De que la belleza está en los detalles puede uno convencerse visitando la Alhambra, único monumento en el mundo que contiene, en múltiples colores y decorados, adornando esquinas diminutas o preciosos arcos, todas y cada una de las 17 composiciones simétricas posibles de realizar en dos planos, No insistiré en esa vía: lo bello no necesita comentario. Ahora bien, que, además de belleza, los detalles más nimios pueden contener la solución a una pandemia quizá si merezca una breve explicación: el Remdesivir es el primer fármaco aprobado contra la COVID-19 y su mecanismo de acción es una filigrana molecular.

Manual con malas intenciones para colonizar una célula

Para entender cómo funciona el Remdesivir hemos de comprender primero cómo funciona el virus en circunstancias normales. Toda la intención del virus es crear múltiples nuevas copias de su material genético, colonizar más células y repetir el proceso para continuar expandiéndose. Ahora bien, en este proceso se encuentra con el primer y serio inconveniente: el virus no es capaz por sí mismo de generar tales nuevas copias. Por esta razón necesita que nuestra célula lo haga por él. Atención a la jugada, que no es menor. El virus necesita —y, spoiler, consigue— que nuestra célula deje de fabricar sus propios componentes y su propio material genético y pase a fabricar los propios del virus.

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¿Cómo lo hace? Toda vez que el virus ya está dentro de nuestra célula se encuentra con el primer problema: el tipo de material genético. El material genético de nuestra célula es ADN y cada vez que la célula necesita copiarlo hace uso de unas proteínas llamadas polimerasas. Estas  polimerasas polimerizan la molécula de ADN como si de un polímero se tratase, añadiendo una unidad detrás de la otra hasta copiar la molécula de ADN. Sucede que el material genético del SARS-CoV-2 no es ADN, sino ARN y estas polimerasas no son capaces de copiar el ARN sino solo el ADN. ¿Punto muerto? Negativo. El material genético del virus contiene las instrucciones para fabricar una polimerasa especial capaz de copiar el ARN y así generar nuevas partículas virales.

Así aparece el segundo problema para el virus: ¿cómo conseguir que una mera secuencia de ARN, unas simples instrucciones de fabricación, se transforme en una proteína polimerasa? Ladies and gentleman, les presento a los ribosomas. Los ribosomas, parte fundamental de la maquinaria de nuestra célula, se encargan de convertir el ARN en proteínas, justo lo que el virus necesita. Toda vez que el ARN vírico está dentro de nuestra célula, solo tiene que —literalmente— toparse con uno de estos ribosomas. Gracias a que tenemos del orden de 10 millones de ribosomas por célula, tal encuentro no es del todo improbable. Et voilá, misión cumplida y atención al trabalenguas: nuestro ribosoma lee en el genoma viral las instrucciones de fabricación de polimerasas especiales de ARN. Toda vez fabricadas, estas son capaces de leer el resto del genoma del virus y así fabricar el resto de la maquinaria necesaria para crear una partícula viral.

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En dos pasos el virus se ha hecho con el dominio de la célula y la tiene fabricando para sus propios intereses. Pero hay un detalle más. el SARS-CoV-2 tiene otra arma secreta: la herramienta correctora. Caminando justo por detrás de la polimerasa de ARN, mientras esta cumple su función de copiar el genoma del virus, está la herramienta correctora. La función de tal herramienta es asegurarse de que la polimerasa de ARN no se ha equivocado en el proceso, que donde dice casa, la polimerasa no ha escrito pasa ni tasa, ni masa ni gasa, ni tampoco asa. Gracias a esta herramienta correctora, antivirales diseñados para entorpecer o arruinar el proceso de copia del material genético del virus no han funcionado porque esta herramienta descarta las malas copias.

Remdesivir, aprovechando el fallo del enemigo

El Remdesivir es un fármaco originalmente diseñado por la compañía farmacéutica Gilead Sciences contra virus como el de la Hepatitis C o el Virus Respiratorio Sincitial (VRS), ambos virus con genoma de ARN, como el que nos ocupa. Posteriormente, se ensayó contra el virus del ébola, así como contra el SARS-CoV-1 y el MERS con resultados más que variables.

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¿Cómo funciona el Remdesivir? Los científicos que lo inventaron se fijaron en que la herramienta correctora era buena pero no era perfecta. Este antiviral consiste en una molécula tremendamente parecida a las que la polimerasa de ARN necesita añadir al copiar el material genético del virus. Cuando la polimerasa incorpora (erroneamente) redemsivir en lugar de la molécula que debería, ni siquiera la herramienta correctora es capaz de detectar el cambio.

Volviendo al símil de la palabra, añadir Remdesivir haría que se leyera kasa en lugar de casa. Si el Remdesivir no fuese justo lo suficientemente parecido para que la polimerasa lo incorpore como si tal cosa y sin que la herramienta correctora lo note, pero también lo suficientemente distinto como para hacer inservible esa unidad de material genético, el invento no funcionaría. De este modo se dificulta la creación de nuevas partículas virales y por tanto se ralentiza la progresión de la enfermedad al tiempo que se permite a nuestras propias defensas ganar terreno y, eventualmente, vencer al virus.

¿Antivirales o vacunas?

Llegados a este punto cabe preguntarse ¿y todo esto para qué, no sería mejor centrarse en investigar una vacuna y no un antiviral? La duda sería comprensible: si se crea una vacuna que prevenga el contagio, no habría que desarrollar nada para curar tal enfermedad. El lector habitual de esta columna es seguro conocedor de esa idea no por muchas veces repetida, aún suficientemente asentada, a saber, que en los sistemas vivos pocas veces encajan las explicaciones todo o nada, blanco o negro, A o B. Se trata más bien de un equilibrio dinámico armónico las más de las veces pero no siempre, William Turner y no Mondrian, el carnaval de Venecia y no la planta cuarta de cualquier ministerio.

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La respuesta es antivirales y vacunas. Hay dos razones fundamentales por las que tiene sentido desarrollar un antiviral. La primera es de orden temporal: se desconoce cuándo va a llegar —o siquiera si va a llegar— una vacuna efectiva contra la COVID-19. Entre tanto y precisamente por la incertidumbre y sus consecuencias, permanecer de brazos cruzados sería irresponsable. La segunda refiere a si va a estar disponible para todos, y de cuánto de duradera será la inmunidad que genere. En otras palabras, el riesgo cero no existe y aún con una vacuna efectiva y ampliamente distribuida pueden darse casos de contagio de la COVID-19. Hemos de estar preparados para ese escenario.

El Remdesivir es el primer antiviral aprobado contra la COVID-19. Y me atrevo a decir que no será el único ni el último. Existen otras opciones, como los cócteles de anticuerpos monoclonales, cuyos resultados aún esperamos. Va de suyo que cada día y cada vida cuentan. Se ha dicho, o peor, se ha escrito que los científicos (sic) habían fallado al mundo al no estar preparados para esta epidemia. En un mundo ideal en que Leonard Cohen estuviese a punto de sacar nuevo disco y el Estadio Vicente Calderón no estuviese derruido, quizá tendríamos todas las medicinas antes siquiera de necesitarlas.

En este nuestro mundo hemos tardado menos de 7 meses en encontrar una herramienta contra lo desconocido: hasta Woody Allen necesita al menos un año para hacer una obra maestra.