Nayib Bukele solo llevaba una semana gobernando en El Salvador cuando publicó esta declaración de intenciones. Al menos 66.000 ‘me gusta’ después (y a falta de cualquier tipo de competencia) se podría decir que el dirigente se hizo con la presidencia de la red social.

Pero esa primera semana de su legislatura también marcó un antes y un después en el papel que juega Twitter en la gobernanza de un país. En un mundo pre pandemia, cuando todavía no podíamos soñar con quedadas entre Miley Cyrus y Pedro Sánchez, Bukele ya había convertido la red en su terreno de juego: decisiones administrativas, recortes de presupuestos y hasta despidos en directo.

Sus ministros parecían competir por quién era capaz de contestar antes a sus órdenes con un tweet dándole coba. “Ahorita mismo Presidente” o “Su orden se ejecutará” eran algunas de las respuestas inmediatas de su administración.

Su cuenta de Twitter, @nayibbukele, tiene actualmente 2 millones de seguidores, que son bastantes si lo comparamos con nuestro propio presidente que tiene 1,4 millones, pero en proporción son muchos más si tenemos en cuenta que El Salvador tiene 6,4 millones de habitantes y solo el 9% de ellos utilizan Twitter.

En los últimos años habíamos visto como la red se convertía en una herramienta cada vez más importante para los líderes mundiales. Donald Trump, Bolsonaro, y con ellos la mayoría de políticos de ultra derecha, han sido los que más han recurrido a esta vía para definir sus posturas y comunicarse con el gran público. Sin embargo, hay algo diferente en Nayib Bukele. La juventud, el uso del humor y la ironía y el mayor conocimiento del terreno digital le permiten desenvolverse mucho mejor por internet, dibujando una ilusión de transparencia de su ejecutivo.

De publicista a presidente

Pero ¿cómo ha llegado hasta ahí? La historia del clan Bukele en El Salvador se remonta cien años atrás, cuando Humberto Bukele, el abuelo de Nayib, emigró desde Palestina. Una vez ahí tuvo cinco hijos. Uno de ellos, Armando, fue una figura celebre en el campo de la Química Industrial y, según el propio presidente, llegó a ser candidato para ganar un Premio Nobel.

Además de químico, Armando Bukele construyó un imperio empresarial en el que fue colocando a su prole. Nayib hizo lo propio y abandonó pronto sus estudios en Derecho en la Universidad Centroamericana y asumió su papel en la empresa de publicidad familiar, convirtiéndose en uno de los publicistas más demandados del país.

[Ilustración de Irene Gamella]

Pero las ambiciones del actual presidente iban mucho más allá. Las simpatías izquierdistas del patriarca Bukele pusieron a Nayib en contacto con las guerrillas de El Salvador desde muy joven e hicieron que aflorará su figura política.

Apoyado por la izquierda y el FLMN se convirtió en el alcalde de San Salvador, pero si algo define en la actualidad al presidente es su desvinculación de las siglas tradicionales. Su campaña presidencial se basó en un ataque a la clase política en el que metía a todos en el mismo saco, como ya antes hicieron otros nacionalpopulistas.

Sus apoyos para las elecciones viraron de tal manera que el partido que le llevó a ser presidente del país fue GANA, caracterizado por apoyar el endurecimiento de la seguridad carcelaria, la pena de muerte, el paramilitarismo y otras políticas tradicionalmente conservadoras.

Su victoria rompió con el bipartidismo entre la derecha de ARENA y FLMN, que habían gobernado durante los últimos 30 años.

Nayib Bukele no solo se alzó con la presidencia hace un año, sino que además sus cifras de aprobación popular parecen una obra de ficción: las diferentes encuestas sobre la popularidad del mandatario rondan el 90%. Incluso su gestión de la crisis sanitaria de la COVID-19 ha mantenido esas valoraciones intactas. Lo más sorprendente es que su éxito se mantiene incluso cuando el presidente hace saltar las alarmas de todo el planeta.

