Existen solo dos maneras de estar en el mundo: la de los conspiranóicos y la de los demás. La vida en el segundo grupo pasa por ser aburrida, monotonía derivada de convivir pacíficamente con el hecho de que el ser humano no tiene respuesta para todas sus preguntas. En el primer grupo, sin embargo, se vive en un suspirito. Uno, mísero currante o ricachón con iPhone color oro, no puede abandonar ni un solo segundo el estado de alerta. Todo forma parte de una red de perfidia levantada a fondo perdido con el objetivo único de hackearte la webcam o meterte un chip debajo de la oreja. Ya no se respeta nada. El conspiranóico (como el antivacunas) se camufla en la intensidad para esconder el verdadero fondo: una versión extendida y degenerada de la vieja del visillo, pendiente en todo momento de cualquier nadería que suceda al otro lado de la ventana.

El conspiranóico puede pasar por personaje divertido destilado de los vicios pasados y modernos, pero se convierte en un problema mayor cuando la conspiración toca, y siempre acaba tocando, a las vacunas. Marx —Carlos, no Groucho— dijo que la historia se repite dos veces, primero como tragedia y segundo como farsa. En el caso del movimiento antivacunas, la historia se repite, pero como tragedia exclusivamente. Las vacunas son uno de los avances más exitosos de la historia de la medicina y han salvado decenas de miles de millones de vidas de jóvenes, adultos y ancianos a lo largo y ancho del mundo. Pese a ello, algunos mitos antivacunas persisten, y no solo entre grupos marginales, sino entre personalidades de influencia.

Aquí desmontamos cinco de los grandes absurdos del movimiento antivacunas:

1. Las vacunas causan autismo

Como los pantalones de campana, las cangrejeras y las películas de Lars Von Trier, algunas creaciones humanas fatales llegaron para quedarse. Idéntica suerte corre esa idea según la cual las vacunas causarían autismo. Este no es solo uno de los mitos más recurrentes, sino una expresión mural del Manual del Perfecto Conspiranoico. Lo tiene todo: un título corto y comprensible (las vacunas causan autismo), un malo sin paliativos (las vacunas), un verbo incuestionable (causan) y una consecuencia inexcusablemente negativa (autismo).

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¿De dónde surgió esta falsa creencia? En el año 1997, un cirujano británico de nombre Andrew Wakefield publicó un artículo en la revista científica The Lancet cuyas conclusiones sugerían que las vacunas contra el sarampión, las paperas y la rubeola incrementaban el riesgo de padecer autismo en los niños británicos. Tras su publicación, la publicación de Wakefield resultó enormemente criticada debido a fallos severos tanto en el procedimiento experimental como en el análisis de los datos y el tratamiento ético de pacientes. Además, en contra de lo que indica la buena praxis científica, no detalló el conflicto de intereses que habría ayudado a explicar estas conclusiones. Como consecuencia, el trabajo de Wakefield fue retractado de la revista y sus conclusiones por tanto invalidadas. Tal fue el desafuero que incluso perdió su licencia médica. Hasta ahí los hechos.

Quizá esto parezca excepcional pero no lo es en absoluto. Todos los días se retiran trabajos científicos ya publicados por fallos en la provisión de suficiente evidencia solvente en la que apoyar sus conclusiones. Una de las virtudes del método científico es que iguala sin hacer demasiadas preguntas: usted puede eventualmente probar que la tierra es plana, y que más allá de la M-30 de Madrid hay un foso infestado de dragones. Ahora bien, ni media broma con el método para obtener tal conclusión.

Cabe decir que debido al revuelo que causó el trabajo de Wakefield, otros equipos científicos investigaron si tal relación existía. Hasta la fecha, tal conclusión no ha sido probada. Lo que sí se ha probado es que antes de la vacuna del sarampión, 2,6 millones de personas morían anualmente por esta causa. La vacuna ha reducido los fallecimientos en un 73%.

2. Las vacunas deprimen el sistema inmune

Este mito procede del desconocimiento más alarmante de lo que es una vacuna. La misión de estas es esencialmente la contraria, enseñar a nuestro sistema inmune a defenderse antes incluso de confrontar la amenaza real. Las vacunas no permanecen en el sistema inmune haciéndolo dependiente de su presencia, como si de un guardián se tratase. Muy al contrario, las vacunas más efectivas son capaces de educar al sistema inmune para los restos y no necesitan dosis de recuerdo, como el caso del sarampión entre otras muchas.

