Dice mi amigo Pedro Toro que “de opinar también se sale”, pero parece que es más complicado eso que dejar la heroína. Y ojo, que opinar libremente es de ley, pero siempre y cuando el respeto esté por delante.

Las redes sociales se han convertido en ese demonio vestido de ángel -como decían «Los Calis»-, un sitio que a priori parece bonito y divertido, pero no siempre lo es.

Los debates en Twitter ya -casi- no existen porque a muchos les ha invadido una necesidad imperiosa de dar su opinión de manera muy poco respetuosa, sin por supuesto pensar (o sí) en el daño que pueden causar a quien la recibe.

Y sí, he utilizado “dar su opinión” como eufemismo de “atacar sin mesura a todo aquel que no piense igual que yo”. ¿Haríamos eso por la calle? ¿En un restaurante? Salvo que tengas problemas de conducta social la respuesta es no.

¿Los motivos por los que algunas personas actúan así? Pueden ser muchos, pero me inclino a pensar que el  principal es que el escudo del anonimato es muy goloso.

Si hablamos de ejemplos prácticos yo misma podría hablar en primera persona, ya que he sufrido de una gran cantidad de ataques completamente gratuitos por publicar cosas tan neutrales como un vídeo de mi gata; sin embargo, decidí preguntar a Twitter algo tan sencillo como “¿alguien que haya que sufrido ataques gratuitos en Twitter me quiere contar por privado? Lo que ocurre a continuación te sorprenderá…

Y es que en cuestión de minutos mis DM´s de Twitter colapsaron y me sentí casi más una psicóloga ofreciendo terapia gratis, que una periodista en busca de testimonios. No puedo reflejarlos todos aquí porque este texto sería interminable, así que agradeciendo a todos aquellos que decidieron contarme su caso, os contaré algunos de los que más me han impactado.

Un caso muy sonado

Una de las primeras personas en contactarme fue Rubén Sánchez, conocido por ser el portavoz de FACUA. El caso de Rubén fue bastante sonado ya que no solo acaparó portadas, sino que supuso una condena sin precedentes relativa a un caso de acoso en las redes sociales. Esto, sumado a su puesto de portavoz de una organización como FACUA, ha hecho que todo lo que Rubén dijera en Twitter se convierta para siempre en alimento para los troles.

Rubén me contaba que “uno está acostumbrado a recibir ataques como puede suceder en la vida cotidiana, pero cuando los ataques de individuos anónimos son continuados generan una situación de angustia distinta”. Además Rubén explica que hay toda una red de personas que intentan difamarle a él y a su mujer e incluso, que colocan “cebos” para intentar engañarles y luego publicar las conversaciones en las redes. “Han llegado a decir que mi mujer es prostituta y que yo soy pedófilo”.

El caso de Rubén puede parecer especialmente grave porque es un personaje público, pero desafortunadamente no tienes que salir en las noticias ni en la prensa para que la ira de Twitter caiga sobre ti cuando menos te lo esperas.

Tratando de entenderlo

Vamos con un dato antes de seguir con los testimonios: un estudio elaborado en 2018 por la escuela de medicina de la Universidad de Harvard determinó que el sentimiento de ira es el más influyente en las redes sociales, superando por mucho a la alegría o a la tristeza.

Además, aquí entra en juego otra pieza fundamental en materia de exacerbar el odio y la falta de respeto: el efecto Dunning-Kruger. A grandes rasgos, este efecto provoca que una persona crea que es un experto en algo cuando claramente no lo es. De este modo, en las redes sociales los “Dunning-Krugers” son aquellos que se dedican a apuntar sobre absolutamente todo lo que leen aunque no tengan ni idea, mientras que los expertos reales -en las materias en cuestión- seguramente estén más ocupados siendo expertos de verdad que en estar desacreditando a desconocidos en Internet.

Por lo general, aquellos que sufren de este sesgo cognitivo que les otorga esa superioridad ilusoria suelen ser además déspotas, sarcásticos y violentos a la hora de dar su opinión. Twitter, ¿eres tú?

Atacar por atacar

Entre algunos de los mensajes que recibí en mi llamamiento dentro de la red social de microblogging me llamó la atención el de un usuario (al que mantendré como anónimo) que me contó una situación dantesca. “Una vez puse que no me gustaba una voz para un personaje de un videojuego y al día siguiente una cuenta con muchos seguidores había hecho un hilo amenazándome y diciendo cosas como que era un inculto y un gilipollas”. Apunte: ¿Son los hilos el gran mal de nuestra era? Yo creo que sí.

Pero lo de este usuario no es un caso aislado; otra chica me contó que “se metieron con mi físico por hacer un chiste de Murcia siendo yo murciana” y otro que respondió a un terraplanista diciéndole “que su argumento era falso con pruebas para demostrarlo y a día de hoy aún me siguen llegando insultos que van desde llamarme tonto o ignorante, hasta decirme que soy judeomasónico y que estoy ciego ante las evidencias”.

Las amenazas de muerte las regalan

Que te acusen de judeomasónico en Twitter es algo que si bien te puede afectar, no genera ni un ápice de la ansiedad que el hecho de recibir amenazas de muerte de desconocidos. Un compañero de profesión, José Manuel Bringas, me contaba que él tuvo que pasar por esto después de publicar una crítica sobre un videojuego.

“Hace cosa de 7 años salió la PS4 y a mí me pilló trabajando en prensa de videojuegos, concretamente en IGN. Estaba en el E3 viendo a puerta cerrada el Killzone: Shadow Fall y saqué un texto de impresiones con base a lo que nos habían enseñado. No fue un juego muy espectacular, y eso fue lo que comenté, que me pareció normal y que, salvo el salto técnico, no vi nada que me sorprendiera”.

“Pues bien, hubo un par de personas que me buscaron en redes sociales y comenzaron a decirme que me iban a matar. Que iban a averiguar dónde vivía y me iban a rajar. Que no tenía ni puta idea de nada, que cómo era posible que escribiera de eso y que mis días estaban contados”.

¿Cómo enfrentarse a esto?

Parar a una masa enfurecida es complejo y los que usamos Twitter a diario sabemos que la cosa desde hace unos años hasta ahora no ha hecho más que empeorar -y es posible que lo siga haciendo-.

Quizás la primera idea que nos viene a la cabeza cuando recibimos un ataque gratuito en esta o cualquier otra plataforma es la de tirar la toalla y no usarla nunca más. Pero haciendo eso nos perderíamos lo bueno que tiene Twitter como los memes que surgen de cualquier situación por catastrófica que sea, o la colaboración entre usuarios que hace que muchos animales abandonados encuentren un hogar.

https://twitter.com/stophaters_/status/1024746129236418561

Si sientes que te acosan o el simple comentario de un posible “Dunning-Kruger” se pasa de la raya, debes saber que sus ataques pueden tener consecuencias para ellos. Desde Stop Haters, la primera asociación creada en 2018 para defender a las personas afectadas por el acoso en internet, aseguran que cuando alguien nos ataca más de tres veces, sea por la vía que sea (un tweet, un comentario, un mensaje privado) es denunciable, ya que la ley lo considera como acoso, y por ende, un delito.

Y es que una cosa es opinar, otra ofender y otra aún más diferente, atentar contra la integridad física o moral de una persona.