Desde hace algunos años se escucha con cierta frecuencia la necesidad de un nuevo contrato social. Diferentes líderes de nuestro país, de todos los ámbitos, se han referido a él. José María Álvarez-Pallete, Presidente de Telefónica, Ana Patricia Botín, Presidenta del Santander o nuestros actuales Presidente y Vicepresidente del Gobierno, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Pero este fenómeno no se limita a nuestras fronteras. El pasado 20 de julio el Secretario General de la ONU, con ocasión del día internacional de Nelson Mandela leyó el discurso “Tackling the Inequality Pandemic: A New Social Contract for a New Era”. El término también ha sido referido por instituciones muy diversas, desde el FMI o el Banco Mundial hasta la prestigiosa consultora Boston Consulting Group. 

Las referencias, por tanto, son múltiples y uno piensa: “tienen razón, necesitamos un nuevo contrato social.” La primera vez que escuché que necesitábamos un nuevo contrato social asentí con la cabeza y pensé que probablemente sería una buena solución. Se trataba de una conferencia en la Fundación Rafael del Pino y uno de los asistentes dirigió esta pregunta al Profesor de la Harvard Kennedy School Joseph Nye. Era el año 2016 y desde entonces he escuchado y leído tantas veces este término que hace un par de años empecé a preguntarme sobre qué se quiere decir realmente cuando se habla de un nuevo contrato. 

El contrato social

Antes de entrar a discutir qué es el nuevo contrato social tendremos que explicar cuál es el que está en vigor, el viejo. Los orígenes del contrato social se remontan a la Antigua Grecia. Platón, uno de mis filósofos favoritos, en La República apuntaba que “la justicia es un pacto entre egoístas racionales”. Posteriormente, durante el Renacimiento son tres los filósofos que teorizaron sobre la idea del contrato social. 

[Arte de la Academia de Atenas – Crédito: Wikipedia]

Hobbes, en su obra el Leviatán, parte de una concepción donde el hombre siempre acabará obedeciendo a su instinto de supervivencia, defiende que en un estado natural el hombre es un lobo para el hombre. Nuestro instinto de conservación prevalece sobre cualquier otra cosa y esto nos obliga a darnos una normas, un contrato, que permita a alguien con más poder a imponer el orden y a evitar que nuestro instinto natural de conservación nos aboque a un enfrentamiento continuo.

Locke, en su obra, Dos ensayos sobre el gobierno civil, parte de una visión más cristiana de la naturaleza humana. Desde esta visión Locke no concibe que una persona pueda destruir la vida de otra, ya que todos somos criaturas de Dios y, de acuerdo con la ley natural,  no cabría un escenario como el que planteaba Hobbes. La visión de Locke del contrato social, es por tanto más limitada: Sería el acuerdo en virtud del cual las personas renuncian al poder de ejecutar la ley natural, delegando en la comunidad y sus órganos ese poder. 

Las visiones de Hobbes y Locke recuerdan a la idea de Platón de que la justicia es un pacto entre egoístas racionales.

[Imagen del contrato social de Rousseau – Crédito: Wikipedia]

Por último, Rousseau, autor del tratado El contrato social, tal vez es el que más ha influido en la visión moderna del contrato social. A diferencia de Hobbes, Rousseau parte de la concepción de que el hombre es bueno por naturaleza y que su estado de inocencia inicial es corrompido por el entorno en el que se desarrolla. En 1762, año en el que se publicó el Contrato Social, la Monarquía Absoluta era la forma de gobierno bajo la cual Rousseu considera que el hombre, que nace libre, se encuentra encadenado. Sin embargo, la parte más relevante de su teoría es que postula que el hombre renuncia a su inocencia para someterse a las reglas de la sociedad a cambio de beneficios mayores. El matiz es importante porque Hobbes y Locke consideran que el individuo acuerda establecer la sociedad para superar el estado natural de las cosas, mientras que Rousseau parece ignorar cuál sería la realidad de un mundo donde ningún individuo hubiera renunciado a su inocencia. 

Un nuevo contrato social

Las referencias al nuevo contrato siempre me trasladan a mis años en la universidad. Filosofía del Derecho era la asignatura donde estudiábamos cómo funciona el Estado y por qué como individuos aceptamos someternos a una autoridad superior. Después de estudiar a Hobbes, Locke y Rousseau llegaban Kant, Kelsen, Bobbio o Rawls. Todos ellos grandes filósofos del derecho que, pese a que los últimos son del S.XX, nunca hablaron de la necesidad de un nuevo contrato social. Sus contribuciones versaron sobre cómo este contrato social debía desarrollarse para articular un Estado de Derecho que garantizara el bienestar de los ciudadanos y el cumplimiento de los deberes por parte de todas las partes. 

