Viajar en el tiempo no es posible, pero sí navegar entre recuerdos a través de los sentidos. Los olores nos transportan en el tiempo y en el espacio. Eso es precisamente lo que se ha propuesto hacer un equipo interdisciplinar de investigadores en el proyecto Odeuropa: identificar y recrear los olores del viejo continente para acercarnos a la historia de Europa de otra manera. Y lo harán con la ayuda de la inteligencia artificial.

En el proyecto, que esta semana ha recibido una financiación de 2,8 millones de euros del programa EU Horizon 2020, participan universidades, centros de investigación y entidades de todo el continente. Juntos trabajarán durante tres años en buscar los aromas de la Europa de los últimos cinco siglos a partir del análisis de textos e imágenes. Su objetivo es “reconocer, salvaguardar, presentar y promover el patrimonio olfativo europeo”.

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La primera tarea, con la que se comenzará en enero, consiste en diseñar una inteligencia artificial capaz de “leer los olores”, es decir, de examinar tanto textos históricos como imágenes y detectar descripciones o referencias a olores. “Una vez que se empiecen a mirar los textos impresos publicados en Europa desde 1500, se encontrarán montones de referencias al olfato, desde aromas religiosos, como el olor del incienso, hasta cosas como el tabaco”, ha explicado a The Guardian William Tullett, profesor de la Universidad Anglia Ruskin de Cambridge y miembro del proyecto.

La idea es utilizar toda esa información para elaborar una “Enciclopedia de la Herencia de los Olores”, que será publicada online. En ella se recogerá la relación de fragancias, su descripción sensorial y su origen y contexto histórico, esto es, dónde se usaban, para qué y a qué emociones se asociaban. Por ejemplo, muchas hierbas aromáticas se usaron antaño para proteger frente a enfermedades como la peste o para tratar ataques y desmayos.

[Los médicos de la peste llevaban máscaras con forma de pico, rellenas de hierbas aromáticas. Créditos: Unsplash]

De este modo, también se podrá observar la evolución en el tiempo, en cuanto a usos y significado, de los olores. Tullett señala que el caso del tabaco es muy representativo: “es un producto que se introdujo en Europa en el siglo XVI y que empieza siendo un tipo de olor muy exótico, pero que rápidamente se domestica y pasa a formar parte del paisaje olfativo normal de muchas ciudades europeas”. Añade que a partir del siglo XVIII la tendencia fue a la inversa. La gente empezó a quejarse del uso del tabaco en los teatros hasta llegar a las prohibiciones actuales, de manera que este olor está desapareciendo de nuestro imaginario olfativo.

El proyecto plantea incluso colaborar con químicos y perfumerías para recrear algunos olores e investigar cómo usarlos para mejorar la experiencia de las visitas a museos. El Centro Vikingo de Jorvik en York, por ejemplo, es famoso por recrear el hedor del siglo X y en París ya existe un Museo del Perfume. También en España, concretamente en Santa Cruz de la Salceda (Burgos) es posible visitar el Museo de los Aromas. Vayamos abriendo las fosas nasales, porque la historia ya no solo se lee, se oye y se ve, sino que también se huele.