Parte 1. El origen de QAnon

¿Cómo pudo QAnon, una teoría de la conspiración disparatada, nacida en lo que un día fue un foro de anime, recibir la bendición del presidente de Estados Unidos y ser amplificada por sus seguidores hasta convertirse, según el FBI, en “una amenaza terrorista doméstica” para el país que fue el estandarte de la democracia moderna?

Esta es la historia de QAnon, una campaña de desinformación favorablemente vestida de juego de cábalas global que ha visto en la crisis del coronavirus una oportunidad excelente para unir a conspiranoicos de todos los colores políticos en contra del sentido común y la estabilidad social. Primero fue la rana Pepe y ahora esto.

Sus seguidores aseguran que una red de pedófilos adoradores de Satán del partido demócrata y estrellas de Hollywood, entre ellos Tom Hanks y Joe Biden, secuestran a niños, se los comen para conservar su juventud y quieren instalar un microchip en la vacuna del SARS-Cov-2, un “supuesto virus” que, a pesar de no existir (no será esta la última incongruencia que leerás en estas líneas) se contagia a través del 5G.

Del magufismo al racismo

El racismo y el antisemitismo se camufla en las teorías de Qanon, que rescata las calumnias de sangre, una fake news de principios de nuestra era según la cual los judíos secuestraban y sacrificaban a niños para alimentarse de su sangre en rituales ocultistas y obtener poderes mágicos o la vida eterna. Es lo que aseguran que hacen los Clinton y Bill Gates pero adorando a Satanás.

Donald Trump troll y Joe Biden trolleo elecciones
[Crédito: Unplash]

¿Y quién está luchando en la sombra para detener a estas fuerzas del mal? Un agente anónimo que se esconde tras el nombre en clave de Q y, como no podía ser de otra forma, el mismísimo Donald Trump.

Hasta aquí todo serían loles si no fuera porque, desde su origen, QAnon ha provocado ya varios estallidos de violencia. Entre ellos una mujer que amenazó con matar a Biden por pedófilo en un streaming antes de ser arrestada con 19 cuchillos de camino a un buque hospital en el que había contagiados de coronavirus, y un hombre armado que cruzó su furgoneta blindada en mitad de un puente cercano a la presa Hoover para exigir al gobierno que liberase unos documentos confidenciales que comprometían a Hillary Clinton y de los cuales no existe la más mínima evidencia.

“Somos la tormenta”

En octubre de 2017, durante una foto de grupo tomada en una reunión entre el presidente norteamericano y altos cargos militares, Trump soltó, al más puro estilo Trump, que eso era “la calma antes de la tormenta”. 

Cuando un periodista le preguntó a qué se refería, él contestó que ya lo veríamos y, aunque la frase acaparó cientos de titulares, la mayoría entendió esto como lo que es: trumpspeech en estado puro.

En un intento por explicar lo inexplicable, la secretaria de prensa, Sarah Huckabee Sander, aseguró que el presidente iba en serio. Era un mensaje a “agentes malignos” como Irán y Corea del Norte en su lucha por defender a los americanos. 

Los fieles de Q, siempre un millón de pasos por delante, creen que fue algo más que eso: la puesta en marcha de una operación para acabar con el “estado profundo”, la camarilla corrupta culpable de los males más atroces del mundo.

La tormenta será el momento en el que la cumbre de corruptos del Partido Demócrata serán trasladados a Guantánamo para ser juzgados por un tribunal militar. Siempre atentos a los detalles, por insignificantes que parezcan, los QAnons vislumbraron en el gesto que hizo el presidente, una especie de círculo incompleto dibujado en el aire con su mano derecha, una señal dirigida a ellos: una Q encubierta.

Un mes más tarde, en noviembre de 2017, una youtuber en bancarrota y dos usuarios de 4chan (un foro de anime que se fue convirtiendo paulatinamente en el patio digital de la extrema derecha, la misoginia y la desinformación), empezaron a compartir en el canal de ésta una serie de vídeos analizando los posts de un usuario anónimo que publicaba bajo el pseudónimo de ‘Q’.

Q no debe su nombre al aliado de James Bond sino a un supuesto agente anónimo con autorización de seguridad Q, algo que no tiene mucho sentido pues ninguna agencia gubernamental tiene un código de seguridad Q, salvo el Departamento de Energía, y sus publicaciones no tienen nada que ver con ella.