Cuando escucho hablar de la necesidad de un nuevo contrato social nadie cita a Rousseau. Mucho menos a Hobbes o a Locke. Por ejemplo, el discurso del Secretario General de la ONU que mencionaba antes presenta al nuevo contrato como la base de la respuesta a la pandemia que estamos viviendo. Sus palabras sobre él son las siguientes: “Un nuevo contrato social entre las sociedades que permita a los jóvenes vivir con dignidad; que asegurará que las mujeres tengan las mismas oportunidades que los hombres y que proteja a los enfermos, a los vulnerables, y a las minorías de toda índole”. Algo parecido escribía Ana Patricia Botín el pasado 24 de junio en su cuenta de twitter:

Es común encontrar alusiones a la sostenibilidad, a la igualdad o a la dignidad humana cuando se habla del nuevo contrato social. Son las mismas alusiones que contienen documentos básicos como la Declaración Universal de los Derechos Humanos o documentos anteriores a ella donde nuestros mayores manifestaban la misma preocupación que tenemos muchos de nosotros. Tal vez sería bueno recordarlos más a menudo para evitar duplicidades y esfuerzos fatuos. 

La falacia del nuevo contrato social

Creo que es importante resaltar que el contrato social no tiene cláusulas. No está escrito en ningún sitio y por eso, aún cuando se hablara de la necesidad de reescribir el contrato social para así tener uno nuevo, no se podría hacer. Su concepto es más filosófico que práctico y por lo tanto hablar de un nuevo contrato supondría partir de presupuestos anteriores a los que partían Rousseau, Locke o Hobbes.  

Lo más parecido que hay en el plano práctico al contrato social, desde un punto de vista jurídico, son las constituciones modernas. Las constituciones son normas que recogen una serie de derechos y obligaciones que los ciudadanos votan, algo que vendría a equipararse a la firma del contrato, y que, además, establecen las medidas que deben seguirse para alcanzar el bienestar de la sociedad. Llegados a este punto es importante entender que las constituciones diseñan el funcionamiento del Estado de Derecho, pero una norma no funciona sola. Las instituciones y las personas que forman parte de ellas deben velar por su cumplimiento de las normas y aquí es donde suelen aparecer las grietas y las injusticias. Todavía no hemos encontrado la solución al carácter corrompible de la naturaleza humana.

[Crédito: Unplash]

Una falacia es un argumento que parece válido, pero no lo es. La idea de un nuevo contrato social es una falacia en toda regla. Se parte de que nuestra realidad es mejorable y, por tanto, hay que cambiarla. Se argumenta que nuestra realidad cambió cuando se abolió el antiguo régimen gracias al contrato social. Se concluye que necesitamos un nuevo contrato social para mejorar nuestra realidad. 

Hablar de un “nuevo contrato social” suena atractivo. El calificativo social nos conecta con la idea de justicia y si se acompaña de las palabras igualdad, dignidad o sostenibilidad parece que es más necesario todavía. Sin embargo, la realidad es que, en un ámbito nacional un nuevo contrato social no sería más que una nueva constitución. En un ámbito Europeo, estaríamos ante un nuevo Tratado de la UE y en un ámbito global, estaríamos hablando de una nueva Declaración de los Derechos Humanos. ¿Cambiaría nuestra realidad si reescribiéramos esas normas? La respuesta es que no. 

Por eso cuando oigo que la respuesta a la pandemia o a la desigualdad es un nuevo contrato social me pregunto por qué no hacemos un esfuerzo mayor en cumplir las normas que ya tenemos para que las injusticias o las desigualdades que han aparecido en la última década y que aparecerán en las próximas sean contenidas. No necesitamos un nuevo contrato social. Un nuevo contrato no solucionará el cambio climático, ni la pobreza, ni la desigualdad. Un nuevo contrato social no garantizará que cumplamos lo que venimos incumpliendo reiteradamente.

El contrato social que realmente necesitamos

Cuando se formuló la teoría del contrato social el conocimiento científico apenas estaba dando sus primeros pasos. En el S.XXI hablar de un nuevo contrato social tendría sentido si realmente tuviéramos en cuenta los avances científicos y tecnológicos que nos permiten entender mejor cómo los seres humanos tomamos nuestras decisiones. Un contrato social partiendo de los postulados planteados por Daniel Kanheman y Richard Thaler sería algo digno de debate. Los descubrimientos que han dado lugar a la disciplina de las ciencias del comportamiento sí que guardan relación con los postulados básicos de la teoría del contrato social de las que partían Platón, Hobbes, Locke y Rousseau. 

Las ciencias del comportamiento son una disciplina incipiente y controvertida. No obstante, algunos intrépidos defienden que han sido capaces de ponerla a su servicio. De esta forma, si realmente han sido capaces de conseguir el sí al Brexit o que Donald Trump sea el actual Presidente de los EE. UU., podríamos decir que las bases del contrato social han saltado por los aires.

La desigualdad, la pobreza o la injusticia llevan preocupando al ser humano toda la historia de la humanidad. Un nuevo contrato social que ignore los avances científicos y tecnológicos no solucionará esos problemas. Un nuevo contrato social que tome en consideración que grandes masas de personas pueden ser objeto de manipulación gracias a las nuevas tecnologías y, con ello, decidir o condicionar el destino de la humanidad si que me presenta como algo necesario. Desafortunadamente, parece que Platón no se equivocaba al decir que la justicia es un acuerdo de egoístas racionales.