El Senado chileno vivió la semana pasado una jornada histórica. En un Pleno virtual se presentó el miércoles un plan legislativo sobre neuroderechos que contó con el apoyo de todos los grupos políticos. De esta manera, Chile se ha convertido en el primer país del mundo en impulsar una legislación de este tipo. La propuesta, cuyo objetivo es proteger nuestro cerebro frente a los riesgos de la neurotecnología, consiste en realidad en dos proyectos que, una vez aceptados por el Senado, serán debatidos en el Congreso.

Por un lado, se pretende acometer una reforma constitucional que incluya en la carta magna la identidad mental como un derecho fundamental. El investigador español Rafael Yuste, especializado en neuroderechos ha sido uno de los impulsores de la iniciativa, junto al senador Guido Gerardi, que ha explicado así la enmienda constitucional: “elaboramos un proyecto de reforma constitucional con el fin de que nadie pueda intervenir tu cerebro sin tu consentimiento y que nadie pueda atacar tu intimidad”.

Por otro lado, el proyecto de ley sobre la protección de los neuroderechos y la integridad mental aspira a profundizar en la materia, garantizando, entre otros, el derecho a la identidad personal, a la privacidad mental y al acceso equitativo a las tecnologías de aumentación cognitiva. Gerardi compara la protección de los datos mentales con la de los órganos: “igual que con ellos, nadie puede intervenir el cerebro de manera ilícita, pues se considerará como tráfico”.

En la presentación del plan legislativo participaron personalidades de la comunidad científica que apuntaron a la urgencia de regular el asunto. “No podemos cometer los errores del pasado y usar los avances de la ciencia para producir daño a los seres humanos y a nuestro planeta, como lo fue la bomba atómica, la generación de plástico y los pesticidas”, señalaba Cecilia Hidalgo, presidenta de la Academia de Ciencias de Chile.

Neurotecnología: un arma de doble filo

La neurotecnología ha abierto una gran cantidad de posibilidades no solo a la ciencia, sino también a la economía. La aplicación de la tecnología al sistema nervioso brinda nuevas herramientas que permitirán una mejor comprensión del funcionamiento del cerebro y, en consecuencia, de las enfermedades psiquiátricas y neurológicas. Además, igual que ocurrió con el Proyecto del Genoma Humano, desde el punto de vista económico promete nuevas oportunidades.

Las grandes compañías tecnológicas son conscientes del potencial. De hecho, ya están invirtiendo miles de millones en la carrera neurotecnológica. Facebook, por ejemplo, está trabajando en el desarrollo de una interfaz cerebro-ordenador no invasiva y Microsoft también se ha interesado por proyectos encaminados a conectar nuestros cerebros con ordenadores. Precisamente ese es el objetivo de Neuralink, la empresa de neurotecnología de Elon Musk, que presentó a mediados de julio su último avance: implantar un chip durante dos meses en el cerebro de un cerdo para conectarlo a un ordenador.

A pesar de sus posibilidades, los riesgos de la neurotecnología para nuestra privacidad mental son también evidentes. Yuste, que participa en el proyecto Brain –financiada por Estados Unidos, es la mayor iniciativa a nivel global en el ámbito de las neurociencias–, recuerda que un laboratorio de Berkley (California) lleva desde 2008 “usando escáneres magnéticos para adivinar con creciente precisión en qué imagen está pensando un voluntario”. Y ese es solo un ejemplo: leer la mente ya es posible. “Sería posible usar la neurotecnología para leer la actividad cerebral de una persona o para interferir con su cerebro y cambiar su comportamiento. Esto no es ciencia ficción; es algo que ya hacemos con los animales de laboratorio y, tarde o temprano, se hará con los humanos”, añade el investigador.

Neuroderechos: proteger el futuro

Ante tal riesgo, la ética juega un papel esencial en el desarrollo de la neurociencia y la neurotecnología. Yuste participa en un grupo multidisciplinar formado por 25 expertos que trabaja para proteger a la humanidad frente a estos avances. “Propusimos añadir cinco nuevos derechos humanos sobre la Declaración Universal de Derechos Humanos de Naciones Unidas, que llamamos neuroderechos, los cuales servirán para proteger al ser humano del mal uso que se pueden hacer al estudiar y manipular el cerebro humano”, explica en una entrevista a Infobae.

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Estos cinco neuroderechos son los que recoge el pionero proyecto de ley chileno: El primero de esa lista es el derecho a la privacidad mental, que protege la actividad de nuestras neuronas, soporte de nuestro pensamiento, para que no pueda ser sacada de nuestro cerebro sin nuestro consentimiento. El segundo es el derecho a la identidad personal, necesario ya que, al conectar nuestro cerebro a la red, podemos dejar de ser nosotros mismos. El tercero es el derecho al libre albedrío, es decir, a tomar las decisiones que nosotros queramos. El cuarto es el derecho al aumento de la neurocognición, cuyo objetivo es garantizar un acceso equitativo y justo a esta técnica. Por último, el quinto neuroderecho es la protección de sesgos, encaminada a evitar cualquier tipo de discriminación.

La regulación debe ir por delante de la tecnología, esa es la manera de evitar abusos y violaciones, que aun así se darán. Chile ya ha dado un paso al frente, ¿quién le seguirá?