De entre muchos, uno

Q no era el primer anon de la plataforma. Cada cierto tiempo surgía uno en 4chan: CIAanon, FBIanon, HLIanon por nombrar solo a unos pocos. Todos, según sus propias publicaciones, son soplones anónimos con cargos importantes en una u otra agencia gubernamental que quieren destapar la corrupción existente en las cumbres políticas. 

Q habría sido una cuenta más sino llegar a ser porque apenas 6 días después de publicar su primer mensaje, la youtuber Tracy Díaz, conocida como Tracy Beanz, y dos moderadores de 4chan bajo el nombre de Pamphlet Anon y BaruchtheScribe publicaron un vídeo titulado “/POL/- Q Clearance Anon – Is it #happening???” en el que presentaban la conspiración por primera vez fuera de 4Chan.

Además de dar visibilidad a Q el vídeo fue una invitación para que todo el mundo empezase a analizar los Qdrops, el término con el que se refieren a las publicaciones, siempre crípticas, de este supuesto agente que está destapando una trama internacional desde el otro lado de su portátil.

[Momento exacto de Trump diciendo la frase que lo empezó todo]

La chispa de paranoia fue suficiente para prender la mecha y al cabo de poco tiempo los 3 incitadores abrieron un subreddit bajo el nombre de CBTS_Stream (las iniciales de “Calm Before The Storm” en referencia a la frase de Trump) donde debatían sobre ésta a la vez que ampliaban su audiencia. 

La estrategia funcionó. Qanon saltó de Reddit a Facebook, Twitter y otras redes sociales más populares, donde captó la atención de una audiencia más grande y de mayor edad (normies, como les llaman los usuarios de 4chan y 8chan).

Actualmente es difícil averiguar cuántas personas hay analizando cada publicación de Q, cada gazapo en los tuits del presidente como si fuera un mensaje encriptado y cruzando la información con acrobacias numerológicas para encontrar en ellas una pista que corrobore sus teorías, pero sí se sabe que algunos forman parte de la política norteamericana.

Según un recuento de la ONG Media Matters for America, 35 aspirantes o ex aspirantes al Congreso de Estados Unidos han abrazado la teoría en algún momento y la candidata republicana al congreso Marjorie Taylor Greene, defensora de las teorías de QAnon, ganó las primarias en agosto. 

Para Díaz la jugada tampoco salió mal. Actualmente cuenta con más de 230 mil seguidores en Twitter, más de 120 mil suscriptores en YouTube y una cuenta abierta en Patreon con  casi 600 mecenas que pagan entre 1,21$ y 302,50€ al mes para que pueda seguir dedicándose a desinformarles.

Las redes contra Qanon

La capacidad de desinformación de QAnon es tan dañina que Twitter, Facebook y YouTube llevan ya miles de cuentas, páginas y anuncios bloqueados en el último mes. En Estados Unidos temen que las elecciones puedan verse afectadas por la teoría de la conspiración y, aunque se empeñen en llamarla una teoría de extrema derecha, sus fieles son cada vez más variopintos y están cada vez más convencidos de sus locuras. 

Movimientos antivacunas, naturistas y negacionistas de la pandemia están compartiendo ideario con ellos hasta el punto de que resulta difícil distinguirlos. Sus ataques ya no van dirigidos exclusivamente a un partido o una figura política sino a las autoridades científicas y médicas, convirtiendo un problema de desinformación política en uno de salud pública.

Y no es que los medios de comunicación, las plataformas de redes sociales, fact checkers de todo el mundo y las autoridades científicas no se estén esforzando por desmentir las teorías de Qanon. Al contrario, pero lo malo es precisamente eso: cuanto más se empeñan en hacerlo, más refuerzan sus convicciones.

Parte 2. ¿Quién se cree esto?

Edgar Maddison Welch es padre de dos hijos, muy religioso y su familia y amigos le describen como un hombre capaz de hacer cualquier cosa por ayudar a los demás. Welch entrenó para ser bombero voluntario y participó en una misión de ayuda tras el terremoto de Haití con la Asociación de Hombres Bautistas de su barrio según The Atlantic.

Welch era otro padre de familia más hasta que el 4 de diciembre de 2016 se despidió de su familia diciendo que tenía algo que hacer, se subió a su Prius con un rifle AR-15, una Colt del 38, una escopeta y una caja de munición y condujo casi 600 kilómetros desde Salisbury, en Carolina del Norte, hasta la pizzería Comet Ping Pong, en Washington D.C.

