Los cambios en las sociedades se dan muy lentamente, si nos fijamos en los ejemplos que nos ha dado la historia. Suelen ser tendencias que aparecen en un pequeño grupo de personas y que, poco a poco, va extendiéndose entre el resto de la población. Estos cambios suelen ser a mejor (mejorando la seguridad, la higiene, la privacidad, el respeto…), y el mero peso del progreso es quien empuja esa carga difícil de mover. Y luego están los cambios bruscos, los que son forzados por un agente externo que llega arrasándolo todo. Es el caso de la mascarilla y de su principal accionista: el coronavirus.

Si hace tres meses nos hubieran asegurado que al salir a la calle veríamos a decenas de personas con mascarillas no nos lo hubiésemos creído o, en todo caso, habríamos asegurado de que si eso pasaba era porque había grupos de turistas asiáticos visitando nuestro país. Y no por una cuestión racial, sino porque en España (y en la mayoría de países del sur de Europa y Latinoamérica), las mascarillas sólo las hemos visto en turistas del continente asiático… y en Callejeros Viajero cuando visitaban China o Japón.

Pero eso era hasta hace unos pocos meses. En cuestión de 6 u 8 semanas nos hemos dado cuenta de la importancia que este accesorio (que tan guay puede llegar a ser) tiene en la lucha del coronavirus, y en la higiene en general. Las mascarillas se han descubierto a occidente como una herramienta fundamental en este nuevo orden mundial donde los virus son el enemigo número uno, ya que es el único organismo que es más peligroso que Donald Trump y Kim Jong-un juntos.

Su uso ya no es sólo recomendable (la OMS lleva meses insistiendo), sino que en algunos países ha pasado a ser obligatorio en según qué casos. Por ejemplo, en España se ha decretado que para poder viajar en transporte público (metro, cercanías y autobús) los usuario tienen que llevar una mascarilla puesta. La norma ha comenzado hoy lunes y, en muchos puntos, había personal repartiendo mascarillas a aquellas personas que no disponían de mascarilla.

Las mascarillas son útiles contra el coronavirus

Como son conscientes de la necesidad de la mascarilla en estos momentos y de cara al futuro, los esfuerzos están pasando por traer el máximo número de éstas a España (anunciaron que estarían disponibles unos 16 millones de unidades durante este mes) y por fijarles un precio asequible (ahora mismo están en menos de un euro). Y no sólo eso, ya que muchos ayuntamientos están dando a los vecinos packs de 5 mascarillas gratis para cuando tengan que salir de casa a comprar u otros menesteres, mientras llega el stock a todos lados.

El bombardeo es tal que, poco a poco, la sociedad española está entendiendo que llevarlas no es una excentricidad. Sólo hay que salir a la calle para darse cuenta. Pese a que su uso depende del lugar en el que os encontréis, si os movéis por urbes con bastante afluencia de personas os podréis fijar en que, por primera vez en nuestra vida, a veces hay más gente con ellas que sin ellas. Y la imagen es impactante.

En China todo el mundo utiliza las mascarillas para salir a la calle

Ya no son turistas, ni tus conocidos con mucho mundo a sus espaldas que han viajado a Asia. Ahora son tus vecinos, tus familiares y tus amigos del gimnasio / bar. Todos llevan una mascarilla encima. Y es posible que la lleven por miedo, pero en el fondo es civismo. Es un acto de responsabilidad que nos dignifica como ciudadanos. Y esto es por una razón que, curiosamente, mucha gente no sabe: las mascarillas quirúrgicas (las que casi todo el mundo tiene) no te protegen a ti de los demás, sino que protegen a los demás de ti, concretamente de tus virus.

Si reflexionamos sobre ello nos podemos dar cuenta de lo cívico que es nuestro comportamiento, ya que al llevar la mascarilla no lo estamos haciendo por nosotros, sino por lo demás. Eso sí, mucha gente este detalle -el cómo funcionan las mascarillas quirúrgicas- no lo conoce y no saben lo muy buenos ciudadanos que están siendo, pese a que su motivación real sea mucho más egoísta. Pero oye, aquí el fin justifica los medios.

[Ejemplo de mascarilla quirúrgica, que es la común]

Sea por egoísmo o por responsabilidad civil, el que todos llevemos mascarilla ayuda a que el virus lo tenga muchísimo más complicado para expandirse, reduciendo sus probabilidades de contagio en más de un 90% entre personas que se encuentran a dos metros -o menos- de distancia incluso en caso de estornudos y otras expulsiones vía oral propias de los seres humanos.

Dentro de unos años, cuando veamos fotos, podremos saber perfectamente si fue pre COVID-19 o post COVID-19, y el elemento diferenciador será la mascarilla. Como ya pasó con el cinturón en los coches o como el tabaco en los bares, el cambio en nuestra sociedad va a ser real tras la pandemia. El coronavirus es el virus que nos está dando la lata, pero no es único ni será el último. El gran desafío de nuestro siglo son las pandemias, y la población mundial tiene que entenderlo. Conocemos mejor que nunca al enemigo, démosle donde más le duele.