La piel es el órgano más grande de nuestro cuerpo. Actúa como barrera entre el organismo y el entorno y, a la vez, nos pone en contacto con el mundo exterior. Que queremos ver a qué temperatura está el agua antes de darnos un chapuzón, metemos los pies o la mano. Que queremos comprobar el tejido de una camiseta antes de comprarla, la tocamos. E, igual que nos pone en contacto con el exterior, puede hacerlo también con nuestro interior. Un grupo de investigadores de la Universidad Estatal de Pensilvania ha desarrollado unos sensores que se imprimen sobre la piel y permiten monitorizar nuestra salud.

Hace tiempo que los tatuajes dejaron de ser solo estética para convertirse en un nuevo campo de pruebas. Hemos visto calcomanía dibujadas con lápiz que recogen datos biométricos aprovechando las propiedades eléctricas del grafito, tatuajes que cambian de color cuando detectan variaciones en el pH o en la glucosa e incluso una calcomanía de oro –con sello de Microsoft– que hace las veces de superficie táctil. Sin embargo, este grupo de investigadores ha ido un paso más allá en la forma de impresión de circuitos sobre la piel.

La novedad está en que, en esta ocasión, el sensor ni se pega ni se tatúa –no introduce tinta bajo la epidermis–, sino que se imprime directamente sobre la piel y sin calor. La idea procede de un proyecto anterior en el que los mismos investigadores crearon placas electrónicas flexibles que se podían utilizar, por ejemplo, en prendas de ropa. El obstáculo para aplicar aquella técnica sobre la piel era la temperatura. Para unir los componentes metálicos del circuito –proceso denominado sinterización– hacía falta alcanzar los 300 °C, algo completamente insoportable.

Ante este impedimento, los investigadores pensaron en añadir una capa que ayudase a que las nanopartículas de plata del sensor se sinterizasen a temperaturas más bajas. Tras una primera tentativa que no logró reducir la temperatura lo suficiente, finalmente lograron unir los componentes a temperatura ambiente utilizando como ayuda una pasta de alcohol polivinílico, un compuesto muy común en máscaras faciales, y carbonato de calcio, presente en las cáscaras de huevo.

Esta especie de crema se utiliza para alisar la superficie de la piel y así poder imprimir, sin provocar quemaduras, una capa muy fina de patrones metálicos. El sensor, que se fija con aire caliente, mantiene sus capacidades electromecánicas al plegarse y es incluso resistente al agua tibia. En cambio, se elimina fácilmente con agua caliente, aunque, tal y como muestran los resultados publicados en la revista ACS Applied Materials & Interfaces, es reutilizable si se retira con cuidado.

Al estar en contacto con la piel, este sensor es mucho más preciso que otros desarrollados hasta la fecha. Permite monitorizar parámetros como la saturación de oxígeno en sangre, la temperatura y el pulso cardíaco. Además, se puede crear una red de sensores por todo el cuerpo. El siguiente paso es adaptar el sensor para detectar síntomas específicos asociados a enfermedades concretas, como podría ser la COVID-19.