El dolor marca nuestros límites. El carnicero maneja los cuchillos con cuidado y usa un guante de malla porque sabe que puede cortarse. El reponedor del supermercado no mueve los palés a mano porque sabe que puede lesionarse. La percepción del riesgo es funcional y evitar el dolor es una máxima por la que se guían muchas de nuestras acciones. Los robots, en cambio, no conocen el dolor y, por ende, no conocen sus límites. Por ello, un grupo de ingenieros está trabajando en enseñárselo. Si los robots tuvieran miedo al dolor, funcionarían mejor.

La falta de miedo a hacerse daño provoca que con frecuencia los mecanismos dotados de inteligencia artificial se averíen y sufran daños que pueden llegar a ser muy costosos, incluso irreparables. Para solucionar esas imprudencias de las máquinas, ingenieros de la Universidad Tecnológica de Nanyang (Singapur) han creado unos “mini cerebros” que les permiten reconocer peligros y sentir dolor.

[Si de sentimientos hablamos Wall-E nos gana a todos – Crédito: Unplash]

La mayoría de robots generan información sobre su entorno inmediato gracias a una red de sensores con una única central de procesamiento, donde se produce el aprendizaje. Esto hace que sean necesarios muchos cables, puesto que todos los sensores tienen que estar conectados directamente a ese “gran cerebro”, y que los tiempos de respuesta sean más lentos. En su lugar, este equipo de ingenieros plantea sustituir ese sistema por una red de nodos, de manera que existan múltiples unidades de procesamiento más pequeñas distribuidas por toda la red, funcionando como “mini cerebros”.

Esto haría que el aprendizaje fuese local y, por tanto, los requisitos de cableado y el tiempo de respuesta del robot se reducirían notablemente. Pero lo más importante es que esos nodos de sensores permitirían a la inteligencia artificial procesar y responder en tiempo real al “dolor”, entendido como presión ejercida por una fuerza física.

[Mejor reír que llorar, pensarán los robots – Crédito: Unplash]

Además, yendo un paso más allá, el sistema también hace posible que el robot detecte y repare los daños sufridos sin necesidad de intervención humana, gracias a un gel de iones. Se trata de imitar nuestro sistema biológico, en el que la piel se regenera después de un corte o un rasguño. Así lo explica Rohit Abraham John, uno de los autores del estudio, de forma metafórica: “las propiedades de autocuración de estos novedosos dispositivos ayudan al sistema robótico a coserse repetidamente cuando se ‘lesiona’ con un corte o un arañazo”.

De este modo, se podrían evitar daños irreparables. “En nuestras pruebas, nuestro robot puede ‘sobrevivir’ y responder a los daños mecánicos no intencionados derivados de lesiones menores como arañazos y golpes, mientras sigue trabajando de forma eficaz. Si tal sistema se utilizara con los robots en el mundo real, podría contribuir a ahorrar en el mantenimiento”, señala el ingeniero de la Escuela de Ciencia de Materiales e Ingeniería de la NTU. Ahora el equipo trabaja en mejorar el sistema para aplicarlo a mayor escala.