El uso de mascarilla es obligatorio actualmente en 120 países, una alargada lista que seguirá creciendo previsiblemente. En Reino Unido, por ejemplo, Inglaterra y Gales están tomando decisiones al respecto después de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconociera el viernes pasado que la COVID-19 se transmite por el aire.

Sin embargo, el cumplimiento con esta obligación, como ocurre con tantas otras normas, sigue provocando recelo entre algunos. De hecho, basta con observar las sobremesas en bares y terrazas, para darse cuenta de que el no uso de la mascarilla en determinadas situaciones sigue sin estar socialmente mal visto. He ahí la cuestión: ¿qué está bien y qué está mal? Kohlberg nos lo explicó el pasado siglo.

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Entre los muchos temas de los que se ocupa la psicología, uno de los más controvertidos es el del desarrollo moral, es decir, el incremento de la capacidad para distinguir entre lo que está bien y lo que está mal y para actuar en consecuencia. En este campo de estudio y siguiendo el planteamiento de su maestro Jean Piaget, el psicólogo estadounidense Lawrence Kohlberg, nacido en 1927, desarrolló una conocida teoría que explica el desarrollo moral como un proceso continuo que se produce a lo largo de toda la vida, aunque no todos los adultos lleguen a los niveles más altos.

Kohlberg define, en total, seis etapas agrupadas en tres estadios: preconvencional, convencional y posconvencional. En el primero de ellos, el preconvencional, el sentido de la moralidad –de lo que está bien y de lo que está mal– viene dado por figuras de autoridad externas, como los padres o los profesores.

En el segundo, el convencional, esta distinción está ligada a las relaciones personales y sociales. Es decir, entendemos que es bueno lo que beneficia a nuestros seres queridos, en primera instancia y, en segundo lugar, lo que favorece a la comunidad en su conjunto. En cambio, en los niveles posconvencionales, el sentido de la moralidad nace de principios abstractos como el de igualdad o el de dignidad.

[Imagen de unas manifestantes por el “BlackLivesMatter” – Créditos: Unsplash ]

Según Kohlberg, la mayoría de los adultos se ubican en la etapa convencional o, al menos, este es el razonamiento que utilizan más frecuentemente. Por esta razón, volviendo al caso de las mascarillas, el desarrollo de un consenso social respecto a su utilidad es clave para impulsar las conductas individuales. Por ejemplo, mientras que en Occidente el uso de las mascarilla se entendió al principio como una protección individual, en muchos países de Asia Oriental su uso, incluso antes de la pandemia, ya estaba visto como un acto de responsabilidad colectiva para proteger al resto de la comunidad.

En la práctica, estas diferentes actitudes se han traducido en una mayor o menor reticencia a adoptar las medidas de protección. Por ejemplo, en la ciudad toscana de Prato, en la que habita una importante comunidad de migrantes chinos, la tasa de contagio durante la pandemia ha sido, contra todo pronóstico, menor que en el resto de Italia, incluso cuando muchos de los residentes chinos habían viajado recientemente a su país de origen para celebrar el Año Nuevo.

Personas con mascarilla Kohlberg
[Imagen de dos chicas llevando mascarilla – Créditos: Unsplash]

En cualquier caso, esto es solo la punta del iceberg. El porqué las personas hacemos lo que hacemos y cómo evitar o promover una conducta determinada es un asunto muy amplio del que se encargan las ciencias del comportamiento. A esta disciplina, a caballo entre la psicología y la economía, han contribuido premios Nobel como Daniel Kahneman y Richard Thaler.

En Reino Unido, el Grupo de Ideas sobre el Comportamiento (BIT, Behavioural Insights Team) es un equipo pionero que pone las ciencias del comportamiento al servicio del Gobierno. En los últimos meses, su cometido se ha centrado en estudiar qué mensajes son más efectivos a la hora de convencer a los ciudadanos para que sigan las indicaciones de las autoridades sanitarias, ya que las multas no son siempre la mejor opción y, a veces, ni siquiera son viables.

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Estos investigadores buscan soluciones fáciles, atractivas, sociales y oportunas (EAST, por sus siglas en inglés). De hecho, la creatividad no está restringida, así que, quién sabe, quizás la canción del verano este año nos convenza para que nos pongamos la mascarilla.