Vivimos rápido, las notificaciones nos marcan el ritmo, cuántos pasos has caminado hoy, cling, una call a las 10 y otra a las 12, cling, cling, mensaje directo por Instagram, cling, cling, cling… calla. Inspira profundo y piensa en el olor de un libro antiguo. Vainilla, madera, chocolate, el recuerdo de casa de la abuela, ese cuento que fue de papá, que leíste de pequeño y aún ronda por la habitación.

Somos animales extraños. Ni vemos, ni oímos, ni olfateamos muy bien, pero tenemos una herramienta única: nuestro cerebro. Somos capaces de conectar como ningún otro mamífero puede hacerlo. Para el ser humano, los sonidos son más que un conjunto de ondas que impulsan a huir o a permanecer, son Bach y Mark Knopfler, Leonard Cohen y Boccherini; los olores son más que un puñado de moléculas que señalan comida o enfermedad, son mamá y su perfume especial, las velas de una tarta de cumpleaños justo después de apagarse, los puestos de castañas asadas en noviembre, y el olor de los libros viejos.

Matija Strlic es químico y profesor en la University College of London pero no es un científico al uso. El profesor Strlic está especializado en conservación del patrimonio y —aunque esto no lo sé con total certeza— un gran lector. Este investigador se ha preguntado cómo huelen los libros antiguos y ha desarrollado una suerte de nariz artificial capaz de detectar e identificar los aromas que estos emanan. El resultado es, cuánto menos, original. Los libros antiguos emiten compuestos orgánicos volátiles (VOCs) al degradarse, proceso que ocurre de manera natural, y esos compuestos alcanzan nuestra nariz, conectada directamente con el cerebro.

Preguntado el propio Strlic sobre a qué huele un libro antiguo, lo definió en unas pocas palabras: «Una combinación de notas herbáceas, con puntas ácidas, y un toque de vainilla sobre un olor a moho subyacente». Desconozco cómo ningún fabricante de ginebras no se ha apropiado ya de esta descripción para su próxima línea de negocio. No para Ginebra sino para perfumes, algún Steve Jobs de las fragancias ya comercializa el perfume de libro antiguo e incluso la loción para el cuerpo.

Pero, ¿cuáles son exactamente estos VOCs capaces de conceder el aroma a libro antiguo? Son apenas seis las notas que nuestro cerebro necesita para saber qué se encuentra frente a uno de estos volúmenes: etilhexanol, compuesto característico de disolventes y tintes; tolueno, típico de pinturas y algunos perfumes; furfural y benzaldehído, usado este último como saborizante de almendra;  vanilina, saborizante de vainilla y presente en la ligninia que compone la madera; y etilbenzeno, un componente de las tinciones naturales que aporta un toque dulzón. Además, no solo cuenta el olor del propio libro sino el aroma de la habitación en que se encuentra. Pocos sitios como las librerías de viejo, con ese aire a café, tabaco y —por qué no decirlo— algo de polvo.

Aventuras comerciales al margen, a ningún buen lector se le escapa que el olor de un libro nuevo no es el mismo que el de uno antiguo. La modernidad, incuestionablemente plagada de beneficios como los antibióticos y las cámaras de fotos con sensor, tiene también sus contraprestaciones, como el reggaeton y el olor de los libros nuevos: nos han cambiado el aroma de almendra y vainilla por el de adhesivos y papel sin ligninia.

El aroma de un libro nuevo se caracteriza por los pegamentos que se usen para unir las páginas al canto, que contiene etileno vinil acetato y el dímero alquil centeno que actúa sobre la pasta de celulosa para que sea menos absorbente y se conserve mejor. Los libros nuevos están fabricados de manera que el proceso de degradación es mucho más lento luego esos VOCs se liberan en mucha menor cantidad. Además, varios de los componentes que conforman los nuevos libros no son odoríferos, luego poco importa que alcancen nuestra nariz.

El lector voraz es nómada de mil aventuras, amante del riesgo desde las primeras letras, quedarse despierto, secretamente acurrucado bajo una luz mínima tras el toque de queda instaurado por mamá, ¡a dormir! Amanecer con el libro bajo la cara o a mitad clavado en la espalda, vestigio culpable de la hazaña nocturna: las líneas leídas en esa clandestinidad infantil jamás se olvidan. Los libros nos acompañan siempre, voz de los que nos precedieron, juegos de niños, materiales y métodos de los haberes y saberes humanos, cobijo, inspiración, consúelo.

Se ha debatido si los libros electrónicos suplantarán en algún momento a los libros en papel. No es muy aventurado pensar que quizá lo hagan, o incluso que convivirán durante una buena temporada con el papel. Quizá que la versión electrónica nos prive del aroma y de un eventual autógrafo del autor tenga algo que ver con su implantación entre los lectores más románticos.

En uno de los mejores comienzos de película que soy capaz de recordar, La Gran Belleza, la voz en off de Jeff Gambardella declama mientras nos presenta la Roma monumental a vista de pájaro: «De pequeños, a esta pregunta mis amigos daban siempre la misma respuesta: la vagina. Pero yo respondía: el olor de las casas de los viejos. La pregunta era: ¿Qué es lo que realmente te gusta más en la vida? Estaba destinado a la sensibilidad. Estaba destinado a convertirme en escritor.»

Lector, ávido u ocasional, no es necesario que responda a esa pregunta, solo míreme a los ojos: nos entendemos.