Se arguye incluso que la inmunidad natural es mejor que la vacunación. En los casos en que esto pueda ser cierto, cabe hacer balance de daños. Quizá la inmunidad ‘natural’ sea más potente pero los riesgos de contraer la enfermedad y o bien no sobrevivir o bien padecer secuelas graves deben ponderarse convenientemente.

3. Las vacunas infectan secretamente a los niños con la enfermedad

De todas las variedades de mitos, esta es la del antivacunas chapado a la antigua que cree que las vacunas siguen siendo inyectarle al prójimo los anticuerpos de una vaca que ha pasado la enfermedad. Existen ocho tipos fundamentales de vacunas y solo uno de ellos pasa por inyectar una suerte de forma atenuada de la enfermedad. Hoy en día los procesos de síntesis y manufactura a gran escala de vacunas, así como de otro tipo de fármacos, pasan por un exhaustivo sistema de control en que la menor de las impurezas es retirada.

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Además, antes de distribuirse a pacientes se ensayan en procesos largos, caros y perfectamente documentados en los que se pone a prueba la dosis necesaria, la seguridad y la efectividad de la vacuna. Nótese que si el mito incluye a los niños goza de cierto efectismo adicional, enmascarando la falsedad en las diferencias del sistema inmune en desarrollo con uno maduro.

4. Las vacunas no son necesarias porque tenemos inmunidad de grupo

La inmunidad de grupo se ha convertido por razones evidentes en uno de los sintagmas comodín de los últimos meses. La divulgación científica es fundamental: acerca conceptos complejos al gran público que no tiene necesidad de conocer los detalles técnicos. Sin embargo, quizá todas las piezas de divulgación debieran venir con una nota a pie de página: ‘no es tan sencillo como parece’. Hacer sencillo lo complejo es la virtud del divulgador, pero eso no debe llevar al lector a pensar que ha entendido la integridad del proceso. Un caso claro es el de la inmunidad de grupo.

La inmunidad de grupo es ese paraguas inmunológico que permite que, aunque no el 100% de la población esté inmunizada contra una enfermedad concreta, dicha enfermedad no se propague exponencialmente. No es una condición homogénea ni para todas las enfermedades ni para todas las sociedades. De ahí que sea igualmente preocupante que el movimiento antivacunas se expanda en EEUU o en la ciudad vecina. La enfermedad viaja rápida y sigilosa. Hoy, por desgracia, sobran los ejemplos.

5. Las vacunas contienen toxinas dañinas o letales

Toxina, otra palabra comodín que en ese contexto no significa absolutamente nada. En general, esta reclamación se refiere a átomos como el aluminio o moléculas como el formaldehído. El aluminio se utiliza como adyuvante en algunas vacunas, una suerte de estabilizador para las mismas, y tiene una larga historia de perfiles de seguridad en el desarrollo de estas. Cabe decir que la mayor fuente de aluminio para nuestro organismo es nuestra propia dieta, lo cual sucede sin mayores consecuencias.

Por su parte, el formaldehído se utiliza junto a otros componentes en el proceso de manufactura de algunas vacunas para inactivar la partícula viral pero no forma parte como tal de la vacuna. Los métodos modernos de purificación son capaces de eliminarlo casi por completo. En algunas ocasiones quedan trazas. ¿Es esto preocupante? Considerando que el formaldehído es producto de nuestro propio metabolismo, incluso un recién nacido tiene de 50 a 70 veces más de esta molécula en su cuerpo que la dosis mayor que una vacuna pueda contener eventualmente. No parece una reclamación demasiado sólida esta de las toxinas.

Véase que mitos hay para todos los gustos, desde la magufada sin remedio hasta la noticia falsa aspiracional. Recomiendo al respetable una de las obras cumbre de la canción hispana. El grupo musical, de nombre Ojete Calor (sic), firma una canción cuya letra recoge el vicio de nuestros días mejor que la sección de novedades de cualquier librería. El tema lleva por título ‘Opino de que’. Dejo al querido lector descubrir esta joya por sí mismo.

Quizá mientras escucha, algunos de estos mitos le visiten de nuevo al ritmo pegadizo de la melodía para mostrarle su verdadera cara: ‘’Primero, comento y luego/como es lógico/ ya me informo del tema en cuestión/ si escribo, faltando y escribo/ en mayúsculas (siendo anónimo)/ es que no me falta la razón.’’