Padres, abuelos y niños van a Comet a jugar al pimpón en una mesa del fondo mientras esperan sus pedidos y grupos locales tocan ahí los fines de semana. Ese domingo vieron entrar a Welch con una pistola en el cinto y una escopeta en el pecho buscando una puerta que intentó forzar con un cuchillo hasta que se dio por vencido y la abrió a disparos.

[Crédito: Wiki Commons]

Welch estaba buscando un sótano desde el que opera una red de prostitución infantil dirigida por Hillary Clinton y descubierta gracias a sus mails robados durante la campaña de 2016.

Pizzagate fue una teoría de la conspiración de 2016 según la cual los emails cruzados entre John Podesta, director de la campaña de 2016 de Hillary Clinton, y James Alefantis, el dueño de la pizzería, escondían mensajes cifrados sobre un supuesto tráfico de niños.

Podesta había intercambiado emails con Alefantis para organizar eventos benéficos pero voceros de Trump como Alex Jones o Mike Cernovich popularizaron la teoría, surgida de nuevo en 4chan, de que había indicios de tráfico infantil para rituales sexuales en los emails. ¿La fórmula para descifrarlos? Cambiar la palabra ‘pizza’ por niñas y ‘pasta’ por niños. Nada muy elaborado pero (y puede que precisamente por eso) muy efectivo.

Al abrir la puerta a disparos, Welch encontró que tras ella solo había un pequeño almacén. Comet Ping Pong no tiene sótano. Fue condenado a 4 años en 2017 y se disculpó diciendo que “había tomado una decisión muy mal aconsejada”.

La moraleja de Welch

¿Qué nos diferencia a ti y a mí de Welch? Por un lado su iniciativa. Él es capaz de subirse a un avión, dejando atrás a su familia y amigos, para irse a Haití a ayudar a las víctimas de un terremoto. No sé si tú lo has hecho, pero yo no. Por otro lado sus fuentes. 

Si tú y yo viéramos a un adulto en la calle abusando de un menor no dudaremos en detenerlo. El hecho es imperdonable y las pruebas son concluyentes. ¡Lo estás viendo! Welch pasó por ambas cosas.

En una entrevista a New York Times desde el hospital cercano a la prisión en la que se encontraba, Welch dijo que se le “rompía el corazón solo de pensar que había gente inocente sufriendo” y no tenía dudas de que estaba pasando.

Se había instalado internet en casa hacía poco, empezó a investigar, un artículo le llevaba al otro y cada cual era más convincente. Para él no cabía duda de que en el sótano de Comet había niños encerrados y, aunque se arrepiente de lo que hizo, aún sigue pensando que había algo raro. “La información no era 100% correcta” declaró al NYT tras su arresto, insinuando que el problema era la precisión de esta, pero no su veracidad. Bajo su punto de vista “no había niños en ese edificio”, pero se negó a dar por falsa la información que había leído en internet.

Todos podemos ser Welch. Todos somos susceptibles de creer mentiras y lo que mantiene la harmonía, muchas veces, es solo que no todos somos capaces de subirnos a un avión para ir a ayudar a niños desconocidos al otro lado del mundo, ni a armarnos hasta los dientes e irrumpir en un restaurante al otro lado del país.

“Donde va uno vamos todos”

Uno de los alicientes de Qanon es el sentimiento de pertenencia. El terraplanismo, el movimiento antivacunas y los plandemistas tienen algo en común y es que todos los miembros son igual de importantes y todas sus voces son atendidas.

En el fondo no hay nada más democrático que una conspiración porque cualquiera con mucha imaginación y tiempo libre puede convertirse en una autoridad. 

QAnon además tiene la ventaja de ser una especie de juego online. Sus adeptos comparten sus propias cábalas uniendo hechos inconexos para confirmar sus sospechas, casi siempre infundadas. Las erratas en los tuits del presidente no lo son, son mensajes encubiertos que solo quienes han “despertado” pueden ver. Todos están participando en una misión de importancia global.

[Bandera de QAnon con el lema WWG1WGA]

La Q es su símbolo de unión y juegan a encontrarlo entre militares, políticos, gestos de Trump y vecinos, pero no es el único. “WWG1WGA”, las iniciales de “Where We Go One We Go All” (donde va uno, vamos todos), PANIC por “Patriots Are Now In Control”, “el gran despertar”, y “la tormenta” forman parte de un imaginario de gente que tiene algo en común: no creen en los medios oficiales porque todo es mentira excepto lo que ellos piensan.

Se les llama bakers (pasteleros), porque recogen las migajas (crumbs, en inglés) y con ellas cocinan sus propias teorías. Suena a locura pero nada nos asegura que el resto estemos a salvo de caer en ella o una parecida.

