Ha sido la semana de una pregunta que se va a repetir cada vez más. ¿Cómo será la sociedad después del coronavirus? La constante de la incertidumbre, que ya estaba presente en nuestras vidas desde la crisis de 2007, se ha incrementado de la misma manera que se incrementa la presión del gas cuando se incrementa la temperatura del mismo. Ertes, cierres de empresas, bajadas continuadas en los mercados financieros, descoordinación en la respuesta que los países dan al coronavirus… todo apunta a que la incertidumbre va a acompañarnos durante mucho tiempo y, en nuestro afán de sentirnos seguros, leemos ávidos sobre los distintos escenarios que se producirán cuando esto termine.

¿Volveremos a ir al cine? Algunas productoras ya han cancelado el estreno de películas cuyo lanzamiento estaba próximo. ¿Cuándo volverán el fútbol, el baloncesto y demás acontecimientos deportivos que concentran a decenas de miles de personas en un espacio reducido? ¿Seguiremos yendo a trabajar a la oficina o podremos teletrabajar sin necesidad de que los inspectores de trabajo verifiquen que trabajar desde nuestra casa no pone en riesgo nuestra salud?

Podría seguir escribiendo preguntas sobre el futuro. Sin embargo, lo más perentorio es resolver el presente. Serán las decisiones que tomemos ahora las que marcarán la pauta de lo que seremos capaces de hacer cuando todo esto pase. El presente que vivimos es algo que ninguno de nosotros éramos capaces de imaginar hace apenas dos meses. Después de un mes sin apenas libertad de movimientos tal vez deberíamos preguntarnos más por el ahora y menos por el futuro. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿De qué forma podemos contribuir a que la situación mejore? ¿Es suficiente con quedarse en casa y salir a aplaudir a las ocho de la tarde día tras día?

He de confesar que nunca pensé que viviría una distopía, pero cuanto más pienso en la situación que estamos atravesando no puedo evitar hacer comparaciones entre lo que estamos viviendo y 1984, la novela de George Orwell. La tecnología permite comunicarnos entre nosotros, y que gracias a ello obtengamos una dosis de felicidad diaria, que, en combinación con una salida semanal al supermercado nos lleva a concluir que las cosas aún podrían ser peor. Vivimos anestesiadamente felices cuando probablemente deberíamos estar haciendo más preguntas de las que hacemos.

Me gusta escribir porque cuando lo hago una voz dormida despierta en mi cabeza. Trato de acallarla recordando a las víctimas que el COVID-19 ha dejado por el camino, entre ellas mi abuela de 94 años. Es necesario que nos adaptemos a las nuevas circunstancias en aras del bien común. Seguir con el estilo de vida que llevábamos antes de la crisis multiplicaría los casos y la devastación que estamos viviendo sería aún mayor. Sin duda, obedecer y seguir las normas con disciplina es lo que debemos hacer ahora mismo.

¿Cómo será todo después del COVID-19? Tal vez la cuestión no sea en tratar de imaginar cómo serán las cosas después de esta crisis. Quizás sería mejor preguntarse cómo vamos a cambiar cada uno de nosotros. Después de la crisis de 2007 la sociedad no cambió de manera significativa, vimos que se adoptaron medidas concretas para evitar que se volvieran a producir sucesos que pusieran el sistema financiero al borde del colapso. Sin embargo, los bancos centrales y los gobiernos han procurado que nuestro “modo de vida” continuara como si nada. La ansiada recuperación estaba a punto de producirse mientras se producían numerosos acontecimientos que seguían manifestando que algo seguía sin funcionar del todo bien.

Hasta que ha llegado un organismo microscópico a sacudir nuestra realidad. A impedirnos despedirnos de nuestros seres queridos y a poner al borde del precipicio la globalización y nuestro estilo de vida. ¿De quién depende nuestro modo de vida? ¿Acaso no es la vida humana mucho más frágil de lo que hemos creído durante tanto tiempo? Tal vez lo que cure este virus sea la arrogancia que ha invadido nuestras almas y veamos, por fin, que necesitamos mucho menos de lo que pensamos y que no dependemos de nadie más que de nosotros mismos para ser felices.