Basta que tengamos restricciones de movilidad (véase la Covid en Madrid) para plantearnos la propuesta de valor que ofrece nuestra ciudad. ¿Cómo han cambiado los espacios públicos en las últimas décadas? ¿Y nuestra calidad de vida en ellos? ¿Y nuestra distribución y logística?

Y es que desde hace no tanto nos enfrentamos casi por sorpresa al inestimable reto que supone diseñar y gestionar urbes cada vez más frenéticas y superpobladas, pues de su funcionamiento depende, en gran medida, el futuro de la civilización. ¿Dónde se centraliza sino el crecimiento económico y el desarrollo tecnológico? Es un fenómeno donde entran
muchas variables en juego que requieren alinear intereses de todos los stakeholders clave: empresas, organismos públicos y sociedad civil.

Pero… seamos sinceros, si algo he aprendido de mi experiencia en innovación, e incluso del propio confinamiento, es que el concepto de SmartCity está ya obsoleto. ¿Nos hemos olvidado de lo que es una ciudad? Por definición, es un lugar de encuentro donde, por consecuencia, se centraliza la actividad. Y sin embargo muchas capitales han dejado de ser
espacios de convergencia para ser meras vías de paso a un sitio, cual matriz con compartimentos estanco. Tanto es así que ya muchas vías públicas no tienen ni bancos para sentarse por no taponar el borbotón de paseantes o para incentivar que estos consuman en cafés y restaurantes para poder sentarse y refugiarse de las inclemencias del clima. ¿En qué momento pasamos por alto que venimos de tribus? ¿Las prisas nos han hecho olvidar nuestros rituales, esa necesidad de conexión humana, de complicidad con el
conocido?

Hemos de repensar esos lugares que hemos abandonado, quizá por poner demasiado el foco en el consumo o por la inercia de construir sin una perspectiva trabajada. No debemos subestimar la importancia de los sitios de reunión de todo tipo (vecinales, culturales, para problemáticas sociales…). Merecemos concebir las ciudades como organismos vivos con sistemas de información que se retroalimenten según el feedback del transeúnte. Es decir, hacer del proceso un sistema para la expresión, para la conexión entre personas con la ciudad, para dar cabida a la propia humanidad de la especie.

Ya no sugerimos sólo materializar unidades inteligentes que se autorregulen con Big Data, sino ciudades digitales y en continuo movimiento humano, vivas. Las bautizaría como AliveCities, por tener vida propia, que puedan crearse y vivirse por los propios ciudadanos, haciéndolas suyas de verdad. Contemplo usar la tecnología para humanizarlas. En un horizonte no muy lejano estaremos conectados a la ciudad por wearables y así, nos comunicaremos con ella para que nos dé asistencia médica, recomendaciones según nuestro estado anímico, del tráfico…

Indudablemente, son muchas las disyuntivas a resolver a la hora de atajar los problemas cruciales ¿Cómo pavimentar Madrid y diseñar la circulación para el coche autónomo? ¿Qué implementaciones habría que hacer para fomentar el coche compartido? ¿Cómo habilitar el entorno urbanístico para una economía circular? Cuando comienza la lluvia de ideas me imagino un escenario donde las personas tuvieran más libertad y poder de decisión, creación y disfrute. Por ejemplo, en una urbe con smart urban art cualquiera podría aprovechar algunos ecosistemas habilitados para generar arte efímero, quizá proyectando las creaciones digitales que pudiesen hacer in situ.

Puestos a soñar, desearía más autonomía para consumir energías verdes y explorar vías de autosuficiencia en todos los sentidos, hasta con huertos urbanos en azoteas y plazas. ¿Qué mejor que revitalizar volviendo a los orígenes ahora que tenemos herramientas para hacerlo de forma óptima? Y no podría faltar el uso de ontologías, esos recursos para visualizar y consumir la información de manera sencilla y eficiente. Ya que nuestra realidad cotidiana se mezcla con la pantalla, cabe pensar: ¿cómo las ciudades usarán la domótica para la reproducción de infografías cuando el individuo interactúe con ella?

Para ello hay que preguntarse qué datos genera una ciudad, buscar métricas unificadas y explorar cómo usarlos en la toma de decisiones (incluso del diseño de la propia ciudad). En un escenario favorable estos deberían ser muy accesibles y sus estadísticas comprensibles por su disposición gráfica. Es el primer paso para hacer responsable y partícipe al ciudadano de lo que ocurre, dándole claridad para saber cómo mejorar. Esto haría viable el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible pudiendo responder colectivamente a interrogantes como: ¿Qué cambiar para disminuir las desigualdades sociales o de género? ¿Cómo generar espacios para inyectar una cultura de innovación y vanguardia?
¿Cómo la disposición o rediseño de ciertos servicios públicos puede combatir la contaminación? Da pie a soluciones creativas como el uso de pinturas fotocatalíticas y jardines verticales en fachadas.

¿Te imaginas que en lugar de informarte viendo el telediario te llegara un reporte de métricas (que no publicidad) acorde a tu rutina, intereses y al lugar donde vives? Serías más consciente de las necesidades de las personas de tu alrededor, de la gestión de residuos y contaminación, de la oferta cultural, de la vida vecinal… Ante este contexto sorprende el impacto de nuevas corrientes como la acupuntura urbana, que plantea mecanismos para drenar ciertos puntos consiguiendo maximizar el bienestar global. Por ejemplo descongestionando ciertas áreas, aplicando neuroarquitectura a construcciones con un especial cometido, reubicando zonas residenciales o de mucho transito en sitios estratégicos…

SmartCity o AliveCities El nuevo paradigma de las ciudades

De la disposición de una ciudad nacen las oportunidades para sus habitantes, de las conexiones entre los nodos de comunidades se materializa el progreso. Es como una casa, está en diseño continuo y es el momento de decidir qué ciudad queremos. ¿Una que aliente casuísticas individualistas o que induzcan brechas (como la concepción de un ocio basado exclusivamente en el consumo)? ¿O una que sea coherente con nuestra condición humana?

Y quizá, quien sabe, si acompañado de un diseño más consciente de ciudad proliferan las buenas prácticas de la digitalización como el teletrabajo y se consiga abordar la problemática de la movilidad. Quizá nuestros hijos verán fotos de aceras llenas de coches y atascos y lo sientan tan lejos como las pesetas. ¿Y tú? ¿Cómo concibes Madrid dentro de cincuenta o cien años? Y lo que es más… ¿Cómo vas a empezar a construirla?