¿Qué tienen en común una marca, un invento tecnológico y una teoría científica? Son ideas, ideas ordenadas a las que se les ha dado forma. Y detrás de toda idea, hay siempre una mente pensante –aunque Platón no estaría muy de acuerdo–, por eso nos hemos propuesto poner el foco cada semana en uno de esos nombres propios y preguntarnos: ¿quién es…? Comenzamos con Donna Haraway.

Bióloga, filósofa, profesora, feminista… Donna Haraway es, ante todo, una pensadora al servicio de los tiempos, del momento en el que vivimos. En sus análisis aporta una visión única en la que se entrecruzan biología, economía, política, cultura, feminismo y ciencia ficción. Desde esta perspectiva, ha abordado aspectos de la primatología y la biología del desarrollo, pero también temas tan dispares –y a la vez tan actuales– como la relación entre humanos y tecnología, el lugar de la mujer en la ciencia y el cambio climático.

[Donna Haraway y su perro Cayenne. Fuente: Rusten Hogness / CC BY-SA]

Nacida en Denver (Colorado) en 1944, Haraway creció en un contexto católico, puesto que su madre era de origen irlandés. De hecho, durante su adolescencia se implicó en la derecha cristiana, una postura política de la que se alejó poco después. En 1997, Hari Kunzru escribió sobre Haraway que era una veterana de la contracultura de los años sesenta y que tenía “esa aura de sabiduría ligeramente cínica que obtienes si pasas el tiempo suficiente luchando por causas de izquierda”.

Tras graduarse en Zoología en el Colorado College, Haraway estudió el doctorado en el Departamento de Biología de la Universidad de Yale, donde comenzó a interesarse por la forma en que la ciencia forma parte de la política, la cultura, la religión y el lenguaje en general, más que por la biología experimental en sí. Y esta ha sido la base de toda su carrera.

La obra que puso a Haraway en el panorama internacional fue el Manifiesto cíborg, publicada por primera vez en 1985, cuando ya era profesora de la Universidad de California (allí dirigió la primera cátedra de teoría feminista de Estados Unidos). En el Manifiesto ciborg se aprecia el estilo irónico –y no especialmente transparente– de Haraway, que heredó de su padre periodista. De hecho, ella misma define su noción de cíborg como un “irónico mito político”.

[Trailer “Donna Haraway: Story Telling for Earthly Survival”]

La unión del humano y la máquina

“¿Por qué los límites de mi cuerpo deberían coincidir con los de mi piel?”, se preguntaba Haraway en el Manifieto cíborg. He ahí la cuestión. La profesora emérita estadounidense argumenta –ya en la década de 1980– que la relación entre las personas y la tecnología es tan estrecha que no es posible distinguir dónde termina el ser humano y dónde empiezan las máquinas. Y no habla de un futuro quimérico, sino del presente, del presente de 1980 y del actual.

Para Haraway, somos cíborg en la medida en que formamos parte de unas redes híbridas de personas y máquinas. Por ejemplo, es evidente que formamos parte de esas construcciones cibernéticas al conectarnos a internet o al trabajar en cadenas de producción automatizadas, pero las redes también están dentro de nuestro propio cuerpo. ¿Acaso no tomamos medicamentos o alimentos transgénicos? “La tecnología no es neutral. Estamos dentro de lo que hacemos y lo que hacemos está dentro de nosotros”, le explicaba Donna Haraway a Kunzru.

No obstante, la noción de cíborg no solo elimina los límites entre humano y tecnología, sino que va un paso más allá. Supone acabar con todas las clasificaciones binarias que caracterizan la percepción moderna del mundo: máquina y organismo, cultura y naturaleza, hombre y mujer… todas ellas han sido digeridas tecnológicamente y esto tiene implicaciones políticas.

[Humani Victus Instrumenta / Public Domain]

Continuando con esta unión entre humano y tecnología, Haraway analiza desde un punto de vista crítico la forma en que la biotecnología influye en la construcción de nuestros cuerpos. Testigo_Modesto@Segundo_Milenio.HombreHembra©_Conoce_Oncoratón (1997) es el ensayo en el que acomete esta revisión crítica, que la hizo merecedora del premio Ludwik Fleck. En él también reflexiona sobre los prejuicios masculinos en la cultura científica, una herencia secular por la que la mujer ha sido desdeñada como testigo modesto, es decir, como ser capaz de dar fe de los hechos sin interpretarlos subjetivamente.

La Donna Haraway de hoy

Haraway nunca ha abandonado la relación entre lo humano y lo no humano, encarnado primero en la tecnología y últimamente en el planeta Tierra. En una entrevista a The Guardian el año pasado, Haraway aseguró que actualmente está centrada en “las crisis de extinción y exterminación de escala global, en los desplazamientos humanos y en los no humanos y en el desamparo”. Y así lo reflejan en uno de sus últimos libros: Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chtuluceno (2017).

Siempre al paso con los tiempos, Haraway aborda la crisis climática y critica el concepto de Antropoceno, la época geológica actual, la “Edad de los humanos”. En su lugar propone la noción de Chtuluceno, término que pone de manifiesto la influencia de la ciencia ficción en la obra de la bióloga estadounidense –Cthulhu es el núcleo del universo mitológico creado por el escritor H.P. Lovecraft–.

[Donna Haraway en 2016. Fuente: Fabbula Magazine / CC BY]

En contraposición al Antropoceno, el Chtuluceno aboga por una perspectiva multiespecie, en la que los seres humanos no son los únicos protagonistas. “Eso es un giro radical que nos hace pensar desde un lugar muy distinto: con Haraway se desmorona esa separación entre la ciencia como lo objetivo y la narrativa como lo subjetivo”, explica a El Salto Helena Torres, traductora habitual de los trabajos de Haraway al español.

Ante todo, Haraway invita a seguir con el problema, a evitar caer en el cinismo y la desesperación. “No hay solución [a la crisis climática], hay que permanecer en el problema”, sentenciaba tajante en una entrevista a El País. Haraway rechaza firmemente tanto la confianza ciega en la tecnología como la profecía autocumplida por la que no hay nada que hacer. Ella cree en la imaginación.

Si la ciencia ficción predijo la unión entre humano y máquina antes de que se convirtiese en realidad, por qué no tirar de imaginación también para auxiliar a un planeta que no tardará en agonizar. Eso sí, más vale que la imaginación conduzca a proyectos concretos y no se quede en simple abstracción.