¿Nos augura la computación cuántica el fin de la era digital? Todavía seguimos procesando dicha realidad digital que vivimos, e incluso ha tenido que llegar el covid para aprender a sacarle partido. Y sin embargo, podemos estar relativamente cerca de reformular una forma de pensar que ha condicionado mucho el tipo de sociedad en la que vivimos por el modo de organizarnos. No sabemos cuánto va a tardar, pero es una carrera de gigantes a contrarreloj y corporaciones de la talla de IBM auguran resultados pronto.

¿Somos conscientes de los cambios sociales que conllevaría? ¿Tenemos siquiera capacidad para imaginarlo? Seguramente no, como tampoco pudimos prever en el siglo pasado como el acceso universal a la información iba a suponer un nuevo cambio económico y sus consecuencias en el estado del bienestar y la identidad colectiva por tener un smartphone en el bolsillo. Ponerse a elucubrar sobre estas cuestiones es como intentar intuir un color que no está en nuestro alcance del espectro visible, pero tenemos algunas pistas de lo que podría acontecer.

Pensemos que la computación cuántica no se basa en algebra booleana, o en el sistema binario de unos y ceros, sino en estados cuánticos que se dan en dimensiones nanométricas y subnanométricas. Ya no depende de un circuito basado en silicio, sino en una variedad de sistemas que pueden generar estos estados tan particulares. Estamos ante el salto de abandonar un lenguaje de civilización basado en bits (0, 1) para pasar a qubits, estados cuánticos de spin que pueden albergar el 0 y el 1 al mismo tiempo, con una proporción 2 n . Por ejemplo, 13 bits pueden albergar 13 resultados, pero 13 qubits entregan la no despreciable suma de 8192 resultados (213). Y lo que es más, todo ello con una rapidez de cálculo vertiginosa, pues los procesos cuánticos suceden a escala de femtosegundos, es decir, en la milbillonésima parte del segundo.

[La informática cambiará para siempre – Crédito: Unplash]

Esta revolución en el tipo de lógica no booleana y nuevos algoritmos puede ser clave para resolver los problemas de base matemática y no matemática. Recordemos que hasta hace bien poco había una lucha titánica por generar nuevos procesadores y supercomputadores para poder acortar los tiempos de cálculo. Así, se entiende que la competición al procesador más rápido haya pasado de los componentes de silicio de la microelectrónica a la generación de estados cuánticos en diferentes sistemas: trampas de iones, sistemas fotónicos, semiconductores, etc. Y esta nueva concepción puede ayudar a abrir camino a los cuellos de botella que sufre el Machine Learning o la Inteligencia Artificial: el número de variables a tener en cuenta en el diseño de algoritmos y su consecuencia directa, el tiempo de computación que toma cada proceso según sea diseñado.

Los avances en inteligencia artificial con este tipo de tecnología (y otras como el blockchain o el 5G) nos podrían ayudar a contemplar muchos posibles escenarios aplicando mayor cantidad de datos estadísticos. ¿Cómo sería una población que pudiera predecir el margen de probabilidad de una pandemia o de otro tipo de desastres? ¿Dejaríamos de vivir en la continua incertidumbre? ¿Supondría esto una mayor riqueza y estabilidad socioeconómica?

[Humano y máquina, un reto del futuro lleno de posibilidades – Crédito: Unplash]

Indudablemente se esperan avances en química y biología, ya que se podrían computar muchas más secuencias del genoma en paralelo, múltiples posibilidades de estructuras de moléculas de posibles fármacos, crear nuevos materiales, indagar en la cuestión de la fusión nuclear y formas alternativas de energía… Pero también en cuestiones de comportamiento humano y problemas sociales como la comparación del coste y beneficio con marcos diferentes en la asignación de recursos con muchas más variables, o en la búsqueda de soluciones a los grandes problemas de nuestro tiempo como el cambio climático.

¿Repercusiones en nuestra cosmovisión? ¿Nos acercaremos a las respuestas filosóficas del ser humano? Mayor información, más accesible y de calidad supone mayor grado de consciencia. No sólo desemboca en democratizar más servicios, sino en otra concepción económica e incluso del contrato social por la posible reorganización en la toma de decisiones colectivas. ¿Se hará realidad la tecnocracia? Y lo que es más, con el output de estos avances, ¿podremos por primera vez en la historia dejar de pensar siendo condicionados por las variables espacio-tiempo? No parece descabellado plantearlo. ¿No cambió AlphaGo la forma de entender el Go con la jugada 37 y redefinió nuestra concepción de creatividad? Podemos contemplar una especie que, integrada biológicamente con la tecnología o no, aprenda por analogía de las conclusiones de una máquina.

[El futuro no tiene por qué ser distópico/utópico – Crédito: Unplash]

Hay un sesgo contundente al hablar de diseño de futuro, parece que solo se puede tender a hablar de lo distópico o útopico. No obstante, los postulados mencionados evocan ese escenario propio de Star Trek donde ya no se opera con dinero porque al haber un coste de producción tan bajo, hay una abundancia tal que toda la población tiene barra libre de todo. De todas formas cabe preguntarse cuánto se puede retrasar esta predicción por esas barreras humanas y culturales. Ya que a día de hoy por incompetencia o falta de visión no hemos sabido introducir las herramientas disponibles de forma eficiente en el sector privado y menos todavía en el público. Nos encontramos muchas limitaciones: queremos hacer inteligencia artificial pero no generamos suficiente volumen o no sabemos hacer una correcta trazabilidad del dato, queremos automatizar procesos pero no logramos hacer sistemas escalables de capacitación de personas para ello, queremos optimizar la producción industrial pero no asumir ciertos riesgos…

Quizá esto genere una brecha todavía más grande, quizá no, y nos ayude a alcanzar una moral global. Lo que está claro es que la carrera no espera a nadie. Hace unas semanas Google alcanzó la ansiada supremacía cuántica , logrando resolver un cálculo en 3 minutos y 20 segundos que a un superordenador le llevaría 10.000 años. ¿Y si no estuviéramos tan lejos de Star Trek?