Parte 3. Desinformación

Me voy a ahorrar las formas y voy a soltar unos cuantos datos de un estudio español titulado “Fake News: desinformación en la era de la sociedad de la información”:

  • 1. Según un informe de 2017 de la consultora Gartner, en 2022 el público occidental consumirá más noticias falsas que verdaderas y no habrá suficiente capacidad para eliminarlas.
  • 2. Según otro estudio realizado por la Asociación de Internautas, el 70% de los españoles no sabe distinguir entre una noticia verdadera y un rumor o un bulo. Ojo, esto no está en el estudio pero te lo advierto: el 100% de ese 70% están convencidos de que no forman parte de él.
  • 3. El estudio realizado por Vosoughi, Roy y Aral en 2018 y publicado en la revista Science, afirma que la información falsa se extiende hasta seis veces más rápido que la verdad. De hecho, una noticia falsa tiene un 70% más de probabilidades de ser retuiteada que una historia real.

Si te fijas bien, todos somos Welch a la hora de creernos mentiras. Lo único que nos diferencia son las mentiras que nos creemos y, más pronto que tarde, las mentiras que nos creamos serán cada vez más difíciles de detectar.

El infocalípsis

Nina Schick es una autora especializada en cómo las tecnologías y en concreto la inteligencia artificial están cambiando nuestra sociedad. Ha trabajado de asesora para Joe Biden y ha participado en las campañas de Emmanuel Macron y el Brexit.

Facebook Deepfake

En su libro “Deep fakes and the infocalypse” advierte de que ver ya no es creer. A medida que la tecnología vaya avanzando será cada vez más difícil o incluso imposible distinguir entre lo que es verdad y lo que no. El problema no solo está en lo difícil que será detectar el contenido falso sino que dejaremos de creer en el verdadero.

Ahora piensa en lo que le ocurre a los antivacunas, los terraplanistas o a Edgar Welch. Una vez se enfrentan a pruebas de que sus creencias son falsas, se niegan a aceptarlas. Cuando nada es merecedor de nuestra confianza entramos en el caos.

La “aniquilación cultural” de Occidente

A Ethan Zuckerman, director del Centro para Medios Cívicos del MIT, le preocupa especialmente QAnon. Dice que es una teoría de la conspiración especialmente “corrosiva” porque lleva a la gente a asumir que casi toda figura de autoridad “es parte de una camarilla secreta que trabaja contra la libertad”.

“La corrosión que se deriva de eso es el peligro de que no confiemos en ninguna institución”, dice Zuckerman en una edición del programa The Inquiry, de la BBC, dedicado a QAnon. Zuckerman concluye diciendo que “esa desconfianza, si es explotada por un líder autoritario, es increíblemente peligrosa”.

[Las elecciones están muy cerca y se juegan mucho Biden y Trump… y QAnon]

En the management of savagery, el manual para construir tu propio califato del ideólogo y estratega del Daesh Abu Bakr Naji, se describe la necesidad de manipular a Occidente para cometer lo que llama la “aniquilación cultural”. Los atentados para ellos son solo una maniobra para provocar una guerra interna en los países objetivo. Es el terrorismo de la era digital.

Y es que, como advierte Nina Schick y otros expertos, la desinformación está siendo utilizada como un caballo de Troya para destruir nuestras sociedades desde dentro. Rusia, estados enemigos y grupos terroristas están creando campañas destinadas a fracturar nuestra convivencia.

Operación InfeKtion

Operation InfeKtion es una de las campañas de desinformación rusa más conocidas y exitosas. La fabricación de noticias falsas que luego se distribuían a través de medios cuidadosamente seleccionados dio lugar a múltiples teorías de la conspiración como el asesinato de Kennedy o la creación del virus del SIDA por parte de Estados Unidos para deshacerse de la comunidad afroamericana.

Si tienes 45 minutos, este documental del New York Times se los merece más que la mayoría de series que hay ahora en Netflix.

Pizzagate, Plandemia y ahora Qanon son el resultado de las campañas de desinformación del pasado para debilitar la confianza de los ciudadanos en sus propias instituciones. La diferencia es que antes había que fabricarlas, ahora se hacen en casa y solo es necesario amplificarlas.

Como dice Zuckerman, Qanon es “un canario en la mina” que advierte de una nueva forma de hacer política. Una en la que la realidad compartida no es importante y el objetivo es centrarse en las realidades individuales por estrafalarias y delirantes que estas sean.