Éxito contra los derechos humanos

A finales de abril las imágenes de las cárceles salvadoreñas impactaron al mundo. La propia administración de Bukele quiso mostrar a los presos semidesnudos y amontonados, con nuevas restricciones que impedían que se comunicaran de algún modo con el exterior y que obligaba a los reclusos perteneciente a las pandillas mezclarse con los clanes enemigos.

La justificación estaba en el repunte de las muertes violentas que se había dado en los últimos días en el país. El Gobierno apuntaba a que se trataban de crímenes ordenados desde el interior de las prisiones y que las maras estaban aprovechando la crisis del coronavirus para actuar mientras la policía tenía otras preocupaciones.

El descenso de la violencia en El Salvador había sido su seña de identidad durante el primer año de la legislatura, con tal importancia que días antes del repunte violento Bukele había celebrado (por Twitter, por supuesto) una jornada con cero homicidios y ninguna víctima de la pandemia.

Desde las organizaciones humanitarias se ha criticado la situación creada por Bukele en la cárcel y han señalado que, de continuar bajo esa presión, los presos podrían amotinarse y reaccionar con una violencia mayor.

Además, desde Human Rights Watch alertan de que se está incitando a la fuerza letal a manos de las autoridades y que esto podría acabar con ejecuciones y abusos por parte de la policía del país, donde ya hay antecedentes de este tipo de conductas. Algo que se contrapone por completo a la demanda actual en el resto del planeta que, a causa del movimiento estadounidense de Black Lives Matter, busca una reducción de los abusos policiales.

Durante años El Salvador se ha mantenido en los puestos más altos del ranking de países más violentos de todo el mundo. Gran parte de la culpa recae en sus dos mayores pandillas: la Mara Salvatrucha (MS-13) y Barrio 18, que con al menos 70.000 miembros se dedican a delitos de extorsión y narcotráfico, entre otros.

Bukele ha acusado a la clase política de proteger a estos grupos e incluso de beneficiarse del narcotráfico. Pero también se ha empeñado en las acusaciones de corrupción (su consigna más repetida en campaña fue “Devuelvan lo robado”) y de nepotismo, llegando a despedir a familiares de los diputados de ARENA y FMLN de sus cargos públicos.

Sin embargo, en una de esas ocasiones el despedido fue José Roberto Peña, presunto hermano de Lorena Peña, a lo que la ex diputada de la izquierda salvadoreña respondió con otro tweet: “Todos mis hermanos fueron asesinados por la dictadura militar. ¡Respete! ¡Y deje de mentir!”.

Cómo viralizar el autoritarismo

El deje megalomaníaco y autoritario del presidente también le llevó a militarizar el parlamento, en el que no cuenta con mayoría para lograr aprobar sus planes de seguridad, una acción que los diputados llegaron a catalogar como un intento de golpe de Estado.

Durante el confinamiento y en una entrevista por Instagram Live (otra de las herramientas virtuales que domina a la perfección el mandatario) llegó a confesar por primera vez, y ante la pregunta del rapero puertorriqueño Residente, que la presencia militar en el pleno buscaba presionar al órgano legislativo.

En esta entrevista aclaró también sus posturas conservadores con respecto al matrimonio homosexual, el lenguaje inclusivo y el aborto. Ya que a pesar de sus inicios en la izquierda política, el mandatario piensa que la legalización del aborto se considerará en el futuro como un gran genocidio.

La entrevista la siguieron 56.000 personas, casi una cuarta parte de las que dieron like en Instagram al selfi que Bukele se hizo en su primera intervención en el estrado de la Asamblea General de la ONU dejando claro que toda su comunicación se basa en el poder de las redes sociales: “Créanme, muchas más personas verán esta selfi que las que escucharán este discurso”.

A pesar de la baja actividad en Twitter de los salvadoreños y de sus acciones más cuestionables, la popularidad de Nayib Bukele continúa intacta y para muchos sigue siendo “El Presidente más guapo y cool del mundo mundial”, como él mismo se definió durante un tiempo en su biografía de (evidentemente) Twitter.