El culto a la belleza física lleva acompañando a la humanidad desde tiempos pretéritos. La Antigua Grecia veneraba la armonía y la proporción del cuerpo humano como un regalo de los dioses, amén del equilibrio perfecto entre la virtud moral, la salud física y la sabiduría, ideal conocido como kalokagathia. A lo largo de la historia, el canon estético ha ido variando según la cultura y época: desde los cuerpos rollizos y la palidez aristocrática del Barroco, hasta la delgadez andrógina de los principios de los 2000, con las pieles morenas que atestiguan unas vacaciones de ensueño en la playa.

La belleza nos confiere una serie de privilegios sociales. Las personas atractivas tienen más posibilidades de ser contratadas en un puesto de trabajo, a la vez que una buena imagen es fundamental en ciertos empleos. Asimismo, la belleza es un bonus a la hora de tener éxito sexual, con lo que no es extraño creer que un aspecto agraciado es garantía de felicidad, ya que nos facilitará tener una buena posición económica y estabilidad emocional. Y, por si fuera poco, cada canon de belleza conlleva cierto sacrificio incluso con la bendición de la lotería genética. Pero, ¿hasta qué punto merece la pena?

¿Para presumir hay que sufrir?

La obsesión por la hermosura puede derivar en enfermedades físicas y mentales. Actualmente, los trastornos alimenticios están a la orden del día y, según recogía la Fundación Instituto Trastornos Alimentarios en 2019, unas 400.000 personas en España padecen alguna patología de este tipo. Perjudicar la propia salud en favor de alcanzar la belleza no es novedad: Lola Montex, en The Arts of Beauty (Secrets of a Lady’s Toilet), explora las rutinas de belleza de la época victoriana que traían consecuencias fatales, como la ingesta de tiza o mercurio para conseguir una piel inmaculada. Summer Strevens, en su ensayo Fashionably Fatal, habla de cómo el corsé victoriano, utilizado para conseguir una inhumana cintura de avispa, causaba desmayos a causa de las consecuentes dificultades respiratorias, además de dañar órganos internos al forzarlos a una nueva posición.

Cuidarse en tiempos de pandemia

Así, en contra de los dictámenes de la industria de la moda y de la imposición social de los cánones de belleza imposibles, llegó el movimiento bodypositive, con el que se reclamaba la autoestima de los cuerpos y la validez de las personas al margen de su aspecto físico. Y, aunque dicha corriente ha alcanzado una nueva popularidad gracias a las redes sociales y su altavoz, su recorrido se remonta más allá de la invención de los smartphones.

La reforma de vestimenta victoriana, a finales de la época, promulgaba el uso de atuendos más prácticos y saludables, amén de la libertad del cuerpo femenino por encima de las exigencias estéticas. Pero el movimiento bodypositive, como lo conocemos hoy, despuntó en los años 60, nacido de la lucha contra la humillación de la gente gorda. Fue el ensayo “More people should be fat” (Debería haber más gordos) de Lew Louderback el que despertó una rebelión a favor de la aceptación de la gente con sobrepeso. Tras eso, se formó en Estados Unidos la NAAFA, asociación a favor de la dignidad de la gente gorda.

Cuidarse en tiempos de pandemia bodypositive

Una de los prejuicios más erróneos que se tiene sobre el movimiento bodypositive es la supuesta glorificación de la obesidad. Nada más lejos que esto, el objetivo es desmontar la falacia de la delgadez como indicador infalible de buena salud, denunciar la peligrosidad de las dietas relámpago y luchar contra la estigmatización que sufre la gente gorda, a la vez que se reivindica un estilo de vida saludable, independientemente de la morfología corporal. Con el tiempo, el bodyposivity se ha ido extendiendo a una mayor diversidad de personas cuyas características físicas son consideradas tabú: la discapacidad física, la mastectomía, estrías, celulutis, arrugas y un largo etcétera. En una era donde estamos sometidos a un constante bombardeo de idealismo photoshopeado, este movimiento nos recuerda que nuestra validez no está sujeta a la quimera que nos venden en los medios.

La presión estética en tiempos de supervivencia

El coronavirus ha interrumpido una vida cotidiana en la que el cuidado físico y las preocupaciones estéticas tenían su lugar, a la vez que ha alterado la escala de prioridades. Y, no obstante, la angustia por la supervivencia propia y por la situación global no entra en conflicto con las inquietudes frívolas. Para colmo, tras el estado de alarma, prosigue una tónica de optimismo imperativo a través de la cual se pretende que continuemos siendo productivos al 100%, ignorando el impacto emocional que la cuarentena ha causado en la población.

En estos días han proliferado mensajes motivacionales como “Aprende a tocar un instrumento”, “Perfecciona tu inglés”, “Escribe esa novela para la que nunca has tenido tiempo”… Y, entre estos consejos, no han faltado otros tantos para seguir cuidando nuestro aspecto, a pesar de que ya no tenemos acceso a salones de belleza, gimnasios y peluquerías.

Bodypositive en tiempos de cuarentena 2

La factura psicológica que está pasando el confinamiento se refleja también en lo físico. Mireia Cabero, profesora colaboradora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC, resalta cómo la vida activa forma parte de nuestra condición humana: «el estado natural de las personas es la libertad, y esta es la situación a la que todos queremos regresar. Somos seres sociales, de acción, de vida exterior».

Nuestra rutina ha sufrido cambios inevitables fruto de un sedentarismo absoluto y forzado: alteraciones en la regularidad del sueño, en la dieta y en la propia forma física. Esto despierta el fantasma al que hemos temido en la última era: el miedo a engordar.

Bodypositive en tiempos de cuarentena

Dicho temor no es sólo debido al detrimento de la salud, si bien el colesterol y la diabetes pueden manifestarse incluso dentro de un índice de masa corporal normal. Somos conscientes de las consecuencias sociales que traen ciertos kilos de más, bien porque las hemos experimentado o presenciado.

Por ello, reclamar el amor propio y el cariño a nuestros cuerpos es muy necesario, sobre todo cuando la ansiedad y la frustración hacen mella en una salud de la que somos más conscientes que nunca. Es natural vernos descuidados cuando no tenemos acceso a todos los cuidados estéticos que se exigían de nosotros para estar presentables y aceptados en sociedad. Merecemos querer y aceptar nuestros cuerpos incluso si no cumplen con los cánones porque, más importante que eso, sí cumplen con su función principal: mantenernos vivos.