con la misma tecnología que se utiliza en los teléfonos móviles y ordenadores. Pero la novedad está precisamente en las patas, hechas de platino y titanio.

El movimiento de estos microbots del tamaño de un cabello humano se produce al estimular las cuatro extremidades con luz láser, lo que hace que se doblen y desdoblen imitando el movimiento de las piernas al caminar. Por lo tanto, la fuente de energía no está a bordo del dispositivo, de ahí que este tipo de mecanismo se conozca como “marioneta”.

Este -aparentemente- simple mecanismo de propulsión permite salvar el que hasta ahora era uno de los principales obstáculos en el desarrollo de microbots: la implantación de partes móviles a escala microscópica. Los diseños convencionales de “patas robóticas” no suelen funcionar al reducir tanto el tamaño y otros mecanismos, como los basados en el magnetismo, todavía no pueden integrarse en los sistemas electrónicos existentes.

Además, otra de las claves de esta investigación, publicada íntegramente esta semana en Nature, es que el mecanismo desarrollado puede integrarse en cualquier circuito microelectrónico, por lo que tiene un gran potencial. Además, su fabricación a gran escala es muy económica. A partir de una oblea de silicio de 10 centímetros, los investigadores han construido un millón de microbots, un auténtico ejército.

Estos microbots pueden sobrevivir en ambientes altamente ácidos y con grandes variaciones de temperatura, pero de momento no son capaces de hacer nada –aparte de moverse–. No perciben su entorno y carecen de control integrado. Sin embargo, los investigadores se centran ahora en añadirles tecnología ya existente para desarrollar sus capacidades.

Estos robots microscópicos son lo suficientemente pequeños como para ser inyectados a través de una aguja hipodérmica y, además, están fabricados con materiales biocompatibles. Por lo tanto, sus aplicaciones en el campo de la medicina son prometedoras, tanto a nivel indivual como en enjambre. Por ejemplo, podrían servir para reparar heridas o para atacar tumores directamente, aunque todavía quedan años de investigación y de cambios normativos por delante hasta que eso sea una realidad.